03 de marzo de 2020
03.03.2020
Opinión

A Miguel Hernández: Palabras recuperadas

02.03.2020 | 22:10
A Miguel Hernández: Palabras recuperadas

Estábamos en los años setenta y pocos en el cementerio de Alicante, ante su mínimo nicho... Y me pasaron su libro de poemas.

Entonces no estaban prohibidos sus versos en los cementerios.

Y yo allí, emocionado, yo que no voy nunca a esos lugares menos en los homenajes a Miguel... y me miran, reacciono, busco el Juramento de la Alegría y leo:

«A su paso se paran los relojes... / Salí del llanto, me encontré en España».

Leo el largo y dolorido poema de Miguel, mientras peleo con el irremediable nudo en la garganta, para que deje salida a la palabra:

«Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña / Me alegré seriamente, lo mismo que el olivo».

Acabo, temblando, como ahora que recupero esas palabras y esas emociones. Y miro y suplico que alguien siga. Y alguien lo hace, y lee, mientras yo me encierro y escucho sólo sus palabras, las de Miguel, que me llegan y me mantienen en ese trago que es la vida, él que se bebió la muerte a muchos tragos aún a pesar de sus palabras, él que se la bebió juramentándose alegre.

Y me voy de allí con algo dentro que tiene que salir , y va saliendo en forma de canciones de sus poemas: El Juramento, el Antes del Odio que luego sería la canción preferida de Blas de Otero, la Canción del esposo soldado, el Bocas de ira, y más... Y, finalmente, ese poema, Al borde del Principio, que no canto, recito, y en el que le cuento a Miguel todo lo que sentí aquel día en el cementerio, y que sería el que cerrase ese LP homenaje y también el libro de poemas Todas las caras de su ausencia que saldrían justo un año después, en 1976. Y es que en aquellos años de la «transición a la democracia en Alicante» se vivía así: Al borde del «precipicio» que decían «ellos», al borde del final del casi eterno dictador, al borde de una larga posguerra, mientras yo les repetía que no era del «precipicio» sino del «principio» de lo que estábamos al borde.


No era yo el único que sentía aquello. No lo era porque, al tiempo que el general moría en aquel final de 1975, muchos otros iban sintiendo que era el momento de decirle tantas cosas a Miguel, y de regresarlo para que viera con nosotros la llegada de la Democracia por la que él había escrito y luchado.

Y, mientras yo preparo la grabación de mis próximos libro y disco (éste con portada de Arcadio Blasco, y que termina con la frase «Ven Miguel, empezamos», tal vez el único disco que acaba con la palabra «empezamos»), muchos empezamos a organizar un homenaje, que se denominará «Homenaje de los Pueblos de España a Miguel Hernández». Y presentamos todo en las semanas anteriores al inicio del homenaje (yo, en concreto, en teatros de Madrid, València y Zaragoza). Hablamos con pintores, poetas y cantantes que se ofrecen a actuar desinteresadamente en los más de cien actos, organizados de forma asamblearia en la provincia de Alicante. Y a ellos se suman muchos otros organizados en diferentes lugares de España y del extranjero.

Algunos actos son prohibidos, como los macro-festivales en los campos de futbol de Alicante y Elche, pero muchos otros, casi la totalidad, sí se llevan a efecto.

Los que participábamos pintando, recitando, cantando... y, además organizando, nos reuníamos por la noche en la sede del Club de Amigos de la Unesco, analizábamos lo que había pasado, redactábamos notas para la prensa, nos asegurábamos de que cada uno sabía su programa del día siguiente... y a dormir lo poco de noche que quedaba para estar listos para participar en los actos del día siguiente. Y, por la noche, otra vez a la Unesco.

Y así, esos días primaverales fueron pasando en un vivirnos plenos y nuevos.

Porque en esos días nos «Alegramos Seriamente» con Miguel, nos sentimos «Al borde del Principio» y nos juramos alegría y democracia que no es que «viniera», es que estábamos haciéndola llegar entre todos. Y en ello seguimos.

Esos días, Alicante amaneció alegre y democrático. Porque en esos días, muchos empezamos a sentir cómo construíamos en nuestra provincia, en nuestro país y en nuestro interior, los cimientos del resto de nuestra vida y nuestra historia.

Ahora vuelven a prohibir las palabras de Miguel en otro cementerio, el de Madrid. No, no son los mismos, pero de algún modo sí lo son. No podemos resignarnos a estar Al borde del final Miguel, amigo, compañero y hermano. No podemos. Y no lo haremos.

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