25 de junio de 2010
25.06.2010

Bombas tóxicas antisistema

25.06.2010 | 07:00

Estoy tan segura de que no lo hacen aposta como de que les resulta imposible remediarlo: sencillamente, son así. Saben que su forma de ser, pensar y actuar le salta los nervios a la mayoría de la gente porque rompe casi todos los esquemas al uso pero no están dispuestos a cambiar, así los aspen, para amoldarse al modelo social y políticamente correcto de las personas de fundamento. En realidad no es que sean intrínsecamente contestatarios y rebeldes (aunque se muevan como pez en el agua dentro de esas coordenadas), sino que su acracia innata y su natural anárquico los orienta por derroteros poco frecuentados por el común de la ciudadanía respetable. Así que, sin proponérselo incluso, no es raro que se les considere como grano en el culo o mosca cojonera en su comunidad humana.
Una de sus características es su capacidad de supervivencia en condiciones extremas, probablemente derivada de la parquedad de sus necesidades básicas. Si son mujeres, se las puede ver arrastrar con naturalidad los mismos harapos (lavados, eso sí) a lo largo de treinta o cuarenta años si el material textil es bueno, que en épocas pasadas solía serlo; con lo cual, sin proponérselo, van a la última varias veces por pura coincidencia porque las modas, como nadie ignora, son una estupidez inventada (mayormente para sacarle los cuartos a la gente) por unos cuantos iluminados tan faltos de imaginación como sobrados de figurines antiguos, a los que acuden para resucitar en las glamurosas pasarelas los ropajes, calzados y complementos de los años 80, 70, 60É y cobrar por el "diseño exclusivo" lo que no gana un obrero en un año. "Revival" creo que le llaman en el gremio a eso; otros le llamamos morro.
Consecuentemente, este tipo de mujer gasta en cosmética menos que la Esteban en tratados de Filosofía; pisa la peluquería (si la pisa) un promedio de dos veces por año, cuando los rigores caniculares le resudan las greñas y decide cortárselas, y cuando tiene que protagonizar forzosamente a algún evento de tiros largos; siente una especial alergia hacia las joyas (cada vez que ve un pedrusco engarzado se le representan los niños esclavos, muriendo aplastados en las minas de diamantes de Sudáfrica o en las de esmeraldas de Sudamérica, y se le revuelven las tripas); y algo por el orden le ocurre con las fiestas exquisitas en las que mariposean las damas "vip", con las siliconas tetiles y culares resaltadas por refulgentes lamés que obligan a entornar los ojos por efecto del deslumbramiento. El común de la gente, digo, porque ellas por las limitaciones del botox lucen el rostro estático de una máscara griega.
Son personas, en fin, perfectamente distinguibles del resto. Ya sean mujeres u hombres muestran una marcada tendencia a los vehículos de motor de segunda, tercera y hasta cuarta mano; sus domicilios acostumbran a venirse abajo de libros, más en edición rústica que de lujo, pero es difícil encontrar en ellos tresillos anatómicos de piel salvaje, mayormente porque no ponen inconvenientes a que los espacios humanos sean compartidos con naturalidad por los perros y/o gatos de la familia; y la decoración de sus hogares se aproxima bastante al caos, ya que practican la ahorrativa costumbre de heredar de familia y amigos los muebles que desechan, con lo cual la mezcla de épocas, estilos y calidades se convierte en un colorista batiburrillo.
De éstas (y algunas otras) características personales se desprende que las personas que pertenecen a esta subespecie humana suponen una pesadilla para los comerciantes y banqueros, y una auténtica bomba tóxica antisistema para las estructuras del capitalismo: necesitan tan poco para vivir que resulta complicado insertarlos en el engranaje feroz del consumo. Tan complicado que generalmente, unas veces por pura opción personal y otras por el desaliento de sus potenciales inductores, acaban quedándose fuera de él. De manera que en momentos chungos como el actual de crisis galopante, llanto y crujir de dientes generales, estas personas se lo toman con más calma que otras. Piensan "ya escampará", y se congratulan de no necesitar (ni envidiar) yates, saraos, estancias en hoteles con más estrellas que el firmamento y chalés de alto estanding, con la piscina llena de flores de loto con velitas en las cenas para las amistades íntimas que nunca son menos de cien, (lo que en principio hace pensar que la intimidad se verá dificultada por semejante multitud, pero ea).
¿Que por qué escribo hoy de todo esto? Y yo qué sé. Podía haber escrito del ascenso del Hércules, de los manteos de personajes y la Santa Faz herculana, de la bendición urbi et orbi a la censura del Síndic Cholbi demócrata de toda la vida, de los avatares económico-políticos, de las huelgas de los medios de transporteÉ pero recién pasadas fiestas la gente tiene los pies echando humo, y lo mismo piso algún callo sin querer. Así que pensé escribir de los bichicos de La 2 y la reposición de los programas de Félix, que son un filón, pero al final me he decidido por las bombas tóxicas antisistema. Al cabo, es un tema que me sé de carrerilla y no tengo que calentarme la cabeza.

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