15 de mayo de 2017
15.05.2017

Emociones positivas

Una pequeña guía para manejar el estrés y aprender a vivir con un fondo emocional de alegría, gratitud, serenidad y esperanza

15.05.2017 | 04:37

Durante algún tiempo me dediqué a estudiar el estrés. En el ámbito laboral donde me movía, los riesgos psicosociales eran los más preocupantes. Empleaba varios métodos, pero tenía especial predilección por la variabilidad del ritmo cardiaco. Consiste en examinar los patrones del ritmo mediante modelos matemáticos sofisticados que muestran la tensión simpática y parasimpática. De esta forma se puede caracterizar la situación de la persona en cuanto al estado del sistema nervioso vegetativo. La idea es que un exceso mantenido de tensión simpática, de adrenalina, junto con distensión parasimpática es sinónimo de estrés crónico. Pude observar que con los años el sistema parasimpático se hacía menos presente: hay menos relajación, quizás un reflejo del esfuerzo para mantener un organismo cada vez menos capaz. Me preguntaba si habría alguna forma de reforzar el parasimpático, por ejemplo, con algún tipo de ejercicio, pero no tuve tiempo de plantear hipótesis.

Ahora leo que la psicóloga Barbara Fredrickson, de Carolina del Norte, concentra su investigación en cómo producir emociones positivas. Publica que lo logró, mediante un curso de meditación de 6 semanas centrada en compasión y amabilidad. Al mismo tiempo la variabilidad del ritmo cardiaco se incrementó como manifestación de una mayor tensión del parasimpático. Da la impresión de que se pueden producir emociones positivas y que con ello se mejora funcionamiento vegetativo.

Las emociones son un recurso formidable para vivir al que no se le presta la debida atención en la crianza y la educación. La hipótesis es que nuestro cerebro está precableado para albergar un catálogo de emociones elementales y que es durante la maduración cuando estos circuitos cristalizan. Todas las emociones son necesarias y bien empleadas todas son positivas. Jaime Izquierdo ha escrito un libro provocador sobre la gestión creativa del cabreo. Porque enfadarse, preocuparse o sentir tristeza es saludable, lo que no es conveniente es que estas emociones dominen nuestro carácter. Se vive mejor si nuestro fondo emocional está caracterizado por la alegría, la gratitud, la serenidad, la esperanza, el interés, el asombro€ y el amor. Los investigadores que se dedican a estudiar estos temas se atreven a decir que las personas que tiene emociones positivas sufren menos enfermedades del tipo cardiovascular, diabetes, cáncer y otras. Y claro, como la neurociencia es la última palabra, afirman que el perfil emocional se refleja en las conexiones y circuitos nerviosos y el tamaño de algunos órganos como la amígdala cerebral. Es algo lógico. Si uno levanta pesas tendrá los músculos de brazos y pecho más poderosos y grandes, el futbolista tiene cuádriceps hipertrofiados, y el tenista, el brazo dominante más musculado. Traducido al cerebro, se ha visto que los taxistas de Londres, que debían saber de memoria las calles, tenían en los exámenes de su cerebro con métodos de imagen una zona hipertrofiada, lo mismo que los pianistas las áreas de control de las manos.

El cerebro, como casi todos los órganos, se adapta al medio. No estamos condenados a ser como somos ahora, víctimas de nuestros genes y crianza. Por ejemplo, el doctor Davidson, fundador del Centro para la Mente Sana, en la Universidad de Wisconsin, afirma que un entrenamiento de sólo dos semanas en cariño y compasión basta para modificar la circuitería cerebral e incrementar el comportamiento social positivo, cita la generosidad. Para este investigador, el bienestar es una habilidad social que se puede aprender.

La salud tiene tres esferas, la física, la mental y la social. No estoy muy seguro de que las emociones positivas o la meditación mejoren la salud física. De lo que no cabe duda es de que uno se siente mejor y se relaciona mejor con los otros de manera que su salud, en el sentido más amplio, ha mejorado.

La doctora Fredrickson ha elaborado un catálogo de prácticas y actitudes que, según sus estudios, ayudan a conseguir un buen perfil emocional. No es nada nuevo: están en los textos canónicos de ética, sobre todo la epicúrea. En resumen son: hacer cosas buenas por los otros, que, además de hacerlos felices, nos produce bienestar; vivir aquí: apreciar lo que hay en el mundo más próximo; vivir ahora: practicar la meditación de conciencia plena y no darles vueltas a los errores pasados o a las dificultades futuras ; desarrollar y cuidar las relaciones humanas; establecer metas asumibles; intentar aprender siempre cosas nuevas, pero sin forzar demasiado; conocerse y aceptarse: centrarse en los atributos positivos y los logros, más que en las imperfecciones y fracasos; ejercitar la resiliencia: aprovechar las adversidades para aprender y reforzarse. Son consejos antiguos que se ven reforzados por los experimentos de la doctora Fredrickson.

Sabemos que el estrés laboral se asocia a enfermedad coronaria, no se ha podido demostrar que tenga influencia en el cáncer u otras patología. Todos vivimos sometidos a exigencias, de mayor o menor intensidad. El caso es cómo respondemos. En eso hay pruebas de que el medio es determinante. También nuestra forma de ser. En ese sentido las emociones positivas ayudan a manejar el estrés incluso en circunstancias desfavorables. Y se pueden aprender.

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