17 de abril de 2019
17.04.2019

Dagnino, la promesa desconocida de la pintura alicantina del XIX

16.04.2019 | 22:14
Dagnino, la promesa desconocida de la pintura alicantina del XIX

Los vemos en el número 10 de Eduardo Dagnino» podría ser, a juzgar por la carrera de J oaquín Agrasot y Lorenzo Casanova, una frase normal y corriente hoy en día. Pero nadie recuerda a ese pintor coetáneo y compañero de los grandes artistas plásticos alicantinos del XIX. Dagnino perteneció a una generación de pintores impulsada por la bonanza económica y el compromiso con el arte que alcanzó Alicante a finales de 1800, pero una enfermedad repentina y letal truncó la carrera de este joven pintor que enamoró a la prensa y convenció a las instituciones para que financiaran su formación. Quedan sus obras y un relato biográfico que, con motivo del Día Internacional del Arte, quiere reencontrar a la ciudad con quien fue uno de sus artistas más prometedores.

A partir de 1850, la ciudad vivía un periodo de bonanza y desarrollo que sentó en parte las bases del modelo de ciudad que hoy tenemos. El aumento demográfico y el desarrollo urbano indicaban progreso. Se derriban las murallas, se alinean las calles y se cimenta el atractivo turístico sobre el clima y los baños de mar. Los paseos románticos concentran el ocio, especialmente el Paseo de los Mártires donde se aglutinaban cafés, restaurantes y hoteles. Florecía el refinamiento y una nueva economía sobre tres elementos fundamentales: la concesión de capitalidad a la ciudad, la instalación de la vía férrea Zaragoza-Madrid-Alicante y el puerto, que seguirá dotando a esta población de un importante carácter comercial.

La favorable situación económica despertó en la burguesía acomodada el deseo de gozar y rentabilizar la cultura. Proyectaría sobre la ciudad la imagen de progreso y de una sociedad avanzada.

Se extendió el teatro. Muchas compañías profesionales y de aficionados surgieron escenificando obras y zarzuelas. La música también despertó un gran interés popular en los cafés más emblemáticos, como El Español, El Comercio, El Suizo, y en los restaurantes de hoteles y balnearios.

Y la pintura. El grueso de los cuadros existentes en el Museo Provincial de Alicante pertenece a artistas de esta época. Pero vivir del pincel era difícil, por lo que el mecenazgo y las becas eran imprescindibles.

La Diputación tuvo un papel importante en la ruptura de estas barreras. Ya desde 1863 destinaba una pequeña asignación para becar a pintores nacidos en la provincia -muy importante fue el núcleo de Alcoy-, concediéndoles una cantidad mensual durante cuatro años que les permitió en un primer momento desplazarse a Madrid y estudiar en su academia, creándose poco después la beca para estudiar también en Roma.

Los nominados fueron elegidos por concurso hasta 1883, después se estableció el sistema de concurso-oposición. Es en esta lista de afortunados donde nos encontramos a Francisco Bushell Laussat, Joaquín Agrasot Juan, Antonio Amoros Botella, Lorenzo Casanova Ruiz, Rafael Farach Poveda (hermano de fotógrafo alicantino), Vicente Poveda Juan, Eduardo Dagnino Garrigós, Pedro Serrano Bossio (nieto del fondista Bossio), Mariano Antón Serra, Vicente Navarro Tormo, Fernando Cabrera Cantó, Rafael Hernández López, Lorenzo Pericas Ferrer, Vicente Bañuls Aracil o José López.

¿Hostelería? ¡Pinceles!

De todos ellos guarda la Diputación muestras de sus obras. Bueno, de todos no. La muerte de Dagnino, acontecida a los 22 años, puso fin a una exitosa carrera. Quedó en el más absoluto anonimato. Un anonimato que conviene romper.

Eduardo Dagnino Garrigós nació en Alicante en 1859. De familia hostelera, era nieto de Juan Dagnino Estorache, venido de Génova a principios de siglo XIX y propietario de la Fonda del Vapor en la plaza del Mar. Su padre, Juan Dagnino Leonor, continuó el negocio hasta asentarlo en el Palacio de Soto Ameno, más conocido por su última denominación hotelera como Hotel Palas. Su madre, Carolina Garrigós López, era hermana de un conocido maestro de obras alicantino.

Eduardo optó por el arte. A los 14 años ya destacaba por sus dibujos a lápiz. En una exposición de bellas artes celebrada en Alicante en 1879 organizada por la Sociedad El Fomento, la prensa elogia los trabajos presentados por Bushell, Agrasot, Rojas, Farach, Dagnino y Guillén, afirmando de nuestro protagonista que «su trabajo a lápiz es de indisputable mérito». Obtuvo una mención honorífica en la muestra.

Debió de ser a principio de la década de los ochenta cuando se marchó a París junto con su hermano Federico, atraído por el ambiente artístico de vanguardia que las nuevas corrientes habían generado. La pintura clásica, estilo principal de principios de siglo, había sido relegada por el romanticismo y el impresionismo empezaba a nacer.

Permaneció en la capital francesa un tiempo, pero en 1882 Eduardo Dagnino regresa a España. Está matriculado en la Academia de San Fernando en Madrid.

La prensa nos da a conocer algunas obras suyas de ese año. En marzo de 1882 se expone en la papelería del señor Carratalá Gadea una copia realizada de la Campana de Huesca, de Antonio María Esquivel, «una copia perfecta que revela las excelentes disposiciones para la pintura del joven Dagnino (?) que ha de llamar la atención de las personas que diariamente acuden haciendo gestos y elogios del trabajo», según recoge una reseña de prensa. Un mes más tarde la Diputación acuerda conceder dos becas para subvencionar los estudios en Madrid. Una de ellas fue para P edro Serrano Bossio y la otra para Eduardo Dagnino.

Sabemos también por los periódicos que en junio de ese año viene a Alicante con algunos trabajos traídos consigo desde Madrid. «En ellos vemos justificada la fama que va alcanzando este joven paisano, a quien no hace mucho le auguramos un brillante porvenir», indica.

En agosto y septiembre tenemos noticias de nuevas obras, la primera el cuadro al óleo de dos lindas jóvenes de paseo y la segunda el retrato de la niña fallecida Guillermina Carratalá. Sobre esta se hace el siguiente comentario: «El retrato en cuestión y haciéndonos eco de personas competentes en el arte pictórico, está ejecutado con mucha limpieza y maestría pues, a un parecido perfecto, añade la brillantez del colorido, el vigor, la expresión y la naturalidad del lineado. Dicha obra honra y enaltece a su autor y por eso le felicitamos sinceramente, deseando que persevere en tan difícil estudio puesto que entrevemos que en su día habrá de proporcionarle gloria y no poca utilidad».

El joven Dagnino no tendría tiempo de protagonizar ninguna reseña más. En octubre fallece su hermano Federico y un mes más tarde morirá él , truncándose su esperanzador futuro.

Oficialmente no se conserva ninguna obra de él, ni siquiera en los archivos de la Academia de San Fernando. Sus familiares sí guardan algunos de sus trabajos, concretamente un álbum con muchos dibujos a lápiz y acuarelas, donde se pueden ver personajes de época, desnudos y paisajes. También custodian los dos cuadros que realizó a su madre, así como el cuadro de las dos señoritas que comenta la prensa, que son en realidad dos de sus hermanas.

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