01 de mayo de 2011
01.05.2011

Pocero y Quincallero

01.05.2011 | 07:00

POCERO. No es fácil hacer un pozo para guardar agua de lluvia, o sea un aljibe. Cuando se está cavando se llega a un punto, donde quien desciende por la estrecha boca, entra en repentina angustia. Porque los pozos levantinos tienen forma de bulbo; es decir, con chimenea estrecha de entrada -en la que apenas cabe el cuerpo- y allá en el fondo, un buen ensanchamiento. Así que el temerario ejecutor de tales pozos solía ser un especialista dispuesto a no percibir otra luz que la del brocal. Hablando en plata: una persona amante del riesgo. Muchas veces me he imaginado al pocero blanqueando por fin el vientre del aljibe, a unos cinco metros de profundidad y mirando en derredor lo que pudiera ser su tumba.¡Qué temple debía tener! Y lo veo también salir a la luz, como Lázaro que no renuncia a su vida, quitándose de encima la sombra de la muerte. ¡Cuánto respeto me impone el pocero! No exagero -contando ahora- el peligro que corría este oficio de antaño. Ni tampoco exagero si digo que algunos pozos hechos que descubrimos en las viejas casas derribadas, dejan estupefactos a los más doctos ingenieros. Con todo, los inteligentes poceros mordieron prontamente el polvo del olvido. El furor constructivo trajo nuevas máquinas excavadoras; y de añadidura depósitos prefabricados; y hasta la red de agua corriente. Lo sé. Pero yo pregunto: ¿Quién tuvo la valentía para enterrarse vivo sino aquel añorado pocero? ¡Dínoslo muerto que fuiste hombre!
QUINCALLERO. He de advertir que por nuestras tierras era muy raro que pasara voceando el quincallero. Lo traigo, porque ha figurado muchas veces en las historias de "quinquis", difundidas por los periódicos en sus páginas negras. De ahí sale la estampa suya, la cual nos avisa de encontrarnos ante una persona sagaz, dispuesta a timar a quien se le ponga delante. Porque el quincallero compraba objetos de metal; viejos cacharros inesperados que salían del desván de nuestros abuelos. Así que tenía, por razón de su oficio, buen olfato para distinguir algunos objetos estimables. Y entonces, lograba engatusar al incauto vendedor, para llevarse esa pieza escondida. Pero ya digo que esto se daba en tierras sembradas de casonas de vieja estirpe; es decir en pueblos donde se veneraba el respeto por las cosas de familia. Aquí no. En las ciudades industriales, lo que ya no sirve va directo al basurero. Quede dicho. El quincallero tuvo que pasar por aquí de largo. Caminando hacia otros lugares con tesoros escondidos. ¡Buscando hogares menos escurridos!

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