03 de junio de 2011
03.06.2011

Alicante huérfana

03.06.2011 | 07:00

Nos acaba de dejar el mejor de sus hijos, el más ilustre de sus hombres. Vicente Ramos Pérez, aquel guardamarenco que se afincó entre nosotros. Silencioso, discreto, con los deberes hechos y los amores cumplidos. Muchos, muchísimos años de amor, investigación, rigor, ilusión, estudio y exquisito trato intelectual de todas nuestras cosas.
Historiador, poeta, filosofo, filólogo, hombre de múltiples saberes e inacabables magisterios. Un sabio en la más exigente y completa acepción de la palabra, glosador de nuestra entidad cultural, maestro en el universo tan vario de nuestras realidades más reales, antólogo antológico de nuestros hombres más representativos. Le debemos tanto Azorín, tal cantidad de Miguel y tantísimo GabrielÉ Nuestra Trinidad de la Palabra, esa genialidad solo operada en nuestra provincia en todo el siglo XX español, es, en gran manera, un hecho de universal conocimiento y difusión por la obra de este Vicente nuestro y suyo, que dedicó su vida a esclarecer, magnificar y dar a conocer, hasta en sus mínimos detalles, la de aquellos tres fulgores increíbles de nuestra tierra.
Vicente Ramos ha sido el hombre Alicante. Una persona dedicada al estudio de Alicante. Alicante puro, sin mezcla de cosa alguna. Un Alicante humano, particular, objetiva y subjetivamente suyo, vertido sobre el real, que cristaliza en reflexión, cuaja en investigación y deviene especialidad vital, materia antropológica, estilo de ser, modo de pensar, motivo de trabajo, manifestación múltiple de amor y suerte generosa de darse a los demás.
En Vicente Ramos Alicante hace de forma y de fondo. Vicente Ramos era un Alicante personal vivido culturalmente, de manera exclusiva y excluyente, por y para Alicante. No tocó otro tema. Renunció a cualesquiera otro escenario intelectual o afectivo, profesando de alicantino hasta la raíz mas honda de su alma. Alicantineando. Haciendo Alicante. Dando cuerpo a su famosa tesis sobre el alicantisimo y la alicantinidad. Hecha una y única realidad en lo que yo llamaría su alicantinuismo, que ahora la vida, el final de la vida, acaba de interrumpir. Alicantinuismo ininterrumpido, tenaz, obsesivo, bajo este cielo y sobre esta tierra, su concreto espacio ontológico, absoluto y entrañado. Este que ya no será su cielo sino otro, muy superior, pero si esta tierra la misma, la que lo alimentó de ideas y vitalidad y ahora acoge, amistosa, como una madre, como la madre que apenas tuvo, lo que queda de él. Dios le deparará en lo alto otro Alicante. Otra cosa no sería justa.
Dije una una vez que era el hombre de Alicante que más sabe y el hombre que más sabe de Alicante. Tan capacitado para vuelos intelectuales del máximo fuste, quiso reducir el entorno de su alado trabajo a esta porción privilegiada de planeta, no solo porque lo es, sino porque contó con él y su enamorado interés y trabajo.
Alicante pierde al más grande de sus hijos. Yo, al mejor de mis amigos. Compañero, hermano, padre, amigo, hermanoÉ No conocí jamás sabiduría más completa y universal, mayor generosidad intelectual, más respetuosa compañía moral, cortesía tan pulida y cuidada, elegancia espiritual de semejante porte. Hombres así no debían irse nunca. Son un lujo vital.
Titulé mi atípica biografía de Vicente, editada hace siete años por ECU, Alicante, Vicente Ramos: Alicante. Tanto Vicente en Alicante y tanto Alicante en Ramos, que habría valido igual invertidos los términos, de la práctica identidad. Exactamente lo mismo a uno y otro lado de los dos puntos. Eso era mi amigo. Alicante hecho hombre. Alicante amado, poetizado, estudiado, historiado, filosofado, vivido has las más finas y delicadas entretelas del ánimo. Alicante en el alma. El alma de AlicanteÉ
¡Cómo te voy a echar de menos, Vicente! No hay derechoÉ

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