07 de febrero de 2020
07.02.2020

«Mi ventaja fue nacer en la pobreza»

A Kirk Douglas le gustaba recordar su origen humilde que le forjó su afán de superación

06.02.2020 | 23:23
Kirk Douglas como Espartaco en la película de Stanley Kubrick de 1960.

El hijo del trapero. «Mi primera mujer, Diana, me dijo una vez: sigues trabajando como si intentaras ser una estrella, pero ya eres una estrella». Con esta frase Kirk Douglas definió perfectamente su vida, la del hijo del trapero que llegó a cotas que no se esperaba pero que nunca olvidó sus orígenes.

A Kirk Douglas le gustaba recordar sus orígenes humildes cuando tenía ocasión y dejar saber que él fue pobre de solemnidad en su infancia hasta el punto de pasar hambre, un discurso que repitió en innumerables entrevistas marcadas por su arrolladora personalidad.

Issur Danielovich Demsky, el verdadero nombre de Douglas, nació en Amsterdam, en el norte del estado de Nueva York, único chico de los siete hijos de una pareja de judíos bielorrusos, Herschel Danielovitch y Bryna Sanglel. Emigrantes pobres que llegaron a Estados Unidos escapando de los ataques contra los judíos pero se encontraron con que en Amsterdam también había obstáculos en ciertos trabajos, por lo que Herschel tuvo que empezar a buscarse la vida recogiendo trastos y muebles viejos por las calles.

«Pasábamos hambre», recordaría años después Kirk, ya una estrella, pero que nunca olvidó una dura infancia en la que vendía tentempiés a trabajadores de las fábricas para poder comprar pan y leche a su familia. Una infancia pasada en la calle y que le daría una inteligencia muy viva, unas enormes ganas de salir adelante y un afán de superación que le acompañaría toda su vida.

A los 13 años recitó un poema en un parque y el aplauso de la gente le hizo decidirse a ser actor. «Después de la actuación, (mi padre) me dio un helado. Nunca lo olvidaré», recordaba Douglas.

Trabajó como repartidor de periódicos para pagarse los estudios y pudo entrar en la Universidad de St Lawrence gracias a un préstamo que pagaba con pequeños empleos como jardinero o conserje. Gracias a su talento consiguió entrar en la American Academy of Dramatics Arts, donde estudió junto a Betty Joan Perske, que años después cambiaría su nombre por el de Lauren Bacall igual que él lo hizo por el de Kirk Douglas. Una amistad que fue muy importante en su vida ya que fue Bacall la que le recomendó para un papel en Hollywood cuando Douglas regresó de la Segunda Guerra Mundial, tras combatir dos años y ser dado de baja por heridas de guerra.

Su participación en El extraño amor de Martha Ivers (1946) fue el inicio de una carrera que se prolongaría más de 60 años y que le convertiría en una gran estrella, un estatus que no le hizo olvidarse de la pobreza de la que venía.

«Siempre les he dicho a mis hijos que ellos no han tenido la ventaja de haber nacido en la miserable pobreza», afirmó en diversas ocasiones Douglas siempre miró su dura infancia desde una perspectiva optimista por la vida que posteriormente supo construirse. Y que le hizo mantener una modestia muy alejada del arquetipo de Hollywood. «Me llamo Kirk Douglas. Puede que me conozcas. Si no... googleame. Fui una estrella del cine y soy el padre de Michael Douglas, el suegro de Catherine Zeta-Jones y el abuelo de dos niños. Hoy celebro mi 90 cumpleaños (...). Sobreviví a la Segunda Guerra Mundial, a un accidente de helicóptero, a un derrame cerebral y a dos rodillas nuevas». Con motivo de ese «milagroso» cumpleaños, como lo denominó, lanzó un mensaje a los jóvenes americano: «El mundo es un caos y lo vais a heredar (...) Estados Unidos es un país donde todo el mundo, sin importar raza, credo o edad, tiene una oportunidad. Yo tuve esa oportunidad». Y poco después señalaba con nostalgia: «Aparentemente he cambiado hasta ser Kirk Douglas. Pero cuando más le miro, más siento la necesidad de regresar a Issur para ver el chico del que provengo. Era la quintaesencia de mí».

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