13 de junio de 2010
13.06.2010
Crónica de un desencuentro fatal

Dos poetas en guerra: Rafael Alberti y Miguel Hernández

Unidos no sólo por su compromiso con la República y por su ideología, sino por una estrecha relación personal. Pero la Guerra Civil acabó minando también su amistad

13.06.2010 | 04:00
Dos poetas en guerra: Rafael Alberti y Miguel Hernández

El carácter pasional de Miguel Hernández, de cuyo nacimiento se cumple este año un siglo, y la personalidad dominante y recelosa de Rafael Alberti, que encajó mal que al oriolano los milicianos le dieran el título de «poeta del pueblo» mientras que a él le tachaban de burgués, fueron provocando un distanciamiento que en los últimos meses de la contienda dio lugar incluso a un grave altercado entre ellos y en público. Alberti, presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, preparó su propia evacuación y la de otros muchos de un Madrid a punto de ser tomado por las fuerzas franquistas.

Amigos, intelectuales de la misma generación literaria y miembros del Partido Comunista (en el que Miguel Hernández entró de la mano de Rafael Alberti y de su mujer, María Teresa León), la relación entre los dos poetas se fue agriando a lo largo de la Guerra Civil hasta el punto de que, más allá de pasar temporadas sin dirigirse la palabra, el gaditano dejó fuera a Miguel de la lista que, en los estertores de la contienda y con los peores augurios para el bando que ya se perfilaba como perdedor, confeccionaron él y su mujer para solicitar asilo en la Embajada de Chile. No lo incluyeron ni, en otra clara muestra de las desavenencias entre ambos, el matrimonio Alberti-León le invitó a acompañarles en el vehículo que recogió a la pareja en Madrid para trasladarles hasta Monóvar, última sede del Gobierno de la República.
Las diferentes posturas de ambos ante la contienda (Miguel Hernández fue proclamado «poeta del pueblo» mientras Alberti era abucheado por unos milicianos en la sierra de Madrid) y la distinta procedencia social de cada uno (el cabrero frente al burgués) ahondaron en un distanciamiento que estalló en febrero de 1939, unos días después de que Antonio Machado fuera enterrado en Collioure y apenas un mes antes del fin de la guerra. Miguel Hernández, que en esos momentos se encontraba en Madrid, se acercó a la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales para interesarse por sus compañeros y a su llegada al Palacio de los marqueses del Heredia-Spínola (incautado para servir de base a los artistas que apoyaban la República) se encontró con los preparativos de una fiesta que sus compañeros habían organizado como homenaje a la mujer antifascista. Mucho era lo que el poeta de Orihuela había callado a lo largo de esos tres años de guerra, durante aquellas noches en que llegaba abatido del frente y trataba de dormir algunas horas con la música de fondo de aquellos bailes de disfraces y aquellas «travesuras y algazaras» con las que sus compañeros libraban su batalla contra la muerte.
La fiesta fue motivo suficiente para que Miguel no siguiera silenciando las desavenencias entre el «poeta del pueblo» y los intelectuales de «mono planchado y pistolas de juguete», según la definición de Juan Ramón Jiménez, quien en su libro Guerra en España no se anduvo con tibiezas al escribir, años después, que «los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández...».
Indignado por ese ambiente festivo de resabio burgués mientras que él y otros combatientes se seguían jugando el tipo en el frente, Miguel se dirigió a Alberti y le espetó en voz alta y delante de otros intelectuales: «¡Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta!», frase de la que, lejos de retractarse, a lo que le conminó Alberti, escribió en una pizarra por si alguien no la había escuchado. Con una bofetada que aseguran que hizo caer al poeta respondió María Teresa León, quien como organizadora de la fiesta se sintió directamente aludida. Los dos amigos dejaron de serlo en ese momento.

Sálvese quien pueda
Las semanas siguientes, poco días antes de la toma de Madrid, estuvieron marcadas por el desconcierto y la consigna de «sálvese quien pueda». Miguel permaneció en la capital hasta el 9 de marzo pese a los consejos de amigos próximos a los vencedores que le insistían en que se marchara de España cuanto antes. Analizada la situación y espoleado por la idea de irse con su mujer y su hijo a Chile para emprender una nueva vida con el apoyo y la amistad de Pablo Neruda, Miguel se dirigió a la Embajada chilena donde sólo le ofrecieron, sin muchas garantías de seguridad, refugiarse en el edificio. Para Carlos Morla, encargado de negocios en la embajada y viejo conocido del poeta, aceptarle en su lista de refugiados era mucha responsabilidad dada su activa participación en la contienda. Con lo que Miguel Hernández nunca estuvo en ese listado ni en el que el matrimonio Alberti-León había confeccionado con amigos que también corrían peligro y le había enviado ya a Morla.
Sin saber qué hacer, el «poeta del pueblo» se encaminó de nuevo a la sede de la Alianza, donde se volvió a encontrar con Alberti y María Teresa León, que andaban ya enzarzados en los preparativos de su salida de Madrid. Según la versión de María Teresa, «Miguel Hernández apenas contestó a nuestro abrazo cuando nos separamos en Madrid. Le habíamos llamado para explicarle nuestra conversación con Carlos Morla, –cuya propuesta de refugiarse en la embajada habían rechazado por considerarla una miseria– [...]. Miguel se ensombreció al oírlo, acentuó su cara cerrada y respondió: "Yo no me refugiaré jamás en una embajada. Me vuelvo al frente [...]. ¿Y vosotros?", nos preguntó. Nosotros tampoco nos exiliaremos. Nos vamos a Elda con Hidalgo de Cisneros. Miguel dio un portazo y desapareció».
El texto no tiene desperdicio y aporta algunas claves que pudieran haber cambiado el destino de Hernández. En primer lugar, el poeta no acudió a ninguna llamada de los Alberti-León ya que fue él quien decidió acercarse a la sede de la Alianza para informarse antes de tomar una decisión sobre lo que iba a hacer. Tampoco pudo decir «me vuelvo al frente» cuando ya no había línea de fuego a la que ir y cuando la frase más repetida según otros testimonios –Cossío, Aleixandre, Morla, el mismo Alberti– era bien distinta: «Me voy a Cox con mi mujer y mi hijo». Pero lo más sangrante, sin duda, fue que Miguel, que había entrado en el Partido Comunista de la mano de María Teresa y Rafael, que había estado unido a los altos mandos del ejército republicano, que había sido un poeta-soldado al lado de la Troika del Komintern en España, no fue tenido en cuenta por ninguno de sus camaradas. Ni siquiera fue invitado a salir con ellos hacia Monóvar, en el vehículo oficial que el Gobierno republicano había puesto a su disposición, y era abandonado a su suerte para que se refugiara en una embajada que no ofrecía demasiada seguridad y que para ellos no era otra cosa que una limosna inadmisible.
Alberti y su compañera, en efecto, salieron rumbo a Monóvar, donde Juan Negrín había reunido a su Gobierno en la denominada «posición Yuste», y el 7 de marzo de 1039 el matrimonio despegaba a bordo de un Dragón con destino a Orán.
Al amanecer de ese mismo día, Miguel Hernández decide regresar a Cox con su familia. Para salir de Madrid, y ante el temor de toparse con tropas franquistas, pide ayuda a su amigo, y falangista, José María de Cossío a quien, en una jugarreta del destino, es Miguel el que tiene que «salvar» al ser interceptados por un grupo de milicianos a la afueras de la capital.
El 14 de marzo, ya en Cox, Miguel escribe a Cossío. Al parecer, el director de la enciclopedia Los toros le había prometido hablar con alguien influyente para solucionar la salida del poeta y de su familia: «No deje de hacer las gestiones cuanto antes si puede. He recordado nuestra última conversación. Recuerdos y abrazos para todos los amigos. Y para usted el de siempre». La carta iba firmada con el nombre de Manuel para que no fuera interceptada. Hernández debía sentirse en aquellos momentos doblemente acosado: por un lado estaba la amenaza de las tropas franquistas y, por otro, su condición de comunista, lo convertía en blanco de los hombres de Casado, una facción de lo suyos. «Estaba en la más negra miseria –comenta su paisano Ramón Pérez Álvarez–. Me solicitó que le procurase un pasaporte. Como yo estaba haciendo las gestiones para obtenerlo, dupliqué las mismas».

Nadie hizo nada
Miguel visitó en Orihuela a José Martínez Arenas, abogado y viejo mentor del poeta, y al canónigo Luis Almarcha pero nadie, que se sepa, hizo nada por ampararle. A mediados de abril decidió buscar refugio en un lugar más seguro donde pudiera hallar la protección de algún amigo que simpatizara con el nuevo régimen –ya se había reconocido el Gobierno de Burgos– y, posteriormente, encontrarse con Josefina y el niño. Así se lo comunicó a Cossío el 19 de abril desde Cox: «Estamos todos bien por ahora. Yo salgo para Sevilla seguramente, y pronto. Allí espero ver a Guillén y a otros amigos y espero hallar una buena acogida entre ellos [...]. Deseo verle pronto, y si va por Sevilla, allí nos encontraremos.» Según lo previsto, Miguel pensaba buscar la protección de Jorge Guillén en Sevilla, pero su mala información al respecto le llevó a cambiar de planes pocos días después.
Con doscientas pesetas en el bolsillo que le había proporcionado su hermano Vicente y una caja de cartón por todo equipaje, Miguel salió de Orihuela el 20 de abril con rumbo incierto. Fue el poeta falangista Eduardo Llosent Marañón, viejo compañero en las Misiones Pedagógicas, director de la revista Mediodía de Sevilla y, en aquellos momentos, director del Museo de Arte Moderno de Madrid, quien le proporcionó una carta de recomendación para que la presentase en Sevilla a Joaquín Romero Murube, alcaide entonces del Alcázar hispalense y con el que se entrevistó la mañana del 24 de abril en el recinto de la fortaleza sevillana. Lo que no imaginaba Miguel Hernández es que Franco se encontraba esos días de visita oficial por Andalucía y que, según testimonio del propio Murube, estando el poeta en los jardines del Alcázar entró en el recinto el Caudillo. Alarmado por el peligro que acababa de correr, Miguel decidió marcharse de Sevilla no sin antes comentarle al alcaide algo así como: «Joaquín, creía que Franco era una persona de gran porte, físicamente, y me lo encuentro bajito y pocacosa».

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook