28 de mayo de 2019
28.05.2019

Ray Loriga: «No he perdido la sensación de ridículo de la adolescencia»

Afirma que Sábado, domingo, su última novela, no es un libro generacional, aunque pertenece a la tradición de historias sobre la pérdida de la inocencia

27.05.2019 | 23:31
Ray Loriga: «No he perdido la sensación de ridículo de la adolescencia»

Después del sábado siempre llega el domingo, advierte. Le ha salido una novela muy católica.
Sí por el tema de la culpa, la desazón esta de llevar algo de runrún eterno. Es verdad que como sociedad judeocristiana, la culpa es algo especialmente pesado. Desde niño te hablan del pecado original, haces la comunión y tienes que confesarte sin saber el qué. Pero hay otra culpa, que es de la que habla el libro, que es la figura ética que te has hecho de ti mismo e intuyes cuando fallas. Cuando te falta coraje, cuando escurres el bulto... Y eso te marca.

El pasado que marca el presente es un clásico de la literatura. ¿Lo es también en la vida?
Evidentemente. Uno intenta ir hacia adelante, barrer debajo de la alfombra. Y a veces hay que perdonarse o investigar cuál es tu delito.

¿La novela se le ocurrió porque hay alguna culpa de juventud que aún le pesa?
Nada parecido a lo que ocurre aquí, pero siempre hay una situación en la que uno piensa que podría haberlo hecho mejor. Y de esa desazón nace el conflicto del libro.

Antes los malos recuerdos se los quedaba uno en la cabeza. Ahora regresan el día menos pensado a través de Facebook o Instagram. ¿Vamos a peor, no?
Si, antes no íbamos a casa pensando si habías bebido demasiado y habías hecho muchas tonterías. Ahora la cagas y lo puede ver todo el mundo. Un lector joven me decía: antes era mejor porque te insultaban en el cole pero a las cinco paraban. Ahora te insultan todo el rato. Es un poco putada.

«En mi cabeza soy mejor de lo que luego soy en realidad», dice el protagonista. Ese es el miedo adolescente por antonomasia.
Esa sensación de ridículo de la adolescencia es horrible. Y cuando más intentas no parecer ridículo, más lo haces. Esa sensación no la he perdido del todo, pero si no llega a la patología creo que eso es saludable.

Su protagonista crece pero no acaba de madurar. ¿Un homenaje a esos cuarentones y cincuentones que no saben hacerse mayores?
Puede ser. Intento no escribir libros generacionales pero todo escritor es hijo de su tiempo. En esa transición de los 80 a los 90 hubo una reacción contra la política de los hermanos mayores y los padres. Mi generación era poco implicada y a quien hablaba de política se le echaba de la banda. Creo que el libro pertenece a esa tradición de historias sobre la pérdida de la inocencia, de alguien que no es tonto pero tiene un desinterés absoluto hacia los éxitos propios.

Josep Pla escribió algo así como que la juventud es la peor época porque es cuando más ilusiones se tienen y menos medios para lograrlas. Su protagonista parece vacunado contra eso.
Sí. Ni siquiera es un perdedor, porque para serlo tendría que haber jugado a algo, y él ha desertado. De joven piensas que con la energía que tienes vas a suplir toda la sabiduría que te falta. Luego te haces viejo y te das cuenta que vas perdiendo la energía sin margen de mejora en absoluto.

¿Cómo se lleva con esa voz de su primera novela que ha recuperado en esta?
Primero me dio como cierto vértigo, pensé que a ver si ahora las mallas de Peter Pan me aprietan o parezco un señor mayor con pantaloncitos cortos. Pero luego al meterme me salió muy natural e incluso me agradó hacer una visita a mí mismo en aquellos tiempos.

Es de la generación de escritores jóvenes en los 90 que desde el primer momento parecía que no habían nacido para otra cosa. ¿Lo han logrado?
No lo sé. Yo tuve suerte. Mi primer libro lo pilló un muy buen editor. Pero mis colegas también empezaron a funcionar bien muy rápido. Ahora lo veo muy osado, queríamos ser escritores y no teníamos plan B. Quizá por eso funcionó.

¿Le costó quitarse esa imagen del «novelista rockero» con la que irrumpió?
Al principio fue divertido, pero luego ya se me hizo pesado. Por eso estuve viviendo fuera y salí mucho de la escena. Me hubiese molestado que al final ese personaje se hubiese convertido en un tipo que siempre está a mi lado y que enturbia mi relación con el lector, pero por suerte mis libros se han ido apreciando como libros, que es lo que son.

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