23 de septiembre de 2010
23.09.2010
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La crónica

Con la firma de dos porteros

Calatayud y Leo Franco impiden con varias intervenciones de mérito que el encuentro se decantara hacia un lado

23.09.2010 | 02:00

Puede que David Trezeguet esté a estas horas dándole vueltas y buscando un argumento que le explique cómo Leo Franco se quitó de encima una bala disparada casi a quemarropa que iba a atravesarle desde escasamente cinco metros, pero también puede que Ander o Marco Pérez hayan soñado con Calatayud metiendo manos prodigiosas para evitar lo que que parecía inevitable. Llegó el turno de dos porteros, dos buenos porteros para cerrar un empate sin goles en un partido de mucho trabajo y escasa brillantez.
El Hércules plantó cara a la ansiedad del Zaragoza y se llevó un buen punto de La Romareda en un partido de pico y pala para salir con la frente alta y una sonrisa en los labios. El envite se resolvió sin goles debido a que tanto Calatayud como Leo Franco acabaron con nota alta y porque los palos jugaron a favor del cuadro alicantino.
Con más lucidez atrás que delante -gran partido de Pamarot- el Hércules mantuvo el tipo frente a un enemigo desesperado, amenazado por extrañas urgencias. Mal camina el Zaragoza por sendero del agobio, acosado por un entorno que no parece dispuesto a perdonar una, y que ha colocado el nivel de exigencia al límite a las primeras de cambio.
De eso quiso aprovecharse el Hércules, y lo hizo en parte, dado que el oponente aragonés tiró más con empujones que con orden, precipitado por la sombra de una crítica amenazadora. A la hora de proponer fue el cuadro zaragocista el que más ofreció, pero chocó con su falta de puntería y con un portero de altísimo nivel.
Y es que más que de ocasiones desperdiciadas cabe hablar de porteros. De los dos que ayer salieron al campo de la Romareda, que participaron en contadas ocasiones, pero en todas ellas de manera excepcional, fabulosa, para evitar que a esta hora haya que hablar de otra cosa que no sea empate.
Tuvo el Zaragoza el triunfo en sus manos con un par de pegadas en la primera parte y con otras dos en el tiempo añadido. Dos balones a la madera: uno tras un cabezazo de Bertolo, y otro con un misil de Jarosik desde treinta metros, fueron los dos principales mensajes del equipo local en la primera parte. En esa fase, el Hércules salió del agobio inicial arañando metros y pudo morder en el cuello con un disparo de Tote tras una acción trenzada en la que se llegó a tocar el balón ante las narices de su oponente una docena de veces.
Esteban Vigo apostó de inicio por Rufete para cubrir el flanco derecho, sacrificando a Tiago Gomes. Asimismo, la baja de Valdez fue cubierta por Tote, que regresó a su sitio natural, por detrás de Trezeguet, con la misión de dar el último pase. Si se trataba de medirse con un rival de la misma altura, había que hacer hueco a la ambición en detrimento del conformismo, de ir a ganar ante un contrincante en horas bajas, metido en el túnel de la crisis pese a haber dado únicamente tres pasos en el largo camino. Pero la voluntad atacante únicamente apareció con cuentagotas y los pasillos interiores no existieron.
Ansioso y con intención de herir sin esperar, el Zaragoza salió a comerse a su rival. Atosigando a base de empujones, el conjunto maño puso la directa en busca de Calatayud con la idea de marcar pronto y calmar las voces de la grada, poco proclive a tener paciencia o a otorgar perdones.
Tras el aviso zaragocista con el centro de Lafita que Bertolo cabeceó al poste izquierdo de Calatayud, Sinama Pongolle obligó al guardameta del Hércules a lucirse en el lanzamiento de un golpe franco que no entró porque el cancerbero malagueño voló al palo opuesto.
Ambas acciones de peligro envalentonaron al bloque local, obsesionado por cambiar el pesimista ambiente de La Romareda.
El Hércules, sin embargo, se mantuvo paciente, supo frenar el alocado ímpetu de su oponente y, poco a poco, tomó asiento para respirar. Así llegó una jugada que pudo cambiar el signo en la primera parte con una docena de toques ante la mirada atónita de los maños, a los que no les quedó otra que confiar en Leo Franco para detener el disparo final de Tote, que debió entrar en el marco para rubricar la bella acción.
Tras el descanso el equipo aragonés volvió a la carga con los mismos argumentos que al inicio del choque: verticalidad, intensidad, pero sin nada de gol frente a un Hércules al que le costaba salir de su parcela.
El central checo Jiri Jarosik dio un aviso con un cabezazo que salió ligeramente alto y acto seguido remató al palo de la meta del conjunto alicantino con un gran disparo desde fuera del área.
Tampoco Lafita se quedó quieto y puso a prueba a Calatayud, que volvió a mostrar sus reflejos para la desesperación de la parroquia aragonesa.
El Hércules levantó el cuello en una acción aislada con un balón colgado inteligentemente por Abel Aguilar al área pequeña donde Trezeguet armó la zurda para fusilar sin piedad a Leo Franco, que realizó una de las intervenciones más brillante de su carrera. Prodigioso en los reflejos, el guardameta argentino se congració con una afición que le tenía en el punto de mira merced a una intervención sublime, que repitió más tarde con otro disparo de Royston Drenthe que olía a gol.
El testigo lo recogió Calatayud, que volvió a tener protagonismo en el último minuto del encuentro. Un contragolpe que cogió al Hércules fuera de sitio acabó con el balón en las botas del colombiano Marco Pérez, solo ante el guardameta del conjunto alicantino, pero la clara acción de gol se resolvió con otra manopla salvadora del portero, que aguantó en pie lo justo y necesario para desbaratar las intenciones del atacante sudamericano. La fortuna, además, se alió con el Hércules en otra jugada posterior, en la que de nuevo Marco Pérez encontró hueco para un disparo desde el área, aprovechando un resbalón de Pamarot, que tocó lo justo en el talón de Abel Aguilar para salir rozando el poste por fuera. Por todo eso, el punto supo mejor.

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