16 de diciembre de 2018
16.12.2018

Van Gogh, Varela y el valor de la leyenda

16.12.2018 | 00:35

Entre el holandés Vincent Van Gogh, con una gran obra y potente leyenda, y el alicantino Emilio Varela, que a su extraordinaria obra pictórica no se vincula una historia personal tan dramática, hay muchas analogías biográficas

La exposición multimedia Van Gogh Alive que hoy se clausura en la Sala de Exposiciones Lonja del Pescado de Alicante ha sido concurridísima. La extraordinaria obra del pintor y su leyenda lo motivan. Sobre grandes pantallas que envuelven todas las paredes de las salas se realizan proyecciones animadas con las pinturas, sinopsis biográficas, y espacios habitados por el artista. La exposición supone para los visitantes una inmersión en su deslumbrante color y pasión desgarrada, en su poder creador, en los lugares en los que halló la belleza y los paraísos de su corta y atormentada vida que finalizó con el suicidio.

Vincent Van Gogh es universalmente reconocido, pero sufrió la soledad, el olvido y la miseria. Su hermano Theo, de quien recibió continuas ayudas para subsistir, era marchante de pintores impresionistas y solo logró vender un cuadro de Vincent. La pobreza del pintor alcanzó tal punto que para atender sus más elementales necesidades llegó a vender por cincuenta céntimos paquetes de diez cuadros a un ropavejero, que éste a su vez revendía a un franco francés como telas para repintar.

Theo, custodio de casi toda la obra pictórica de Vincent, poco antes de morir en 1.890, queriendo montar una exposición escribía: «La cantidad de cuadros es imponente. No logro organizar un conjunto que pueda dar una idea de su obra». La exposición que Theo proponía fue rechazada por la galería de Durand-Ruel. En la liquidación testamentaria el conjunto de la gran producción pictórica de los cuadros de Van Gogh que permanecieron reunidos -unos ochocientos- fue valorado en la modesta cantidad de dos mil florines, habiendo quienes aconsejaron a la viuda que los destruyese dado el escaso valor que se les atribuía y el espacio que ocupaban. Cuatro años más tarde, en 1894, en la parisina Sala Drouot se vendieron algunas de sus obras al irrisorio precio de treinta francos.

Triste destino personal

Las seiscientas cincuenta cartas que Vincent envió a su hermano, con un magnífico estilo literario y profusión de dibujos, revelan el drama de su existencia y sus inquietudes artísticas. La publicación de este epistolario en Amsterdam en 1914 y las posteriores traducciones al inglés y francés mostraron al mundo una nueva visión del artista contribuyendo notablemente a que se forjase la leyenda de su dramática existencia, lo que unido a la fortuna póstuma de mantener reunidas casi todas sus obras permitió organizar muchas e importantes exposiciones en distintos países. Entre 1945 y 1949 una gran muestra itinerante de 172 cuadros, fue expuesta con asistencia de centenares de miles de visitantes en Amsterdam, Estocolmo, Lieja, Amberes, Bruselas, Londres, Glasgow La Haya, Nueva York, Chicago? De la celebrada en 1947 en el museo de l´Orangerie de París comentó la crítica: «?durante los últimos días los visitantes se aplastaban en cuatro filas frente a las telas, mientras que una cola se prologaba a la entrada, tan densa como las que se observan a las puertas de los grandes cinematógrafos. Y en todos los sitios elegantes, en los tés lujosos o simplemente burgueses, las más encantadoras mujeres mundanas proferían exclamaciones de pasión por este pintor que cada cual se vanagloriaba de haber descubierto». Pocos años más tarde el Jardín público en Arles fue vendido en Londres en subasta por 132.000 libras esterlinas. Van Gogh que tuvo la lucidez de vislumbrar su triste destino personal y el más afortunado de su obra sacrificó su vida para legar obras maestras. Así lo expresó: «No debemos hacernos ilusiones, sino prepararnos a no ser comprendidos, a ser despreciados, y a ser deshonrados, y, a pesar de todo, debemos conservar nuestro ánimo y nuestro entusiasmo».


Penurias

Según Eugenio d´Ors, «la inmortalidad siempre ha sido precedida por el sacrificio». Bien lo supo Emilio Varela en quien tenemos otro claro ejemplo de que la pintura de los grandes creadores es siempre anticipativa a su tiempo. Por ser tan nuestro, tan cercano, por sernos conocidas su vida y su obra, advertimos que Varela es un caso análogo de artista al que acontecieron –y en torno a él continúan aconteciendo- procesos parecidos de penuria y olvido, y a quien por su grandeza artística, en plazo impredecible, ha de llegarle el reconocimiento universal.

La vida de Emilio Varela no alcanzó el grado de dramatismo ni de posterior leyenda que la de Vincent Van Gogh, pero si hay entre ellos muchas analogías. Expondré algunas identificaciones y paralelismos biográficos. La pobreza presidió las vidas del pintor holandés y la de Varela. Vincent escribió a su hermano: «No puedo hacer nada ante el hecho de que mis cuadros no se vendan. Llegará un día, sin embargo, en que se verá que esto vale más que el precio que nos cuesta el color y mi vida, en verdad muy pobre», a la par que las penurias del alicantino quedaron patentes en numerosas ocasiones, una de ellas cuando escribió a Germán Bernácer para que vendiese las obras que aquel tenía expuestas en su casa en Madrid: «Los cuadros que hay ahí excepto el más grande de todos, un almendro solo, si le es fácil véndalos como sea, al precio que sea, por el valor de los marcos que no he pagado aún y no se como salir de este apuro». Otro ilustre alicantino, el arquitecto Juan Vidal, amigo del pintor, reafirmaba en un artículo sus limitadas aspiraciones económicas: «Varela era un hombre humilde. No apetecía riquezas. No tenía más problema que atender la modesta vida que hacía».

Los dos pintores limitaron su afectividad permaneciendo solteros; ambos hallaron en los espacios abiertos sus paraísos pictóricos, y uno y otro gustaron de realizar en sus cartas descripciones emocionadas de los colores que percibían en el paisaje: Van Gogh a Theo en 1.888: «Hemos visto una viña roja, toda roja como el vino rojo. En la lejanía se volvía amarilla y después un cielo verde con un sol, terrenos, después de la lluvia, violetas y centelleantes de amarillo por aquí y por allá, donde se reflejaba el sol poniente». Varela también refleja su emoción ante la belleza del paisaje cuando desde el Castillo de Guadalest escribe en 1943 a los hijos de Germán Bernácer: «?las peñas a todo color, como en gran orquesta rojos, amarillos, grises azulados y un sin fin de colores bellos, el portal y la rampa y alguna figurita que otra evocando el belenet de Nochebuena. Hacía ya ocho años que no venía por aquí y me ocurre igual que ante Ifach, de Calpe, que lo encuentro todo más henchido, más lleno de belleza y esto me alegra mucho».

Con mentes sumidas en una profunda introspección, ambos se mantuvieron firmes en su propósito artístico pese a todas las adversidades y estados depresivos. Sufrieron soledad y tormentosas inquietudes que les llevaron a someterse a tratamientos psiquiátricos; Van Gogh en la clínica Saint-Paul-de-Mausole, y Varela por el prestigioso doctor Alberca, director del manicomio de Murcia.

Otra de las muestras de afinidad de caracteres fueron sus cambiantes estados anímicos que expresaron, en singular biografía pictórica, en los numerosos autorretratos que obsesivamente se hicieron: cuarenta y tres Van Gogh y más de cien Varela. Los dos artistas sufrieron enfermedades mentales y atentaron contra su vida. Van Gogh acabó con su vida disparándose un tiro, y Varela, creyéndose fracasado, intentó suicidarse arrojándose al puerto sin saber nadar.

Sus anhelos y zozobras como seres humanos y creadores plásticos fueron simétricos. El abstracto concepto de lo que llamamos felicidad no fueron para Van Gogh y Varela la riqueza, el poder, la salud o el placer mundano. Para ambos creadores la principal razón de su existencia fue la pintura.

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