01 de junio de 2010
01.06.2010
Opinión

Nuestros muertos vivientes

01.06.2010 | 11:43

La subdelegada del Gobierno denominó «La seguridad de un líder» a su alegato en este diario en favor de los movimientos hechos por el presidente del Gobierno.

Coincidiendo con la jornada de su publicación, el portavoz de «ciu» en el Congreso, Duran Lleida, discrepó ligeramente de la visión de Encarna Llinares al calificar a Zapatero de «cadáver político que debe donar sus órganos a los españoles». ¡Uuuhhh! Qué miedo. Da cosa. Quizá entre ambas perspectivas exista un término medio aunque es probable que, en las circunstancias actuales, todo lo que represente moderación haya desaparecido del mapa. El diputado autonómico del pepé, Toño Peral, prefería en esta ocasión darle la réplica a la subdelegada y poner en solfa la rigurosidad de las medidas ensalzadas por aquélla antes que salir en defensa de Camps tal y como ha hecho en anteriores ocasiones. La gente va tomando posiciones con cautela como consecuencia directa de que, al observar lo que se le avecina en su propia formación, nota que la cabeza le gira al modo de la niña del exorcista para intentar averiguar por dónde puede venir la tarascada porque del tamaño de ésta apenas si quedan dudas. A Pepe Blanco tampoco le caben –«es verdad que hay una desconfianza en el Gobierno mayor que hace dos años»– aunque intenta disimular como Toño Peral cuando otea su bancada. Para Blanco, «este muerto –el mismo cadáver de Duran– está muy vivo y yo le veo en su momento de mayor madurez política». Madre del amor hermoso, sólo nos queda desear que, cuanto antes, se convierta en un frívolo de tomo y lomo. Como Aznar, que va disparado hacia una segunda pubertad. «No es cierto que haga 2.000 abdominales diarios, son sólo 600», advertía completamente en serio en una entrevista en profundidad concedida a un diario deportivo en la que, a la pregunta de «¿y al fútbol, de qué jugaba?», responde «de cerebro, como siempre». Está claro que también necesitamos un trasplante de órganos.

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