14 de marzo de 2015
14.03.2015
Correo urgente

Pepe Gimeno: la elementalidad de lo complejo

13.03.2015 | 23:53
Pepe Gimeno: la elementalidad de lo complejo

Belleza singular», «¡Qué hermoso resplandor!», «Con tan pocos colores y cuánto colorido»... es probable que digan quienes asistan a la exposición que patrocinan Diputación y Ayuntamiento en la Lonja .

De cuatro elementos decían los griegos que estaba formada la Naturaleza: agua, fuego, aire y tierra. A Pepe Gimeno le han bastado tres colores (rojo, azul, negro) para conformar toda una naturaleza pictórica propia.

Si el detallismo del retrato o el paisaje ha sido una de las metas del pintor clásico, la ausencia de formas referentes a la realidad visible es lo que caracteriza buena parte de la pintura contemporánea: y a estos bodegones geométricos, como los llamaré libremente, que prescinden de todo menos de un mistérico lirismo. 

Descendiendo a la austeridad de las formas, la ausencia de irisación y la limpidez de la línea, el espectador ve una serie de efigies en gradación componiendo una sinfonía euclidiana en la que ha desaparecido toda fanfarria para quedarse con la pureza de lo prístino, creador de un tema leitmotívico que crece en magnitud e intensidad, como un universo expansivo. Lo elemental de la materia sensitiva está en cada cuadro, y todos forman el gran cuadro de la complejidad indescifrable, aquí tan luminosa que se basta a sí misma para hablarle al corazón y a la cabeza.  Porque eso es lo que precisa toda obra de arte: que sea creada por la inteligencia y que emocione la sensibilidad. Y aquí, como en un buen soneto, el contenido no está amarrado a la forma, sino ennoblecido por ella. Su composición ha debido de requerir años de estrategia y ejecución.

De nada sirve el arte que no está al servicio del hombre y le descubre fragmentos de su identidad humana. Alguien pensará que es esta una de tantas aventuras artísticas de quienes confunden arte con artilugio o lúdica artesanía.

Y no es así. Esta es una lección de cómo eliminar lo superfluo y mostrar la plenitud del vacío. Si, como quería Galileo, una molécula contiene todo el universo, esta pintura es la quintaesencia de las pinturas: la realidad de la ideación y la metáfora. Cada coágulo de este corazón gigante es como la pieza de un inmenso puzzle de la exactitud desconocida, la dependiente rama y floración autónoma de un baobab volcánico cuya lava penetra los ojos con un sacudimiento de noble inmensidad.

Retrato de la magia: ese es su nombre.

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