07 de mayo de 2008
07.05.2008

Tres reflexiones a propósito de la jornada escolar

07.05.2008 | 02:00

Primera reflexión: Tengo la impresión de que existe cierta confusión en el debate en curso a propósito de la jornada escolar. Una confusión que se ve incrementada por la vinculación de jornada escolar y autonomía de las escuelas. Aunque las presiones de las organizaciones a favor de la llamada jornada continuada (para los centros de Infantil y Primaria, ya que en Secundaria aquélla está ampliamente extendida); vienen desde los 90, la LOE parece haberlas revitalizado. Veamos lo que dice el artículo 120.4 de dicha ley: "los centros, en el ejercicio de su autonomía, pueden adoptar (...); formas de organización o ampliación del horario escolar en los términos que establezcan las administraciones educativas, sin que, en ningún caso, se impongan aportaciones a las familias ni exigencias para las administraciones educativas". No debe extrañarnos que M. Fernández Enguita venga advirtiendo de que "el tiempo escolar se está convirtiendo en una de las principales fuentes de problemas y conflictos en la escuela". Y es cierto. Del tiempo escolar se puede decir algo parecido a lo de la Santísima Trinidad (con perdón);, un solo tiempo verdadero y varias jornadas. La de los alumnos, la de los profesores, la de las propias escuelas, la de las familias. Y, ahí radica una de las principales confusiones en este debate. Para hablar de la jornada de los profesores (insisto, de las escuelas de Infantil y Primaria); hay que hablar de las otras jornadas. Desde otro punto de vista, las modificaciones del tiempo escolar de los alumnos repercuten, también, en el tiempo escolar de los profesores, en el de las escuelas y en el de las familias. Así es que, llevemos mucho cuidado con las legítimas reivindicaciones de modificar el tiempo de los profesores, si ello implica abordar dudosas y costosas reformas del tiempo de los alumnos, del tiempo de las escuelas y del tiempo de las familias. Y más si se tiene en cuenta que la LOE habla de que no se puede imponer aportaciones a las familias ni exigencias a las administraciones educativas. Por consiguiente, no nos sorprendamos de que alguien pueda temer que la reivindicación de "otra jornada escolar" vaya a contribuir poco a la necesaria reconstrucción de "una idea común sobre el papel de la escuela y la función de los profesores".
Segunda reflexión: La confusión a la que vengo refiriéndome adquiere matices engañosos cuando el tipo de jornada escolar se quiere asociar al rendimiento de los alumnos. Al respecto, un destacado dirigente del sindicato mayoritario decía recientemente, "no existe en Europa ni en todo el Estado español un solo estudio científico que sitúe la variable de jornada como determinante en el resultado académico". Tal vez una narración tradicional (recuperada por J. Estruch); pueda ayudar a aclararnos un poco. Se cuenta que un día, un hambriento y astuto soldado llegó a una aldea. Los aldeanos se negaron a proporcionarle comida. De modo que el soldado se limitó a pedirles los ingredientes para preparar una sabrosa "sopa de piedras", cuya fórmula secreta les revelaría. A pesar de la desconfianza, los aldeanos accedieron, y el soldado comenzó a cocinar la sopa. Con mucho teatro, echó a la olla unas piedrecillas. Al cabo de un rato, probó la sopa y exclamó: ¡qué lástima!, sólo le falta una pizca de sal. Le trajeron la sal. Y, a continuación, unas verduritas, y, finalmente, unos trozos de gallina de corral. Los aldeanos le fueron dando al soldado todos los ingredientes que pedía. Al acabar, antes de zamparse la sopa, se la dejó probar. Y todos, con gran sorpresa y admiración, pudieron comprobar que, en efecto, la "sopa de piedras" estaba muy sabrosa. Moraleja: ¿no estaremos sobrevalorando la jornada escolar, cuando, por sí sola, interviene poco en los resultados educativos? Y, si interviene poco en el rendimiento escolar, ¿para qué modificarla? Si la calidad educativa depende de la interacción de muy diversos "ingredientes", entre los cuales la organización del tiempo escolar (y la autonomía de las escuelas para modificarlo); no es ni el único ni el principal, ¿por qué empezar de manera aislada con este "ingrediente"?
Tercera reflexión: España es uno de los países de la UE y de la OCDE en el cual el sistema público de enseñanza no universitaria está menos desarrollado. El 66,6% del alumnado de las etapas obligatorias está escolarizado en centros públicos (datos del curso 2005-6);. Y éste es un fenómeno que debe tomarse muy en cuenta a la hora de plantear la modificación del tiempo escolar de los alumnos y de los centros de Infantil y Primaria. Es cierto que varias CC AA han regulado las condiciones en las que las escuelas pueden adoptar "otra jornada escolar" (Extremadura, Castilla-La Mancha, Canarias, Murcia, Andalucía, Asturias o Castilla-León);. Pero, no es menos cierto que algunas de las CC AA que presentan las mayores tasas de escolarización en los centros privados no han abordado dicha regulación. El País Vasco, con un 53,9% del alumnado en centros privados, o Cataluña, con 39,6%. Es verdad que Madrid, que cuenta con un 46,6% del alumnado en centros privados, ha abierto la posibilidad a ese "otro tipo de jornada escolar", aunque, entre la relación de centros que en el presente curso se han acogido a la jornada continuada, no figure centro privado alguno. Cuidado. En los años 80, la LODE (a la que se unió la LOGSE en los 90);, so pretexto de someter a la privada al régimen de conciertos y al control democrático representado por la participación social en la enseñanza, creó un marco institucional que acabó debilitando a las escuelas públicas de manera casi irremediable. ¡Sólo faltaba que las familias de las capas medias urbanas tuvieran que considerar, además, el tipo de jornada como criterio para la elección de las escuelas! ¿Alguien piensa que se decantarían mayoritariamente por una escuela pública con jornada continuada, en la esperanza de que sea un buen centro, con un profesorado comprometido con un ambicioso programa de actividades complementarias para todos los alumnos, y dispuesto a mejorar su formación y coordinación pedagógica? ¿O huiría de esa escuela por temor a que sea un mal centro, en el que la jornada continuada sólo servirá para despachar antes a casa a los alumnos y que puedan hacer lo propio los profesores?
Deberíamos tener muy presente aquel proverbio "machadiano" que, en boca de Juan de Mairena, venía a decir que "no hay nada en esta vida que no pueda ir a peor". Por suerte o por desgracia, la salud de las escuelas públicas todavía puede empeorar. ¡Evitémoslo!

Vicente Díaz Rodríguez es inspector de Educación.

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