13 de septiembre de 2014
13.09.2014

Acatar por miedo a las consecuencias

12.09.2014 | 22:56
Acatar por miedo a las consecuencias

Acatar significa aceptar una orden de un superior. Podemos acatar una orden porque reconozcamos que nos hemos equivocado, por que pensemos que es nuestro deber como parte de una cadena de mando o porque tengamos miedo a las consecuencias legales y administrativas que conlleven nuestra decisión.

Yo trabajo en la enseñanza, a mi me gusta decir que trabajo en la formación de seres humanos.

Tengo claro desde siempre que el proceso de enseñanza-aprendizaje no se limita a una transmisión de conocimientos desde el profesor al alumno. Aunque el proceso es siempre así de directo está influido por un gran número de variables que pueden apoyar el resultado o hacer inviable que se cumpla el objetivo.

Esta ola de calor que los hados han traído a la ciudad de Alicante parece que se ha afanado en contra de algunas decisiones polémicas de las autoridades educativas.

Con las condiciones del centro en el que trabajo, el Instituto Virgen del Remedio, construido en un hondo, con dificultades de ventilación por la disposición de las aulas y con poca zona de sombra en la que no corre la brisa por estar, precisamente en un hondo, es imposible que el proceso de la formación se pueda producir con eficacia estos días.

Nunca hemos considerado que mantener a los alumnos en condiciones de altas temperaturas, alta humedad, carencia de brisa y ninguna zona en la que pudieran estar, fuera beneficioso para la comunidad educativa.

Nos preciamos, me precio, de tener una gran dignidad y una alta ética profesional que dirige mis actos y mis relaciones tanto en el trabajo como en mi entorno social.

Jamás he usado ni usaré los avatares de la enseñanza para otros fines que no sean mejorar las condiciones de la calidad de la Enseñanza de la que nos sentimos orgullosos desde todos los campos sociales que puedan comprender y manejar estas situaciones.

Durante dos días empezamos las clases con el absoluto convencimiento de que eso es lo que teníamos que hacer. Que no se confunda nadie, un profesor está mucho mejor dando clase que cuidando a los niños en un patio o tratando de que no se desvanezcan. La normalidad es siempre mejor que los contratiempos y los imponderables.

Antes de llegar las nueve y media de la mañana las temperaturas en las aulas eran ya superiores a los 30 grados y las temperaturas en los patios eran aún mayores.

Mandar a casa a los mayores de edad, que es lo que hicimos, no solucionaba nada ya que muchos de ellos ( ciclos y bachillerato de artes fundamentalmente) vienen de otros pueblos y temían tener que venir y volverse en cuestión de una o dos horas durante toda la semana con el gasto que eso supone.

Retener a los pequeños en el patio y permitirles hidratarse y jugar, que venga el que crea que los puede mantener quietos bajo el tórrido calor techado o no, era una medida aún más injusta ya que algunos no acababan bien parados, sus padres al recogerlos me reprochaban su estado, con razón, y me animaron a que no les obligara a asistir a un instituto sin condiciones , no digo ya de ofrecer un servicio académico, sino sin condiciones de garantizar un estado saludable.

Así las cosas tomé la decisión de suspender las clases hasta el lunes con sendas comunicaciones argumentadas a la Dirección Territorial y esperando que su contestación ratificara mi medida.

He de confesar que la LOMCE no me vuelve loca en absoluto, pero si algo veo de positivo en ella es la autonomía de los centros y el poder de los directores de tomar decisiones que favorezcan a su comunidad y que, amparada en esa percepción, pensaba que no iba a crear ningún cisma ya que mi centro no es como ningún otro y cada uno tiene sus particularidades.

Pues me equivoqué, se me afeó esa determinación y se me advirtió que tenía que retractarme, y lo hice.

Pero lo hice porque me acobardaron la posibles medidas que podrían tomar en mi contra, ya hay precedentes inexplicables.

Pero me hubiera gustado acatar su requerimiento porque no hiciera calor, o porque yo hubiera exagerado las condiciones, o porque sí que tuviéramos zonas para que los alumnos estuvieran más cómodos o porque , ojalá, hubieran cambiado tanto las condiciones que el proceso educativo hubiera podido seguir con normalidad.

No, no fue así, acaté por miedo y, créanme, hace muchísimos años que no me sentía así, como cuando las personas que nos dirigían consideraban que no tenían que justificar ninguna orden, cuando las personas que nos dirigían pensaban que todo tenía un oscuro motivo y que no había nadie que supiera más que ellos en ningún área del conocimiento o de la organización.

Rectifiqué, claro, me gusta mi trabajo y estoy orgullosa de mi equipo, de mi claustro de profesores y de las familias que componen mi centro y se me llena la boca de decir mi mi mi.

Pero espero que llegue pronto el día en el que se me hubiera llamado, y me hubieran dicho que rectificara, que yo no podía suspender las clases, que lo iban a hacer ellos porque la razones eran justas y era su trabajo.

Su reacción al acatamiento del requerimiento ha sido de «agradecer mi actitud», con lo que damos por terminado el incidente administrativo, digo yo.

A pesar de todo tengo el mejor trabajo del mundo y me siento orgullosa de la gente que siente la misma pasión por su trabajo y el mismo respeto por todos los seres humanos y su contribución a una sociedad de futuro.

Ah y habrá que ir pensando en la mejora de las condiciones de los centros.

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