25 de septiembre de 2009
25.09.2009

Memoria de un destierro

21.09.2009 | 15:01
Memoria de un destierro

La expulsión de los moriscos, de la que se cumplen 400 años, supuso el éxodo de miles de habitantes de la provincia.

Hace ahora justamente cuatrocientos años que comenzó la expulsión masiva de los moriscos del territorio español. Fueron los moriscos del antiguo reino de Valencia los primeros en ser expulsados. Entonces, aún no existía la provincia de Alicante, cuyo actual territorio formaba parte políticamente, casi en su totalidad, del virreinato valenciano. Los moriscos eran descendientes de los mudéjares, musulmanes que siguieron viviendo en territorio cristiano tras la Reconquista. Entre 1520 y 1525 fueron obligados a convertirse al cristianismo, tomando a partir de entonces el nombre de moriscos o cristianos nuevos. Muchos de ellos se bautizaron, pero la inmensa mayoría continuó siendo fiel a la fe islámica en secreto.
En 1609 había en el Reino de Valencia un total de 84.504 casas, de las cuales 52.689 estaban ocupadas por cristianos viejos y 31.815 (37´4%) por cristianos nuevos. En la actual provincia alicantina, los moriscos habitaban sobre todo en las sierras de La Marina, las tierras interiores del Valle Medio y Bajo del Vinalopó, y en algunos señoríos de la Vega Baja.

Paternalismo y permisividad
Los moriscos estaban sometidos de por vida a los señores de los lugares donde habitaban, puesto que tenían prohibido, bajo pena de muerte y confiscación, cambiar de domicilio ni de señor. En general, los señores trataban a los moriscos de manera paternalista, protegiéndoles ante las insistentes presiones que sufrieron por parte de la Corona y de la Iglesia para que se convirtieran al cristianismo. Actuaban con esta permisividad religiosa para preservar la tranquilidad de sus territorios, pero también por razones meramente económicas: estos vasallos, cristianos nuevos, eran mano de obra barata y además pagaban, como sus antepasados mudéjares, más impuestos que los cristianos viejos. Además, a cambio de preservar su fe islámica, pagaban puntualmente la protección de sus señores.

Recelo
Entre los cristianos viejos existía la creencia generalizada de que los moriscos eran ricos aunque austeros, en algunos casos poseedores de riquezas escondidas. Riquezas que amasaban gracias a su forma de vivir, sobria y modesta, a los préstamos y arriendos de los que se beneficiaban y, sobre todo, a la abundancia de mano de obra barata de que disfrutaban merced a los muchos descendientes que tenían.
Pero, aunque realmente los moriscos tenían la costumbre de casarse jóvenes y de tener una familia numerosa, lo cierto es que nunca se produjo aquel espectacular aumento de población morisca en el siglo XVI. En cuanto a la supuesta riqueza que poseían en general los moriscos, la realidad era bien distinta. Desde luego los había ricos, pero eran muy pocos. A pesar de que había cristianos nuevos que se dedicaban al comercio y a la artesanía, la inmensa mayoría eran sencillos campesinos, agricultores y ganaderos de escasas tierras y pequeños rebaños, que vivían humildemente.

Evangelización y emigración
Se organizaron por parte de la Iglesia sucesivas campañas de evangelización para convertir a los moriscos en cristianos auténticos. Algunas fueron tan represivas que animaron a muchos de ellos a emprender la huida. Emigraron sobre todo al norte de África, clandestinamente y, a veces, ayudados por los piratas berberiscos, que desembarcaban por las noches en lugares recónditos de la costa levantina.
La emigración morisca contaba con el apoyo de los señores. Pero este apoyo no era gratuito: los salvoconductos o «guiatges» debían ser comprados por los moriscos en metálico. También los corsarios berberiscos les cobraban sus servicios.
El apoyo señorial a la emigración clandestina de moriscos comenzó a declinar en 1561, cuando el Rey se interesó personalmente en una mejor fortificación de la costa alicantina.

Ataques berberiscos
Los ataques berberiscos a la costa española (con mayor intensidad a la alicantina) ponían de manifiesto la estrecha relación existente entre los moriscos y sus correligionarios norteafricanos. Y esto preocupaba, y mucho, a la Corona, pues durante un tiempo coincidieron con la revitalización de la guerra contra los turcos.
Para las autoridades era evidente que los moriscos mantenían correspondencia con el enemigo turco, a través de Argelia y desde el litoral alicantino. Preocupadas ante la posibilidad de una rebelión armada de los moriscos valencianos, varias veces decidieron desarmar a esta población sospechosa de deslealtad.

Dos años de sublevación
El malestar de los moriscos se manifestó de manera violenta en las Alpujarras, donde a finales de 1568 comenzó una sublevación que no sería sofocada hasta 1570.
Esta rebelión fue seguida con mucho interés por los cristianos nuevos de toda España, que vivieron con esperanza, decepción y angustia el devenir de sus hermanos granadinos. Los vencidos fueron desperdigados fuera de Andalucía. No fueron pocos los que se convirtieron en bandoleros. Durante los primeros meses de 1570 aumentó la emigración de los moriscos granadinos hacia el territorio alicantino, muchos de los cuales fueron capturados y vendidos como esclavos.
Más inadvertidos que los bandoleros eran algunos de aquellos moriscos granadinos que llegaron a tierras alicantinas y se dedicaban a la conspiración. Se conoce el nombre de uno de estos encargados de reavivar la resistencia morisca en el valle del Vinalopó, presunto enlace con sus aliados del norte de África: Martín Chiquillo.
Entre 1602 y 1604 se urdieron dos conspiraciones contra la Corona española en las que supuestamente estaban interesados los reyes de Francia e Inglaterra, además del pachá de Argel y los moriscos de Aragón y Valencia. No obstante, el peligro que representaban estas conspiraciones era real pero improbable.

Decreto
El decreto de expulsión de los moriscos del Reino de Valencia fue firmado por Felipe III el 19 de septiembre de 1609 y publicado el día 22. Para llevar a cabo esta empresa fue movilizada buena parte de la Armada y del Ejército, al mando del mariscal de campo Agustín Mejía.
Entre septiembre de aquel año y enero del siguiente, fueron embarcados en los puertos de Dénia, Alicante, Valencia, Vinaroz y Moncófar más de cien mil moriscos. Mayoritariamente fueron llevados a Argelia y Túnez. Pero no todos llegaron al destino elegido. No pocos perecieron por el camino, tanto en tierra como en mar. Obligados a abandonar sus casas y tierras, y a malvender muchas de sus posesiones, el camino que les llevaba hasta los puertos donde debían embarcar estaba plagado de salteadores que les robaban cuanto llevaban de valor. En algunos de los barcos que trasladaban a los moriscos a su destino, previo pago del pasaje, los tripulantes los saquearon, violando a las mujeres y matando a quienes se atrevían a rebelarse. Y quienes lograban arribar a los puertos del norte de África, especialmente a Orán, debieron de enfrentarse con la hostilidad de las tribus nativas, que los atacaron para despojarles de lo poco o mucho que habían conseguido llevar hasta allí.

Valle de Laguar
Aunque apenados por tener que abandonar las tierras de sus ancestros, en un principio los moriscos aceptaron la expulsión pacíficamente. Incluso la acataron con alegría, pues pensaban aliviados que en tierras de correligionarios encontrarían por fin la tranquilidad y el respeto que les había faltado aquí. Sin embargo, las noticias que les llegaron sobre la forma tan terrible con que eran recibidos en Argelia, provocaron la rebelión entre muchos de los que aún no habían iniciado el exilio. Miles de moriscos se reunieron en dos lugares simultáneamente para impedir que los expulsaran: en las Muelas de Cortes (valle de Ayora) y en el Valle de Laguar. En este último lugar, situado en el interior de la comarca de la Marina Alta, buscaron refugio a finales de octubre unos veinte mil moriscos de la zona, eligiendo como caudillo a un molinero de Confrides llamado Mellini. Muchos de ellos eran ancianos, mujeres y niños, que cargaron con los pocos enseres y animales que tenían hasta el bello y agreste valle donde se levantaba el Caballo Verde, una sierra con forma de silla de montar y donde se escondía, según una antigua leyenda, un gigante e invencible guerrero musulmán que velaba desde hacía siglos con su montura (una especie de San Jorge islámico) para impedir que el valle fuese hollado por pies cristianos.
El mariscal de campo Agustín Mejía dirigió en persona al ejército y a las milicias que se dispusieron a desalojar el valle de Laguar de moriscos rebeldes, apresarlos y llevarlos hasta los puertos de embarque para su expulsión del territorio español. Mejía instaló su cuartel general en Murla.
Tras producirse varias escaramuzas y negociaciones frustradas, las tropas de Mejía irrumpieron en el Valle de Laguar el 16 de noviembre, echando a los moriscos que ocupaban las ruinas de la fortaleza de Azabares (a la entrada del valle y enfrente de donde ahora se levanta el sanatorio de Fontilles), los cuales fueron a reunirse con los suyos en las montañas y en las tres poblaciones que había (y hay) en el interior del valle: Campell, Fleix y Benimaurell. Cinco días después, el sábado 21 de noviembre, Mejía ordenó entrar en el valle por el lado opuesto, ascendiendo desde el llano de Petracos. De ahí que el enfrentamiento armado que se produjo aquel día y en aquel lugar se conociera posteriormente como la batalla de Petracos. Aunque en realidad fue todo menos una batalla. Más bien debería hablarse de una cacería, de una auténtica matanza. Varios miles de soldados muy bien pertrechados, entre ellos veteranos de los Tercios de Nápoles, de Sicilia y de Galeones, experimentados en infinidad de batallas reales y contra verdaderos ejércitos, apoyados por numerosos milicianos que habían llegado de todo el territorio alicantino ávidos de botín y fama, ascendieron aquella madrugada por la sierra del Caballo Verde, matando o haciendo retroceder a los moriscos que les ofrecieron gran resistencia durante horas, armados con hondas y algunas ballestas.
Una vez en la parte más alta de la sierra, los soldados se dispusieron a atacar Benimaurell, mientras que la caballería hacía lo propio desde el lado contrario (Campell). Miles de moriscos huyeron entonces hacia los peñones más altos del Caballo Verde, en cuyas cumbres se decía que estaban las ruinas de un castillo inexpugnable, llamado de Pop. Pero durante su huida unos dos mil de ellos fueron masacrados, sobre todo ancianos, niños y mujeres. Los cronistas son unánimes al describir la horrible matanza que allí se produjo. «Porque los niños de teta arrebatavan de los braços de las madres, y los estrellavan en las peñas; y por no detenerse a quitarles los zarcillos a ellas, les cortavan las orejas. Reconociendo un soldado una Mora muerta por si llevava dineros o joyas, la vio que por una puñalada que tenia en la barriga, salia una mano de un niño, y movido a lastima, (efectos de la predestinaciò) le acabò de sacar, y dandole el sagrado bautismo, murio luego. Muchas mugeres se cubrian el rostro con las faldillas, y abraçadas con sus hijos, se arrojavan por las peñas abaxo, pensando hallar mejor acogimiento q. en los soldados: y todos los q. cahian heridos, antes de ser muertos, eran luego despojados, y quedavan desnudos», cuenta Escolano, allí presente. Mellini murió heroicamente tratando de proteger a los suyos.
Durante nueve terribles días los miles de moriscos que se refugiaron en el peñón más alto del Caballo Verde sufrieron el asedio de los soldados. Fueron terribles porque muy pronto se les acabó el agua y cuando se arriesgaban por las noches a ir a las fuentes más cercanas para abastecerse, eran muertos o apresados por los soldados que vigilaban dichas fuentes. Salvo unos pocos que lograron huir, casi todos ellos se rindieron el día 29. Eran unos trece mil, que bajaron del peñón muertos de hambre y de sed. Arriba quedaron cuatro mil cadáveres. Los soldados y los milicianos, que ya habían saqueado las poblaciones del valle, se dedicaron a la rapiña con los rendidos, secuestrando a los niños para llevárselos con ellos como esclavos. Muchos de los vencidos murieron durante el camino a los puertos de Dénia y Jávea.

Morisquillos
Unos mil niños y niñas moriscos fueron secuestrados en el Valle de Laguar. A ellos debe unirse otros mil cuatrocientos morisquillos que fueron igualmente tomados como criados (en la práctica, esclavos) en otros lugares.
El punto de destino adonde llevaron a un mayor número de morisquillos fue la ciudad de Valencia (492), pero muchos más (1.136) fueron repartidos entre las localidades de la actual provincia de Alicante, destacando Dénia con 200.
Los morisquillos, cuando crecieron, se casaron entre ellos, según consta en los libros parroquiales, donde aparecen como «fills de moros expulsos».
África
Los primeros moriscos que desembarcaron en Orán, plaza española a la sazón, fueron bien recibidos por los gobernadores de Mostaganem y Tremecén. Procedían de Elda y Novelda. Pero los que llegaron posteriormente fueron recibidos de manera hostil, pereciendo muchos de ellos a manos de los temidos alarbes.
Para los magrebíes, los moriscos eran extranjeros que vestían a la europea y hablaban un dialecto árabe distinto del suyo. Por su número y por sus intenciones de instalarse en sus tierras, constituían además un grave peligro para los intereses tanto de los campesinos argelinos como marroquíes.

En Argelia
Los moriscos que, desde Orán, llegaron a Argel, se encontraron con sus paisanos ricos que habían arribado allí pagando el fletamento de naves privadas.
En la capital argelina existe actualmente un barrio conocido como Les Andalousies, donde probablemente se instalaron los moriscos más adinerados, pero en su mayor parte lo hicieron en el alfoz de Argel, en zonas agrícolas pero cercanas a la ciudad, y en el valle de La Mitidja, alrededor de las actuales ciudades de Kolea y Blida; ciudad ésta última (a 50 kilómetros de la capital) que fue fundada por los propios moriscos, según una tradición recogida por todos los historiadores modernos.

En Túnez
Fue Túnez adonde llegó el grupo más afortunado de moriscos alicantinos. Cuando finalizó la expulsión en toda España, eran unos cien mil los moriscos que habían llegado a Túnez. En la capital se instalaron los más ricos en la calle del Panteón del Bey (soberano tunecino), un barrio reservado a la burguesía y a los intelectuales andalusíes; pero la mayoría de los recién llegados se instalaron en barrios periféricos, al norte y al sur de la ciudad, que ahora son conocidos como barrios andalusíes: el de Bab Suica (Puerta de Mercadillo), el cercano a la mezquita El-Hlaq (ahora llamada la Mezquita de los Andalusíes) y otro en el lado opuesto, al norte, que ocuparon los últimos en llegar: el arrabal de Bab Qartagenna (Puerta de Cartago). Fuera de la capital, los moriscos se instalaron en lugares como Medjez El Beb, Grombalia, Teburba?, pero eran tantos que fundaron sus propias ciudades, como Testur (1614-1615) y Zaguán, lugar éste último donde desarrollaron el cultivo de los olivos y los cerezos.

los Alacanti
Actualmente, la lista de apellidos de origen hispánico en Túnez (y más especialmente en los lugares antes citados) es amplia. Pero es sin duda Alacanti el nombre que más interés despierta; un apellido que también se escribe Alakanti, Lacanti, Lakanti, Laganti o Hakanti.

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