01 de marzo de 2020
01.03.2020

A la caza de los últimos tesoros de «Gloria»

Los buscadores de metal todavía peinan las playas de la Marina Alta con sus detectores pese a que ya ha pasado un mes largo del temporal

29.02.2020 | 22:07
Un joven buscador de «tesoros» rastrea con el detector de metales la playa del Benissero de Xàbia.

Se les ve tan reconcentrados que da cosa acercarse a preguntarles si ese «pasatiempo» de buscar tesoros suele tener premio. Pero no les molesta. Al contrario, agradecen poder explicar qué suele encontrar un cazatesoros. Ahora, cuando ya ha pasado un mes largo del temporal «Gloria», se siguen armando de paciencia y peinan las playas de la Marina Alta con los detectores de metales. Es habitual toparse con los cazatesoros en la playa del Arenal de Xàbia. Pero la arena ya está allí más que rastrillada. De ahí que ahora acudan a otros tramos litorales como el del Benissero, también en Xàbia. Debajo de la grava puede haber alguna alhaja escupida por el mar. Sin embargo, el joven que peina este litoral no tiene, hasta el momento de hablar con este diario, mucha fortuna.

«He encontrado poca cosa. Algunos céntimos muy oxidados y trocitos de metal que no valen nada. Pero esto es un pasatiempo. No hacemos mal a nadie. Y si encontramos un clavo o algún objeto punzante y peligroso lo quitamos. Dejamos la playa más limpia», afirma el cazatesoros, que saca de la bandolera esa «quincalla» que ha ido recogiendo.

El premio gordo es una joya perdida en el mar por los bañistas en verano y que ahora el oleaje ha devuelto a tierra o una moneda antigua. «Sí, en Moraira, hallé en una ocasión una moneda de 1870. Luego la vendí a un coleccionista de numismática por 30 euros. Creo que es lo más valioso que he descubierto», afirma el joven.

«Gloria» no ha sido, al menos para este cazatesoros, muy pródigo en sacar a la orilla objetos preciados. El mar vomitó basura en cantidades industriales (sobre todo, plásticos). Pero las joyas perdidas, que luego se puedan vender en una tienda de compra de oro o de metales preciosos, no aparecen.

Y eso que a estos aficionados a rastrear las playas no les falta la paciencia. Portan una pequeña pala y, en cuanto el detector da el aviso, se echan de rodillas en la grava o la arena y empiezan a escarbar. Lo más habitual es que encuentren una chatarrilla. Pero no se desaniman. Siguen peinando la playa y acarician la esperanza de dar con un valioso hallazgo.

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