22 de mayo de 2015
22.05.2015
El ojo crítico

El deber de la memoria

22.05.2015 | 00:30
El deber de la memoria

La Transición, por la que los franquistas aceptaban la democracia a cambio de no enjuiciar sus crímenes, supuso que los españoles deportados a campos nazis por decisión del franquismo fuesen también silenciados

Hace unos días se cumplió el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración de Mauthausen, el llamado campo de los españoles, por parte del ejército aliado cuando faltaban pocos meses para la finalización de la II Guerra Mundial. Con ocasión de esta fecha hemos vuelto a recordar a todos aquellos miles de republicanos que estando cercana la derrota del ejército de la República en la Guerra Civil española, tuvieron que huir a Francia por la frontera catalana para no sufrir la persecución y el exterminio que el ejército franquista llevaba a la práctica en los terrenos conquistados, miles de republicanos, repito, que tras ser internados en campos de concentración franceses y tras sufrir hambre, frío y enfermedades fueron entregados por el gobierno de derechas francés a las autoridades alemanas para que fueran utilizados como esclavos en los campos de trabajo, en minas y en fábricas alemanas muy conocidas hoy en día que no han pedido perdón por lo que hicieron.

Y digo que hemos vuelto a recordar porque la historia de aquellos españoles que fueron abandonados y entregados por el régimen de Franco a los alemanes, para que hiciesen con ellos lo que quisieran, ha sido objeto de numerosas publicaciones a lo largo del tiempo que nos han explicado, de manera pormenorizada, la lucha por la vida que emprendieron la mayoría de los españoles que huyeron a Francia en los últimos días de nuestra guerra. A todos los libros publicados sobre la diáspora republicana viene ahora a unirse el libro del periodista Carlos Hernández de Miguel. Me refiero a Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B. 2015) en el que el autor hace un profundo repaso del recorrido de todos aquellos republicanos, se calcula más de 500.000, es decir, familias enteras con niños pequeños, que emprendieron un largo camino en el que un número indeterminado murieron de enfermedades o asesinados, y que llevó a muchos de ellos desde los campos de concentración franceses a luchar en la resistencia francesa para acabar en campos alemanes. Se calcula que unos 9.500 de aquellos republicanos fueron deportados a campos de concentración alemanes de los cuales unos 7.500 lo hicieron a Mauthausen. La estrecha colaboración que tuvieron el régimen nazi y el franquista durante la Guerra Civil española, con 2.500 agentes alemanes operando en España ya durante la II República, siguió funcionando tras la guerra con la persecución de los partidarios de la República huidos a Francia. Con la ocupación de Francia por los nazis los españoles se quedaron bajo custodia alemana que tras preguntar al régimen franquista sobre qué debía de hacer con ellos, y ante la falta de respuesta española, los repartió por diferentes campos y subcampos de concentración.

Carlos Hernández describe la vida diaria de los españoles en Mauthausen, la frágil línea que dividía la muerte de la vida. Los escalones de la cantera, las ejecuciones, el hambre, el sadismo de los oficiales nazis, la violencia de los kapos. Los que lograron sobrevivir hasta cuatro años en este infierno lo hicieron gracias a sus fuertes convicciones democráticas y a una necesaria atrofia mental que les impidió reflexionar sobre lo que veían a su alrededor a diario y que una vez recobrada la libertad supuso que muchos de ellos no pudieran contar a sus familiares sus años de cautiverio pero tampoco a sí mismos. Al respecto reflexionó Jorge Semprún en su libro La escritura o la vida (Tusquets Editores, 1997) cuando explicó que la elección de contar o de escribir la experiencia del horror de los campos alemanes conllevaba normalmente el suicidio.

La principal queja de los supervivientes de Mauthausen, y ahora de sus descendientes, fue el olvido al que los sometió la sociedad española. El pacto de la Transición, por el que los partidarios del franquismo aceptaban la democracia a cambio de no enjuiciar sus crímenes, supuso que los españoles deportados a campos nazis por decisión de la autoridades franquistas quedasen también silenciados. Y aunque es comprensible, desde un punto de vista humano, que los hijos y nietos de los partidarios del régimen franquista que se hicieron millonarios por apoyarlo o de aquellos que se aprovecharon de su situación para hacerse con las plazas de catedráticos de universidades o de la propiedad de las tierras de los republicanos exiliados no quieran hablar de ello, esto no debe impedir que se recupere y reconozca la verdad de lo sucedido en nuestra historia. Por una parte, porque esos hijos y nietos no son responsables de lo que hicieron sus ascendientes pero sí de asumir lo que hicieron, y en segundo lugar, porque aún entendiendo que no quieran hablar de ello la razón siempre estará de parte de aquellos que lucharon por una democracia que nosotros podemos ahora disfrutar; una verdad que no sólo no debe ser silenciada sino puesta como ejemplo.

«Todo se desvanece, se salva el recuerdo», dijo Albert Camus. Por mucho tiempo que pase quedará anclada en nuestra memoria la lucha por la libertad de aquellos hombres y mujeres. Honor y dignidad para ellos.

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