03 de febrero de 2019
03.02.2019
Música, crítica

¡Un! ¡Dos! ¡Tres!

02.02.2019 | 23:59
Josep Vicent
ADDA-Sinfònica

Josep Vicent, director. Obras de Rossini, Rachmaninov y Brahms.

Recuerdo hace unos años la final del Concurso de piano de Santander. A través de un grupo de mensajería varios amigos, todos ellos profesores de conservatorio, discutíamos, como quien discute un partido de futbol, quién sería el justo ganador y quién el segundo entre un pianista coreano que arrastraba pasiones y el pianista sevillano Juan Pérez Floristán, mi elegido. Yo, que había seguido el desarrollo del concurso en directo a través de la web, había visto algo especial en ese desconocido pianista en la fase de piano solo. El concursante inmediatamente anterior a Juan Pérez–o dos antes, no recuerdo con exactitud-  había interpretado una imponente Hammerklavier de Beethoven, una obra de una dificultad extrema por volumen y por exigencias técnicas y de concentración. En cambio, el español apareció con la Op. 14 nº 2 del mismo autor, una de las sonatas de Beethoven consideradas sencillas. La apuesta parecía demasiado arriesgada para tratarse de un concurso de esa entidad, pero lo que ofreció el señor Floristán a continuación fue tan intensamente bello, refinado y lleno de detalles y cuidado que terminó por ser avasallador hasta el punto que terminó ganando el concurso. 

E igualmente avasalladora fue la versión del Concierto para piano nº 2 op. 18 de Sergei Rachmaninov que realizó el pasado viernes en la Sala Sinfónica del ADDA junto a la orquesta del mismo –ADDA-Sinfónica-. La interpretación de Floristan fue una vez emocionante, rica en detalles, con un uso del pedal bellísimo y un fraseo glorioso. La traducción estuvo magníficamente secundada por la citada orquesta con, entre otras, una sección de violas soberbia. La primera parte estuvo completada por la Obertura de Guillermo Tell de Rossini –cuya última sección sirvió de bis, con el acompañamiento del público, al final de la velada-. La segunda parte del cálido concierto –cálido no por la primaveral obra que se interpretó, sino porque la temperatura en la sala, y ya llevamos unos cuantos así, era alta hasta el bochorno- estuvo compuesta en su totalidad por la Segunda Sinfonía Op. 73. Claro está que las sinfonías brahmsianas necesitan muchas horas de carretera para que esté todo en su sitio como claro está que gente como Kleiber –Carlos- hizo un flaco favor a los intérpretes que vendrían después, por eso la versión de la orquesta poseía más emoción, si cabe, que la del hecho de la obra en sí: era una interpretación que, en muchos aspectos, se construía en el momento. 
Ya he señalado en múltiples ocasiones la calidad de los componentes de la agrupación y con esta interpretación demostraron que el entusiasmo puede suplir la falta de camino andado. Un concierto excelente, en definitiva, con un programa que, no por manido, se deja de agradecer. 
Compartir en Twitter
Compartir en Facebook