07 de agosto de 2018
07.08.2018
CUENTO VIEJO - Capítulo III

El aplazamiento

07.08.2018 | 00:14

El furor de la reyerta entre los nulistas (que llegaron a blandir sus dagas) y los titiriteros, sumió a Jacobo en la perplejidad. Buscó el sosiego, para reflexionar, entre la tenue luz de la luna reflejada en el espejo de la playa. Pero en la lejanía vislumbra el cuerpo de una mujer desnuda que se adentra, como ida, en las aguas oscuras; ¡tan joven!, corre a evitar el drama?

¡De buena mañana, tras el canto del gallo, el rey Tyron VI había convocado al Consejo (todos llegaron puntuales, salvo el Príncipe, enredado en el catre por los recuerdos de la playa). Quería que Lisandro, el Alguacil Mayor, rindiera también ante sus consejeros el memorial sobre el ataque a los feriantes. Al término de la exposición le siguió un silencio plomizo. Lo rompe el monarca.

En la sala del trono resuena firme la voz del Rey:

–¿Confesaron su injuria?

–Uno por uno, majestad.

–¿Y qué alegaron en su descargo?

–Dijeron, bueno solo hablaba uno, los otros se pusieron a rezar, y el que habló dijo que estaban hartos de las constantes humillaciones que sufren por parte de nuestros lugareños?

–¿»Humillaciones»? –interrumpe asombrado el Rey.

–? sí, majestad. Dicen que su Diosa no es ningún muñeco de feria y que apalearla, por motivo de risa, es humillar su religión y que en esta tierra no se respetan sus creencias y que los feriantes son unos infieles y que todos nosotros?

–¡Basta! –grita el Rey– Para empezar, quiero que los prendáis a todos, hoy mismo.

–Así se hará, majestad –dice Lisandro haciendo la oportuna reverencia.

–¿Cuántos participaron en la infamia?

–Once, majestad.

–¡Prendedlos a todos!

Tyron VI aguarda a conocer la opinión de los consejeros antes de pronunciar la sentencia, los mira uno a uno, se atusa nervioso (¿dónde estará mi hijo?) su canosa barba terminada en punta. Vuelve el silencio. El Rey se cansa de esperar, y pregunta:

–¿Qué castigo merecen los reos?

–Diez días de encierro en las mazmorras y un pago a los titiriteros de ocho monedas de bronce, una por cada guiñol destrozado –contesta el barón de Hugolino, Consejero de Justicia; un anciano calvo que, desde el final de la crónica del alguacil, ha estado consultando sin parar un grueso Códice–. Ésa es la ley, majestad.

El Consejero de la Guerra, conde de Kruger, alza la mano. El Rey le concede la palabra asintiendo con la cabeza.

–Majestad, lo mejor, lo más útil, es expulsarlos inmediatamente del reino. El castigo físico con las gentes que profesan esta religión resulta inútil por completo. No lo temen. Todos sabemos que a los nulistas ni el dolor, ni casi la vida, les importa. Solo creen en el más allá.

Otro consejero, el de Abastos y Salubridad, hombre con boca de lobo, tras solicitar la venia, propone condenar a los once reos a trabajos forzados, limpiar las calles, por ejemplo. Entre nuestros compatriotas –explica– cada vez cuesta más encontrar a mozos dispuestos a cumplir con estas labores.

El barón de Hugolino, airado niega con la cabeza, y alza la mano.

–¿Propone vuestra merced hacerlos esclavos?

–Claro que no. ¿Por quién me toma? –El hombre de boca lobuna replica sin pedir la venia y lanza una mirada feroz–. Solo aconsejo que el castigo consista en realizar trabajos, por el tiempo que se decida, en favor de la comunidad y esa es la mejor forma de?

–Ya –interrumpe el Consejero de Justicia–, pero resulta que ese castigo no está previsto en nuestra ley.

–¡Orden! –dice el rey Tyron VI.

Suena la trompeta, solo un toque, se abren al compás las hojas de la gran puerta de la sala del trono, y entra el príncipe Jacobo, radiante como recién salido de la cama. El Rey evita mirarlo directamente. El Consejero de la Guerra solicita otra vez la palabra, insiste:

–Majestad, ni la mazmorra ni los trabajos forzados servirán a la expiación de la culpa ni a que en el futuro acaten la ley. Nunca nos respetarán porque solo creen en su fe, la única solución es desterrarlos. Solo así volverá la tranquilidad al reino.

El Rey se mueve inquieto, gira la cabeza mirando a su anciano y calvo Consejero de Justicia con expresión de quien busca amparo, una respuesta que le ayude a zanjar la cuestión. Pero es el Príncipe el que solicita la venia. Se la otorga con gesto frío.

–Majestad. Solo oigo hablar de destierros y de trabajos forzados, y creo que?

–Eso será –truena la voz del Rey– porque vuestra alteza, el Príncipe, ha llegado tarde.

–Ruego perdón por mi retraso a vuestra majestad y también a los muy nobles consejeros. Y únicamente sugiero tratar el asunto con mesura. Un castigo excesivo a los seguidores de la diosa Nula puede acarrear graves motines y violencia.

–Olvida vuestra alteza que fueron los nulistas los que usaron ayer la violencia contra unos pobres?

–Lo sé, majestad, pero –Jacobo se propone dar una explicación prolija sobre lo que significa para ellos una blasfemia.

–No. No lo sabes –el Rey le apea el tratamiento–. No puedes saber lo que ocurrió ayer en la plaza porque no has escuchado la crónica del Alguacil.

Jacobo prepara mentalmente su respuesta: pretende dar cuenta a los presentes de las averiguaciones que pudo hacer la noche anterior y que se comparen con la versión del Alguacil; pero parece que no ha lugar. Dos consejeros mantienen su brazo en alto. El Rey siente que la ira ha alentado las palabras dirigidas a su hijo y sabe que los miembros del Consejo están divididos. Ira y división: malos asesores, le podrían nublar el juicio. De ninguna manera, se dice, antes de interpelar al Consejero de Justicia:

–¿La pena de trabajos forzosos está prevista en nuestras leyes para este caso?

–No, majestad.

-¿Y la de destierro?

–Tampoco. La que corresponde según las leyes de nuestro reino –el barón de Hugolino posa la mano sobre el Códice– es el encierro en la mazmorra y la pena pecuniaria a pagar en monedas de bronce.

El Rey se puso en pie. También los muy nobles miembros del Consejo Real, incluido el Príncipe.

–¡Sea, pues! Ésa es la pena que habrá de aplicarse. La prevista, para todos por igual, en la ley; la misma pena que le impondríamos a los titiriteros si ellos hubieran atacado a unos pacíficos fruteros. ¡Es lo justo!

Los consejeros inclinaron la cabeza en señal de obediencia y acatamiento. Jacobo permaneció erguido, convencido de que su padre estaba cometiendo un grave error. Suplicó un último turno de palabra. Los consejeros lo miraron con sorpresa, escandalizado el de Justicia, el fiel barón de Hugolino. Como había imaginado, el Rey se lo negó: la sentencia está dictada, proclamó solemne. El Príncipe recordó que las sentencias graves podían ser apeladas ante la Asamblea. Y ésta lo es, adujo en un tono muy duro, y con el mismo continuó. No estamos juzgando a unos vulgares malhechores. Se trata unos hombres con otra fe, con otras creencias. Enviar a las mazmorras a esos once acusados que, por ventura, piensan igual que todos sus hermanos, significa castigar a todos los nulistas; así lo sentirán ellos, habrá revueltas, y eso comprometerá gravemente la paz del reino. Por esta razón, majestad –prosiguió Jacobo–, si vos os negáis a escucharme, apelaré ante la Asamblea.

–¡No os atreveréis!

–Sí. Sí lo haré –El Príncipe sintió un temblor agudo en las rodillas.

Los consejeros desviaron la mirada hacia las vigas de madera del alto techo de la sala del trono.

Sentose de nuevo el monarca, rendido ante tal obstinación.

El príncipe Jacobo hubiera querido agradecer el gesto de su padre, pero estaban en público; cambió –eso sí– el tono de su voz para suplicar un simple aplazamiento de la sentencia. Solo pedía un día de demora, una tregua de un solo día para poder parlamentar con Leila, la Sacerdotisa de la diosa Nula, y para hablar con los titiriteros. Intentar?, no sé que éstos, por ejemplo, perdonen a sus agresores a cambio de recibir una compensación en monedas no de bronce, sino de plata. Así –dijo, mirando a su padre– se cumpliría, en parte, la ley y podríamos apaciguar a ambos bandos y evitar el odio y los enfrentamientos. Solo pido una oportunidad para conseguirlo.

El tiempo detenido en el espíritu del Rey. La punta de la barba canosa martirizada por su mano izquierda. Tyron VI se nota fatigado y confuso, incapaz de discernir entre el peso de los argumentos acabados de escuchar (son buenas razones, se dice) y el amor que profesa a su hijo (un joven cabal, sí cabal y con un corazón noble), ya tiene tomada la decisión, pero la voz de su experiencia le aconseja dar una falsa apariencia de equidad:

–¿Alguno de los muy nobles miembros del Consejo se opone a la propuesta de su alteza real el príncipe de Rocidente?

El silencio de los consejeros le reconforta. Y, puesto en pie, el Rey anuncia que la sentencia se aplaza por un día.

Jacobo se adelantó a todos los presentes para rendir la primera reverencia y así poder abandonar la sala del trono. Una conversación con su padre le habría llevado demasiado tiempo, y no le sobraba. Subió, de dos en dos y hasta de tres en tres, los peldaños de la torre para hablar con su escudero al que ordenó la búsqueda inmediata de los feriantes.

[CONTINUARÁ]

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