Revista Tendencias Verano 2017
Terapia de pareja

¿Cómo hemos cambiado sexualmente?

El psicólogo y sexólogo José Bustamante Bellmunt, que lleva a cabo terapias de pareja en Elche y Alicante, analiza cómo ha cambiado la percepción del sexo en la sociedad, así como la liberación de la mujer o el uso de juguetes eróticos. En definitiva, la normalización del sexo.

04-07-2017Meneame

Matilde y Juan, una pareja de 37 y 42 años respectivamente sentados en el sofá de mi despacho charlando sobre los problemas de pareja que les trae a la consulta: en un momento de la sesión les pregunto por el aspecto sexual. Ellos se miran, por sus caras diría que no les preocupa demasiado el asunto, uno de ellos se arranca y me dice que le gustaría que mejorara y que hace años fue una fuente de discusiones, pero que ahora están tan mal que ven normal que no haya sexo. Mientras ella habla, él asiente con la cabeza y cuando termina, añade al speech: «figúrate que la última vez que lo hicimos compramos los preservativos en pesetas€». Evidentemente era una exageración para quitarle hierro al asunto, pero me hizo pensar el tema.


 

¿Cuánto hace que pagamos en euros? 17 años hace ya y en este tiempo. ¿Cómo hemos cambiado sexualmente?


 

Quizás los cambios más llamativos tengan que ver con la normalización del diálogo sexual. Escuchamos hablar de sexo en los medios de comunicación, lo leemos en revistas, las conversaciones sobre sexo en los grupos de amigos es más común y a muchas parejas a las que les costaba charlar sobre ello han empezado a hacerlo. Queda camino, pero por el momento esta normalización ya ha favorecido la mejorara de la vivencia de la sexualidad de muchos hombres y mujeres.


 

El que se hable de sexo es una manera de romper los miedos, darnos cuenta de que no somos unos degenerados por pensar o desear esta o aquella cosa, nos ha servido para retarnos a nosotros mismos y en muchos casos, ser capaces de incluir en nuestras vidas sexuales experiencias que antes nos parecían deseables pero vergonzantes al mismo tiempo. Una muestra de ello son el uso de lubricantes, aceites de masajes y juguetes sexuales en general. Los sórdidos y oscuros sexshop se han convertido en los últimos 17 años en tiendas eróticas llenas de luz que, sin complejos, abren sus puertas en calles transitadas y muestran en sus escaparates las últimas novedades en artículos eróticos. Los españoles se han atrevido a incluir dildos, vibradores, bolas chinas y lubricantes de mil sabores en sus encuentros íntimos y hasta las grandes marcas de preservativos han creado sus líneas de cosmética y juguetes sexuales. ¿Quién nos iba a decir que podríamos ver con normalidad anuncios en televisión en los que se anuncian estimuladores de clítoris para vivir orgasmos más intensos?


 

La mujer ha consolidado la conquista de su derecho a vivir el sexo como le plazca, a desear y pedir lo que desea, a sentirse parte activa del sexo y no mera comparsa del mismo. Pero hay más, este ejercicio de normalización de la sexualidad ha traído la visibilización del sexo de las personas con discapacidad. Queda mucho camino, pero hay que reconocer que ya es más fácil que una persona con discapacidad pueda desear y reclamar ayudas para poder vivir plenamente su sexualidad sin sentirse un bicho raro por ello.


 

La cara oscura de estos 17 años es que ese mismo motor positivo que es la normalización del sexo y el poder hablarlo sin tabúes, en alguna ocasión se ha extremado hasta el punto de confundir el normalizar con el banalizar. En esa pasada de frenada, se ha despegado al sexo de su carácter emocional, de la forma de comunicación privilegiada que es y en muchos casos ha pasado a convertirse en un mero intercambio de placeres sin más. Desde ahí se vive el sexo como un ejercicio, como una competición, como un reto más al que enfrentarse como adultos, parecido al aprender inglés, tener un cuerpo 10, hacer la fiesta del 40 cumpleaños más envidiada o la comunión más vistosa. En definitiva, aparecen dentro de los debería para conseguir ser la mejor versión de nosotros mismos y es que «debería tener más sexo, debería llegar a controlar mi eyaculación, debería encontrar el punto G, debería tener una erección siempre, debería saber obtener una eyaculación femenina€» (que bien suena cuando lo dicen los coach, que daño nos hace cuando nos lo creemos y nos dejamos llevar por la hiper-exigencia). Ante esta corriente sexual, se pueden cometer dos grandes errores, uno de ellos es sucumbir a la competición y buscar mil formas, doping incluido, para tratar de ser el mejor de los amantes de acuerdo a los estándares de perfección sexual. El otro error es reaccionar revelándonos contra la presión que supone esta idea de sexo y empezar a apartarse de la sexualidad bien porque empiezan a dejar de interesarnos o bien porque de forma más consciente se decide no guardarle ni un mínimo espacio en la agenda de tareas diarias para sacarnos nuestro «máximo potencial».


 

Es el momento de aprender de lo vivido, el sexo puede ser una experiencia maravillosa, pero para que así sea es interesante aprender a escucharnos, vivirlo como un lujo de comunicación afectiva que tenemos los seres humanos que es una experiencia emocional y no física y que por tanto, no entiende de tallas ni exigencias, que en el sexo nunca fallamos salvo que dramaticemos perder la erección, eyacular antes de tiempo, no tener un orgasmo con la penetración o llevar a cabo un número concreto de relaciones a la semana. Y es que en realidad el sexo es demasiado serio como tomárselo en serio.


 

Antes de acabar, para los que están preocupados por Juan y Matilde. Tranquilos, la terapia fue muy bien, aprendieron a discutir sin llegar a pelearse, a entender al otro, a aceptarse mutuamente y a encontrar tiempo de calidad para seguir disfrutando en pareja. En la próxima sesión de terapia me han pedido que trabajemos el aspecto sexual, ahora sí, les interesa volver a verse con menos ropa.