22 de octubre de 2013
22.10.2013
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Cataluña, hagamos cuentas

22.10.2013 | 01:57

Podría ser que no fuera una mala solución hacer cuentas y liquidar la relación o, cuanto menos, presentarlas públicamente cara a que los catalanes vislumbraran su futuro real, no el que le cuentan unos políticos que en su desvarío infantil y extremo, se han creído sus propias invenciones. Se han pasado tanto de frenada que ya no pueden volver sobre sus pasos y lo que fue un órdago dirigido a mantener los privilegios de los que siempre ha gozado Cataluña tras la guerra civil para frenar precisamente su ánimo independentista, se ha convertido en una trampa que el orgullo impide esquivar. Y ahora tienen un miedo atroz a lo que pueda venir. Se les nota, aunque quieran disimularlo.
No saben si preguntar una cosa u otra –sí, no o un galimatías–, y en esas andan todos enfangados para disimular o retrasar un momento que nadie vaticina con certeza, máxime porque saben que, llegada la hora de la verdad y expuestos los números y costes de la tan ansiada independencia, el seny catalán impedirá una deriva que les lleve a competir con Kosovo en importancia en una Europa extraña. Y digo Kosovo porque Mas se refirió a este país como ejemplo al que tendía Cataluña. A la vía de ERC, una izquierda cuyo eje central es la identidad local frente al internacionalismo de la clase trabajadora o, lo que es igual, que le traen al fresco los proletarios del resto del urbe, se contraponen la tercera vía ignota de UDC y, con más misterio, el federalismo ancestral de un PSOE agonizante que ha perdido su base trabajadora, a la que por sus orígenes chambergos poco importan las reivindicaciones supuestamente históricas de un condado que nunca fue reino, especialmente cuando no llegan a fin de mes y la Estelada no se come.
Por eso digo que sería una buena solución para el siempre práctico pueblo catalán hacer cuentas y liquidar, si se aceptan, el compromiso. No lo creo, porque, si sumamos su deuda actual, incrementada con los gastos excesivos del Govern en sus inquietudes identitarias, a la que habrían de llevarse a casa de la parte alícuota que le correspondería de la mala madre España, estarían hipotecados durante decenios. Si a ello sumamos la salida inmediata de empresas que no querrían quedarse en ese país soñado cuyas fronteras marcarían los límites de Europa aunque les ofrecieran el oro y el moro (pagarían en aduana por exportar a Cáceres y el AVE se quedaría en Zaragoza), que habrían de asumir plenamente su sanidad, justicia, educación etcétera y los muchos abandonos de españoles que no quisieran renunciar a su nacionalidad, se presenta un drama contable que, parece ser, Mas y Oriol, en su ensoñamiento de presidentes de su república independiente, no han vislumbrado con datos en la mano.
A ello habría que sumar los miles de catalanes que no quieran renunciar a ser españoles, pero que perderían su nacionalidad en favor de un gobierno de ERC, que aspira a la dictadura del proletariado y cuyos referentes están hoy en Venezuela y Corea del Norte, puntales de la modernidad, de la libertad y de la prosperidad, como todo el mundo sabe. Imponer una nueva nacionalidad exclusiva y excluyente a quien no quiere o que renuncie a la que tenía aquel que no quiere perderla es, cuanto menos, tan autoritario como lo que denuncian en su paroxismo intelectual CDC y ERC. La doble nacionalidad es solución ingeniosa, pero irrealizable, salvo que consideren que los que nos quedamos somos unos memos integrales. Y ahí van a tener problemas muy graves, porque no pueden pedir sumisión y aceptación a quienes, tras muchos siglos, se sienten españoles.
Y lo mejor. El Barça jugando con el Sabadell, el Hospitalet y el Sant Andreu en una liga de renombrón en la que siempre ganaría el primero, pero en la que no querrían jugar ni los catalanes, que preferirían los equipos españoles. No creo que España les permitiera jugar en la nuestra, ni los franceses, que son muy suyos, en una que pudieran dominar quienes no cantan la Marsellesa.
En resumen, haga cada cual lo que quiera, pero asumiendo sus consecuencias y aceptando que los propios catalanes, incluidos los que sueñan con su independencia, tendrán que pagar el precio de sus ideales, que no son gratis. Estoy cansado de escuchar abucheos contra la bandera y el himno nacional, de soportar insultos y calificativos de fascistas a los que nos consideramos españoles y un sin número de estupideces que en cualquier otro país serían síntoma de desvarío, pero que aquí sirven para calificar de retrógrados a quienes no creen en el federalismo localista, una invención burguesa que ha asumido esta izquierda española suprimiendo de paso el trasnochado internacionalismo.
Así que, dicho está, hagamos cuentas y cada uno a la suyo. Lo siento por Cataluña y los catalanes, por su futuro incierto, pero sus dirigentes políticos, que tan sensatos fueron, han perdido el norte una vez han gastado lo que tenían e hipotecado el futuro. Al final, una vez sean independientes, todos descansaremos, menos ellos. Al tiempo.

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