13 de octubre de 2012
13.10.2012

Ars Poetica Mediterraneensis

13.10.2012 | 07:00

Si existiera una característica global que definiese la trayectoria poética de Antonio Porpetta esta debería ser sin duda su marcado sabor mediterráneo. El escritor de Elda acaba de ser galardonado por la Generalitat con el máximo galardón de las letras valencianas. Sin duda, una singladura de 34 años marcada por decenas de reconocimientos nacionales e internacionales, por el nacimiento de más de una veintena de libros -de diversos géneros- y por la consolidación de una marca poética forjada a través del trabajo y la dedicación constante a la literatura.
Este breve reclamo bastaría para justificar tan importante galardón literario, sin embargo, hay un fundamento invisible que debería palpitar con más ahínco en el homenaje institucional que la tierra natal le brinda al poeta: su mundo visionario eminentemente mediterráneo, las múltiples referencias alicantinas salpicadas por toda su obra. En definitiva, la exaltación lírica de lo nuestro ("No puedo concebir el mar sin mí/ ni puedo concebirme sin mi mar:/nací junto a la ausencia de mi mar/y su memoria azul habita en mí").
Los que conocemos la obra porpettiana sabemos que, tras ese universo poético tejido de alusiones identitarias, de temas que ahondan lo más profundo del alma humana, donde persiste la búsqueda del "yo" a través de las pasiones más privadas o de la propia cotidianeidad -como ocurre en Territorio del Fuego en el primer caso, o en La mirada intramuros en el segundo-, e, incluso, donde la metapoesía sirve -como en Silva de extravagancias- de medicina para la reafirmación de la voz poética; tras ese universo, repito, queda la sustancia más valiosa de todos sus versos: el poder de provocar las más estremecedoras emociones. Qué utilidad práctica tienen los versos si no es para despertar las sensaciones más hermosas de la naturaleza humana. Para qué, si no, necesitamos leer poesía. Por esta razón, los versos de Porpetta, más allá de reflexiones metafísicas que manifiestan no sé qué misterios del alma o no sé qué turbaciones, desnudan al hombre cotidiano para mostrarnos su lado más auténtico: su capacidad de amar, ya sea carnal en "península de ámbar", ya límpidamente; su íntima relación con la nostalgia y sus "palabras aromadas de olvido"; su compromiso con las injusticas terrenales que aparecen reflejadas en "un niño que llega cada día/ ofreciendo su mínima intemperie/ sobre el claro mantel del desayuno", ese niño que sintetiza, de manera cruel y desesperanzadora, la iniquidad del ser humano -por eso, desde su silencio, nos mira "sin saber que en sus ojos/ lleva la herida grande/ de todo el universo". Ese es el Porpetta al que muchos admiramos, el que es capaz, con un lenguaje que sabe amalgamar lo sencillo con lo erudito, de despertar los sentimientos más profundos y convocar a la mesa temas recurrentes en el género lírico para transferirlos a una dimensión onírica de incuestionable originalidad. Así, el amor se transfigura en dos amantes que "permanecen/ entre los mudos restos del naufragio/, allá/ en lo profundo", "vencidos por la muerte/ pero jamás vencidos por el tiempo". Es el poeta que nos habla del desamor como una herida "que oculta su amenaza/ en hondos laberintos,/ y extiende la espiral de su amargura/ por secretas regiones", una herida a través de la cual "un día despertaréis sin miedo respirando por ella, y en su imperio quedará encarcelada vuestra propia vida". Es, en definitiva, una poesía que acierta, de manera pragmática, en lo esencial: "cada verso contiene una pequeña vida luminosa.
Cada poema entero una resurrección". Y en ese tránsito, en ese camino entre lo ficcional y lo orgánico en el que el poeta nos sumerge, no solo se alcanzan extraordinarias cotas de literariedad -visto desde un prisma eminentemente técnico- sino que es capaz, por medio de la emoción, de cumplir con las expectativas sensitivas del lector.
Creo que ahí, más allá de formalismos protocolarios y de aforismos por méritos acumulados, debería radicar la esencia del reconocimiento. Más allá de los 18 premios literarios -entre ellos en Fastenrath de la Real Academia-, de las 14 distinciones honoríficas en España y de las 23 extranjeras, más allá de las 159 instituciones culturales extranjeras visitadas, y de las miles de horas de vuelo para prodigar la poesía española por todos los confines, más allá de todo eso, querido poeta "libérrimo y cautivo", lo más importante tiene que ser la huella en el lector, porque esa marca es el emblema del triunfo literario, es la conquista de la memoria, esa memoria "que atesora tanta vida vivida, tantas difuntas muertes, tantas risas y llantos, tanto amor". Ningún premio ni honor adquirido puede competir con el sentimiento a flor de piel del que lee sobre ese loco de Los sigilos violados (1985) del que "la gente se reía", que "iba de parque en parque, recorriendo la ruta de los pájaros" y al que se "encontraron muerto/ una alegre mañana, tras las tapias./ Nadie supo explicarse/ cómo pudo morir en primavera./ Nadie pudo explicarse/ el porqué de su cuerpo derruido". Hay situaciones que escapan al intelecto, querido poeta "nostálgico de mar", por ello yo, como lector, tampoco puedo explicarme el porqué de las lágrimas cada vez que leo estos versos. Quizás sea ese estado inexplicable de traslación mental en el que nos asomas por el que haya merecido la pena llegar hasta aquí, por el que haya merecido la pena ser poeta.

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