28 de julio de 2019
28.07.2019
Bicentenario Balmis

Odas balmisianas desde las dos orillas

27.07.2019 | 22:30

Capítulo 26 / Desde las dos orillas del Atlántico, la Real Expedición de la Vacuna fue recordada a través de dos poemas que ensalzaron la gesta medicinal, al tiempo que, en cierta medida, se posicionaban sobre el colonialismo español.

Evocaciones líricas

La llegada de la vacuna contra la viruela a los territorios de Ultramar fue elogiada en ambos lados del Atlántico a partir de dos odas que, en el capítulo de hoy, queremos recordar. Estas composiciones líricas, fieles a un lenguaje clasicista, donde abundan referencias y alegorías mitológicas, proponen una reflexión en torno a la expedición, la enfermedad y su cura que sirven de excusa a sus autores para tratar el problema del sistema colonial. En ambas, la figura de Balmis es recordada abiertamente, pero, una lectura atenta y completa de las obras evidencia alcances bien distintos.

Una oda desde América

En el continente americano, el filólogo, jurista y poeta caraqueño Andrés Bello López (1781-1865) además de componer una obra teatral, Venezuela consolada, que recoge esta temática, también escribió un poema de juventud de 316 versos con el título A la vacuna, al que hoy dedicamos nuestra atención. Según los estudios especializados, la oda fue elaborada por Bello cuando éste era oficial segundo de la Capitanía General de Venezuela, coincidiendo en el tiempo con la presencia de Balmis en Caracas, durante los meses de abril y mayo de 1804, aunque parece ser que la versión completa no fue publicada hasta el año 1882. El cirujano alicantino ocupa un lugar destacado y su labor es ensalzada como así lo muestran estos versos: «Y a ti, Balmis, a ti que, abandonado/ el clima patrio, vienes como genio/ tutelar, de salud, sobre tus pasos/una vital semilla difundiendo/¿qué recompensa más preciosa y dulce/podemos darte?/ ¿qué más digno premio/a tus nobles tareas que la tierna/aclamación de agradecidos pueblos/que a ti se precipitan?». En el poema, aunque en algunos puntos pueda parecer algo ambiguo, subyace un elogio a los avances científicos y, por tanto, una apreciación positiva del proyecto político de la corona española en tierras americanas.

En 1807, Bello fue nombrado secretario de la Junta Central de Vacunación de Caracas y tres años después, viajó a Inglaterra formando parte de la comisión oficial revolucionaria enviada en representación del nuevo gobierno. Tras dos décadas allí, donde se dedicó al estudio y a trabajos de traducción, a su vuelta, se instaló en Santiago de Chile, desarrollando una intensa actividad jurídica y educativa. Reconocido tratadista en Derecho Internacional, elaboró el Código Civil de la República de Chile (1857), adoptado en varios países hispanoamericanos y modelo de muchos otros, fue redactor del periódico oficial El Auraucano, integró la Junta de Educación y fundó, en 1843, la Universidad de Chile, de la que fue rector hasta su fallecimiento.


Otra desde España

En la otra orilla, España, el literato y pensador madrileño Manuel José Quintana Lorenzo (1772-1857), meses después del retorno de Balmis a la metrópoli, en diciembre de 1806, escribió un canto a la independencia compuesto por 164 versos dedicado A la expedición española, que formó parte de su tomo de Poesías patrióticas publicado dos años más tarde. La oda de Quintana tiene un claro fin propagandístico y de denuncia, sus palabras se comprometen con la causa independentista y son un bello ejemplo de la vinculación entre las letras y la política, donde su patriotismo liberal se confecciona a partir de la lírica romántica.

Para el autor, sólo a través de la vacuna/revolución podrá América despertar a la realidad que vive y curarse de la enfermedad/colonialismo, recuperando su libertad. De hecho, así se lo hace saber al propio Balmis: «Luz que se extingue ya: Balmis, no tornes/no crece ya en Europa/el sagrado laurel con que te adornes/Quédate allá, donde sagrado asilo/tendrán la paz, la independencia hermosa;/quédate allá, donde por fin recibas/el premio augusto de tu acción gloriosa».

En la vida cultural madrileña, era famosa la tertulia cultural que Quintana reunía en su casa y que seguía el modelo del siglo XVIII. Se trataban toda clase de asuntos, especialmente políticos. Así, durante la Guerra de la Independencia, fiel al ideario liberal y firme opositor del bando bonapartista, fundó el Semanario Patriótico, el periódico liberal más influyente del momento. También participó activamente en el entramado político de la época, redactando manifiestos para la Junta Suprema donde puso de relieve su espíritu patriótico liberal, siendo nombrado secretario de la Real Cámara y Estampilla por las Cortes de Cádiz. Tras el regreso a España de Fernando VII y su negativa a jurar la Constitución, Quintana fue arrestado y encarcelado en mayo de 1814, condenado por traicionar a la monarquía. Seis años después, con las revoluciones de 1820 pudo salir de la prisión. Las Cortes posteriores le restituyeron sus cargos y honores.


Una coronación para el olvido

Aunque convertido en un firme defensor del liberalismo más templado, con el final del trienio liberal, Manuel José Quintana Lorenzo fue confinado en Badajoz, donde se dedicó al estudio de las letras, hasta que en 1828 se le permitió volver a Madrid. Fue senador y desempeñó el cargo de director de Estudios, ganándose la consideración de moderados y progresistas, llegando a ser nombrado tutor de la futura Isabel II en el año 1840. De hecho, fue la misma reina la encargada de presidir la ceremonia en la fue laureado como poeta nacional en una sesión del Senado celebrada el 25 de marzo de 1855. Su figura cayó en el olvido, muriendo dos años después.
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