24 de junio de 2010
24.06.2010

Valedor de Caín

24.06.2010 | 07:00

Ha muerto Saramago. Su último acto público, creo recordar, fue con ocasión de su despedida de la heroína saharaui que se disponía a embarcar en el avión que la llevaría de regreso a su tierra. Alguna que otra entrevista, cortas declaraciones y poco más. La leucemia iba haciendo su camino que culminaría a escasas jornadas del final de la primavera, una estación siempre inestable, quizás la preferida del escritor del que se ha elogiado su valentía en defensa de sus ideales. Afirmaba sin tapujos que tenía hormonas que le obligaban cada día a rasurarse y otras que le mantenían firme en sus creencias comunistas. Con motivo de la publicación de su libro El Evangelio, según Jesucristo los censores portugueses lo calificaron de herético lo que, asqueado de tanta hipocresía, en su propia tierra, le obligó a trasladar su residencia al pueblo de Tía, en la isla de Lanzarote, donde la muerte le ha visitado. Tal vez a causa de esta incomprensión y otras muchas situaciones parejas solía decir que el epitafio que deseaba para su mármol debía ser "Aquí yace, indignado, José Saramago". A pesar de esta excepción no le gustaba hablar de la muerte a la que decía conocer muy directamente. Nunca rehuyó referirse a sus orígenes calificándolos de pobres, muy pobres. Sus abuelos maternos se dedicaban a la cría de cerdos, actividad que mantenía a la familia hasta tal punto que en los fríos y crudos inviernos compartían el camastro con los cochinillos, única y segura manera de salvar sus vidas y con ello su economía. De su abuelo decía que era "el hombre más sabio del mundo, aunque no sabía leer ni escribir". De este mismo ancestro contaba que, días antes de desplazarse a Lisboa para ingresar en un hospital, sabedor del destino que le esperaba, se dirigió a los árboles de su huerto para despedirse de ellos y los fue abrazando uno a uno y llorando. Sensibilidad que, sin duda, fue la herencia más rica que pudo recibir el genial autor portugués, aparte de la ironía de la que fue verdadero maestro como lo prueban la mayor parte de sus libros y de una manera especial El viaje del elefante, una reflexión sobre las flaquezas humanas sobre las que suele compadecerse, dada la generosidad de su espíritu.
Fue recibiendo la vejez con naturalidad y cierto grado de agradecimiento puesto que le permitía ser más libre y por tanto más radical, radicalismo que le llevaba expresar sus opiniones con total libertad, sin engaño, sin hipocresía. Del presidente yanqui -lo era en el momento de las declaraciones- decía que "era un criminal de guerra o un idiota" y sobre los norteamericanos en general afirmaba "que carecían de memoria y así hacían el camino. Y lo peor de todo es que nos estamos pareciendo a ellos". Su último libro es un relato que de la mano de su siempre latente ironía, su conocimiento de la Biblia y de la historia, unido todo en torno a su fecunda imaginación nos llevan hasta un Caín que es la víctima de un dios demasiadas veces cruel, en ocasiones olvidadizo y siempre caprichoso. El malo de la película, repetida millones de veces, no tiene la culpa de ser como es, porque quien lo hecho no se ha recreado en su trabajo, se ha volcado con el pastorcillo poco dado al esfuerzo y mucho al ocio. "El creador desdeñaba las ofrendas de Caín y aceptaba las de Abel y éste se burlaba de aquél". Tanto va el cántaro a la fuente que al final el labrador, más fuerte por la gimnasia del azadón, mató al pastor más débil por el ocio continuado. Y así durante miles de años la leyenda se ha repetido hasta la saciedad y hasta que no llegó la palabra del insigne portugués nadie pensó en revindicar al infeliz labriego. Saramago, antes de morir, lo hizo, fue su valedor.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook