01 de septiembre de 2019
01.09.2019
Aprendiendo de nuestros errores

Descarbonizar la economía no será gratis ni fácil

31.08.2019 | 19:34
Descarbonizar la economía no será gratis ni fácil

Durante demasiados años, los informes de los científicos sobre un mayor riesgo climático no lograron causar una impresión negativa en los ciudadanos, hasta fechas relativamente recientes.

Sin duda, la situación está cambiando y la preocupación climática está motivando la movilización de una parte cada vez mayor de la ciudadanía, particularmente entre la gente más joven de los países del norte de Europa.

Frente a una catástrofe como a la que nos enfrentamos, derivada de la crisis climática, la comunidad global tiene la responsabilidad de responder para lograr la sostenibilidad del planeta. Pero ello requiere un cambio radical en el paradigma económico si se quiere alcanzar un mundo descarbonizado.

La transición a una economía que sea neutral en carbono será tan revolucionaria, o más, que la que se produjo de una sociedad agraria hacia un mundo industrial. Por ello hay que hablar con mucha claridad a la ciudadanía: ese proceso no es gratis, antes al contrario tendrá unos costes muy elevados; la transformación fundamental de nuestras economías hacia la neutralidad del carbono no solamente presenta grandes desafíos tecnológicos, también nos encontraremos con profundas resistencias sociales.

Si hoy investigamos sobre la preocupación que genera la crisis climática, muy probablemente encontraríamos un gran eco entre la ciudadanía. Pero no creo que eso sea suficiente para poder abordar las medidas que urgentemente resultan imprescindibles, porque, en paralelo, con casi total seguridad, esa misma ciudadanía mantiene, como una expectativa básica, que quiere continuar consumiendo y viajando de acuerdo con sus hábitos actuales. Hay poca evidencia de que la mayoría de los ciudadanos estén preparados para asumir los sacrificios que resultan necesarios.

No hay duda de que la vida y el trabajo serían mucho mejores si lográramos contener los efectos de la crisis climática, lo que sería razón más que suficiente para abordar importantes esfuerzos. Sin embargo, en la práctica la realidad parece bastante diferente, porque la transición a una economía neutral en carbono, a corto plazo, más que mejorar nuestra percepción sobre la calidad de vida, la empeorará, y, además, serán los segmentos más vulnerables de la sociedad los que se verán particularmente más afectados. El gran reto, pues, será reconocer esa realidad para intentar que el apoyo a una economía verde más sostenible no sea simplemente superficial o, incluso, disminuya.

De una forma u otra, tendremos que empezar a pagar por algo, el carbono, que, hasta ahora, hemos estado consumiendo abundantemente de forma prácticamente gratuita. Lo que, inevitablemente, nos lleva a ponerle un precio, y esto, por una parte, reducirá el consumo general, y, por otra generará un shock negativo de oferta, con una caída del PIB potencial.

Por tanto, el problema al que se enfrentan nuestras sociedades es muy grande y no tiene ningún sentido intentar ocultarlo. De hecho, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, decidió incrementar la fiscalidad de los combustibles -incluso de una forma modesta en comparación con el coste real de las emisiones- se encontró con la «rebelión» de los llamados chalecos amarillos y no tuvo más remedio que rectificar, dando marcha atrás. Pensemos que, durante muchísimo tiempo, las personas han recibido incentivos para desarrollar un determinado modelo de vida y ahora hay que decirles que ese «modus vivendi» no tiene futuro.

Pero es que, además, la transición verde tiene efectos distributivos muy adversos. Las clases medias y, particularmente, las más desfavorecidas gastan una mayor proporción de su renta en energía que la que hacen los ricos, y carecen de los medios para adquirir equipos de transporte o de climatización, que sean más eficientes y menos contaminantes. Sus trabajos tienen lugar en sectores intensivos en carbono, por lo que necesariamente se verán más afectados. Sin embargo, la transición energética podría y debería ser una oportunidad para aliviar la pobreza.

Esto no significa que no puedan existir soluciones. Por una parte, en un entorno de tipos de interés tan bajos como los actuales, resulta relativamente sencillo financiar la transformación mediante endeudamiento a largo plazo, de forma que los costes puedan repartirse entre distintas generaciones. Por otra, hay que poner de relieve que no todos contribuyen por igual a la crisis climática provocada por las emisiones de gases de efecto invernadero. La mayor parte de la población mundial produce muy pocas emisiones de carbono; un estudio de Oxfam pone de manifiesto que el 10 por ciento más rico de la población mundial produce la mitad de las emisiones totales, y su distribución a nivel global no es homogénea: alrededor del 40 por ciento vive en los Estados Unidos de América, un 20 por ciento en la Unión Europea y un 10 por ciento en China. Por tanto, diseñar políticas pensadas para centrarse en el 10 por ciento más rico de la población ayudaría mucho a suavizar los problemas distributivos.

Sería exigible que las políticas necesarias para transitar a un nuevo paradigma económico persigan no solo objetivos de sostenibilidad, sino también de equidad y justicia social, que impidan impactos adversos en los más pobres y que ayuden a corregir los crecientes niveles de desigualdad ya alcanzados, en lugar de empeorarlos.

Esto es, también es necesario que la transición energética sea justa con los trabajadores, de forma que aquellos pierdan sus puestos de trabajo como consecuencia de, por ejemplo, el cierre de plantas de generación de energía que sean intensivas en la emisión de carbono, puedan ser recolocados, después del oportuno proceso de recualificación, en otros sectores, como el de la economía verde que, necesariamente, han de crecer. Y lo mismo para quienes trabajan dependiendo de un turismo «low cost» si, como es previsible que suceda si de verdad se quiere abordar esa transición energética, se incrementa sustancialmente el precio del transporte.

El problema es que se nos acaba el tiempo. El calentamiento global ya está produciendo importantes cambios en los ciclos hidrológicos, con sequías más prolongadas y severas en algunos lugares, y precipitaciones extremas en otros, o en momentos distintos. Y ello, necesariamente, va a tener efectos muy adversos en la agricultura y en la forma de vida de algunos ámbitos geográficos concretos.

Actualmente, los modelos de predicción climática son incapaces de estimar con qué probabilidad el calentamiento global se refuerza a sí mismo, creando riesgos más severos para la vida en la Tierra. Por ejemplo, las tendencias más recientes de la temperatura en el Ártico confirman que el calentamiento será mayor en las latitudes más altas, y si esto produjera un derretimiento a gran escala se liberarían enormes cantidades de gas metano, actualmente atrapado, lo que aceleraría la crisis climática. En otros términos, cuando mayor sea el aumento de la temperatura, mayor será la probabilidad de una aceleración del proceso.

No tenemos demasiado tiempo para actuar y, mientras tanto, el presidente de la mayor potencia económica del mundo, entre otros destacados dirigentes, sigue formando parte de ese grupo que niegan lo que resulta evidente.

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