14 de julio de 2019
14.07.2019
Bicentenario Balmis

Antonio Gutiérrez Robredo, el amigo olvidado

13.07.2019 | 19:26
Imagen idealizada de Gutiérrez Robredo y Palacio de la Escuela de Medicina de México.

Capítulo 24 / Discípulo predilecto de Balmis, lo acompañó a lo largo de toda la expedición. Quedó a cargo de la vacunación en Filipinas y volvió a México, donde ejerció como cirujano, nunca retornó a España.

Infancia y formación en Madrid

Antonino Antonio Joaquín nació el 10 de mayo de 1773, hijo de Vicente Gutiérrez, quien desempeñaba labores de bordador en la Corte y Ana Robredo. Con 16 años inició sus estudios en los Reales Estudios de san Isidro de Madrid obteniendo el título de bachiller en Artes en 1793. Pasó al Real Colegio de Cirugía de san Carlos donde fue colegial interno durante cuatro años y obtuvo en la Universidad de Toledo el título de bachiller en Medicina en 1797. Años después presentó examen ante el Real Tribunal del Protomedicato el 21 de enero de 1800, obteniendo el título de licenciado en Medicina y Cirugía.

Expedicionario

Inició su carrera profesional en el ejército como ayudante de Cirugía, destinado en Extremadura, para formar parte de las fuerzas de Godoy que planeaban un ataque contra Portugal. Sin embargo, su desempeño en el ámbito militar duraría poco, pues, de vuelta a la Corte, conocería a Francisco Balmis quien le planteó integrarse en la Expedición de la Vacuna con el cargo de ayudante, llegando a convertirse en su discípulo favorito.

Su vinculación con el director de la Expedición siempre fue notoria, siendo su delegado en las expediciones regionales en territorio de Nueva España. Así por ejemplo, fue el encargado de valorar la calidad del fluido vacuno en la península de Yucatán, desde donde habían llegado noticias de la difusión de la vacuna por parte de facultativos locales. Con posterioridad, en agosto de 1804 las relaciones de Balmis con el virrey Iturrigaray se enconaron por lo que el cirujano alicantino decidió dividir el grupo en dos. Gutiérrez capitaneó uno de ellos, fomentando las vacunaciones sistemáticas en los lugares de Valladolid, Guadalajara y San Luis Potosí. Tenían un doble objetivo: establecer Juntas de Vacuna que se responsabilizasen de mantener el fluido fresco, sensibilizar a la población y colectar a los niños sin el control directo y la oposición del virrey. Tras la labor vacunal desempeñada por las diferentes regiones del virreinato novohispánico, comenzaron los preparativos para emprender el viaje a Filipinas, donde llegaron en abril de 1805, llevando el fluido en los brazos de veintiséis niños mexicanos.

En Filipinas, Balmis cayó enfermo y decidió regresar a la metrópoli desde la colonia portuguesa de Macao. Gutiérrez pasó a dirigir la expedición en territorio filipino siendo el encargado de completar todo el programa vacunal en las islas del archipiélago. Completada su labor y tras casi dos años difundiendo la vacuna en aquellos reinos, en agosto de 1807, retornó al virreinato de Nueva España, devolviendo a sus familias a los niños que les habían acompañado en la expedición.

De nuevo en México

Después de algunos intentos de regresar a la metrópoli, Gutiérrez se dedicó a ejercer la medicina privada de manera exitosa e integrarse en la sociedad mexicana, tras revalidar sus títulos en el Real Tribunal del Protomedicato de México. Balmis no contribuyó al regreso de Gutiérrez como tampoco lo hizo con Salvany. Algo paradójico por cuanto fueron destacados y abnegados vacunadores. Quizá no tenía interés en compartir los méritos o las circunstancias políticas lo impidieron.

Más adelante, en 1812, solicitó, por un lado, una plaza en el Hospital de San Andrés, y por otro, el cargo de segundo cirujano del Hospital Real de Naturales y disector anatómico del Real Colegio de Cirugía del virreinato, consiguiendo dichos cargos a finales de ese mismo año. En esta resolución contribuyó, en gran medida, el apoyo dispensado por Antonio Serrano, director de esa institución, quien consiguió del virrey Francisco Javier Venegas, una dispensa para el examen de oposición acostumbrado.

A pesar del complejo contexto bélico que vivía el país, Gutiérrez desempeñó su trabajo de forma meritoria, tanto es así que, una vez alcanzada la independencia, el nuevo gobierno le ratificó para continuar en sus cargos de la que, en aquel momento, pasaría a llamarse Escuela Nacional de Cirugía de México. Ciertamente y tal y como hemos visto, con la ley de mayo de 1827, que recogía que ningún español por nacimiento pudiera ejercer empleo alguno en cualquier ámbito de la administración pública en tanto que España no reconociera la independencia mexicana, nuestro protagonista no fue amonestado ni destituido. Sin embargo, nunca llegaría a ocupar el cargo de director de la institución, tal y como debería haber acontecido tras la jubilación de su superior, Serrano. Gutiérrez Robredo continuó su labor docente hasta su jubilación en junio del año 1833. Aunque desconocemos la fecha de su muerte, aún en noviembre de 1841 hay documentada una solicitud en la que pide el retraso correspondiente a siete meses de su sueldo como catedrático jubilado. «Se continuará...»

Real Colegio de Cirugía de México

Carlos III, en marzo de 1768, instauró, en el Hospital Real de Naturales de la Ciudad de México, la «cátedra de Anatomía Práctica», que daría lugar al germen del primer centro educativo de tipo ilustrado en Nueva España, surgiendo como un organismo paralelo a la Real y Pontificia Universidad de México. Podemos hablar de la existencia práctica de un Colegio, ya que, en aquel edificio se impartían un conjunto de materias y se reunían un grupo de profesores y colegiales y donde se formaban los cirujanos del reino. Seguiría como modelo el de Cádiz y Barcelona. Siendo su primer director el catedrático Andrés Montaner y Virgili.
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