14 de septiembre de 2011
14.09.2011

La pintura de Mónica Jover

14.09.2011 | 07:00

La pintura es ese espacio de reflexión que queda en la superficie de la obra, en la que se expresa la sensibilidad y el conocimiento que no sólo del arte tiene el creador, también del pensamiento, la historia, la religión, la sociología, la física... En la obra de la alcoyana, Mónica Jover, que podemos ver en Alicante, en el Castillo de Santa Bárbara, la pintura es un espacio de referencia contemporáneo, en el que la historia del arte tiene lugar desde sus aspectos más reales, desde una expresión artística que surge de la experimentación, del planteamiento de continuas preguntas sobre el concepto de la pintura, sus límites, su hibridación con los múltiples lenguajes que intervienen en la imagen, en la actualidad. Una puesta en escena con las expresiones más delicadas y las más bruscas, el gesto violento o las transparencias más sensibles y contenidas, veladuras o spray, desarrolladas en un formato de apreciables dimensiones Una experiencia donde el inconsciente colectivo se reencuentra con la imagen del paisaje más cotidiano pero, a la vez, más desnudo de elementos superfluos, de aspectos de definición no necesarios. Paisaje para el espíritu, para el alma, estado que retenemos en nuestra memoria más que en nuestro ojo, que busca del entorno aquello que queda como la sensación más sentida, menos realista. Si hace poco hablaba de la obra de paisaje de Antonio López, impostada, sofisticada y superelaborada, en Mónica apreciamos otra visión, en la que el desprendimiento y la sobriedad son la clave para entender su dimensión de obra total. Una concepción que entronca con la búsqueda de lo primigenio de la pintura que, en la actualidad, están llevando a cabo los artistas alemanes. Desde la visión de Sigmar Polke, que en paralelo a las reflexiones sobre el virtuosismo de la reproducción realista del paisaje de Gerhard Richter, nos habla de una visión más etérea, de lo evanescente, de lo circunstancial y de lo místico. Su serie Athanor, presentada en la Bienal de Venecia, consiguió algo que parecía imposible: a partir de procesos aleatorios, relacionar la abstracción con nuestra visión de la evidencia real. Encontramos también en los hermanos Ohelen un rastro de referencias, pero que Mónica integra en su idea total del arte, de la pintura. Reflexiones profundas para las que hace falta una gran inteligencia, para tenerlas presentes sin que desvirtúen una obra de gran raigambre y significación real propia. No existe un artista sin filiaciones, todos somos hijos de alguien, pero lo importante es que éstas se conviertan en una reflexión de interés. En Mónica, estas referencias son sabiduría, crítica, no hay verdadera mímesis sin creación ni riesgo.

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