30 de marzo de 2018
30.03.2018

Cuando el abuelo cazaba rojos

Loreto Urraca, trabajadora de la EUIPO, saca a la luz la figura de Pedro Urraca, policía que delató a exiliados republicanos en Francia y colaboró con la Gestapo, en el libro Entre hienas

30.03.2018 | 00:31

Descubrir que tu abuelo fue un personaje clave en la persecución de republicanos exiliados en Francia, colaborador de la Gestapo y, tal vez, responsable de la caída de la cúpula de la Resistencia francesa, no es un plato fácil de digerir. A esa realidad se enfrentó Loreto Urraca, trabajadora en la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea en Alicante (EUIPO), cuando conoció la historia de su abuelo. Pero tragó saliva, respiró profundo y se puso de cara a la Historia para afrontar con todas sus consecuencias ese pasado. El suyo y el de todos, porque al mismo tiempo indagó en la colaboración del franquismo con los nazis y el régimen de Vichy, que fue más profunda de lo que conocemos.

Lo hizo a través de folios en blanco sobre los que escribió Entre hienas, novela, no histórica sino más bien docuficción, en la que cuenta la vida de Pedro Urraca y el contexto histórico en el que vivió, al que conoció poco en vida, pero al que ha descubierto después de muchos meses de investigar, leer informes y buscar documentos.

Un azote en la cara, que le produjo «rabia y vergüenza», pero también una terapia que, asegura, necesitaba. «Cuando descubres que tienes un héroe en la familia o alguien que ha hecho algo bueno te enorgulleces, pero cuando descubres todo lo contrario es difícil de asumir», destaca esta licenciada en Filología Hispánica.

Se «tropezó» con su abuelo en 2008 en un artículo de prensa sobre una tesis doctoral que hablaba de «el cazador de rojos», un policía que trabajaba en Francia para el régimen franquista. Su nombre era Pedro Urraca, un apellido poco habitual, así que lo identificó de inmediato. Lo conoció cuando tenía 18 años, a la vez que a su padre y a su abuela, «todo en el mismo paquete», dice. Sabía que había vivido en Francia y en Bélgica y entonces regresaba a España. Luego descubrió que este policía franquista fue condenado a muerte por rebeldía en Francia en 1948 y que huyó a Bélgica, donde siguió trabajando para el Estado hasta 1982.

«Fue mi padre el que me llamó y me dijo que fuera a Madrid... me costó mucho, pese a que lo único que sabía es que había sido diplomático. Los encuentros fueron escasos porque enseguida conseguí un trabajo fuera de España y me fui; estaba ciego y enseguida enfermó hasta que murió en 1989».

Pese a lo contado de los contactos, Pedro Urraca propuso a su nieta escribir sus memorias, pero ella se negó porque «vislumbraba algo turbio». «No me sentía a gusto y percibía algo que no me gustaba... años después he recuperado esas memorias, pero no la versión que él me hubiera contado, hubieran sido truncadas y yo lo que he tratado es de demostrar cómo era, según sus propios escritos o sus cartas porque eso dice mucho de una persona».

Comenzó a investigar «y descubrí una parte de la historia de España que no era la que me habían contado cuando yo iba al instituto, donde nos decían que Franco había conseguido que no entráramos en la II Guerra Mundial, pero hay una participación soterrada muy importante... lo terrible es que no dejaron a la gente en paz ni en el exilio», afirma. Antes del libro, en 2013, abrió una página web (www.pedrourraca.info Pedro Urraca: los ojos de Franco en Francia) para recopilar y compartir datos sobre las personas que este policía mencionaba en los informes que enviaba a España, «porque quería darle utilidad a esos datos y que la gente pudiera identificar a sus familiares». Eso sí, entonces Loreto Urraca no ponía su nombre, no se atrevía, aparecía como la nieta de Pedro Urraca «porque no me sentía preparada para decirlo».

Después se convirtió en necesidad, «no podía ocultarlo y tomé la decisión de que había que asumirlo con todas sus consecuencias». Ahí comenzó la aventura de este libro. «Fue como una necesidad por conocer su figura, incluso para saber si llevo algo suyo. Y veo que hay gente que está en la misma situación y necesita saber de sus orígenes, aunque no le gusten, porque es una manera de curarnos un poco».

Lo planteó como una novela, en la que la ficción es mínima y la historia rigurosa. «Me he ceñido a la realidad contrastada por documentos, la historia no es un mero trasfondo». Tanto es así que realiza algunas aportaciones novedosas y abre caminos de investigación para que otros tiren de ese hilo. Se revelan detalles de la entrega de Lluís Companys al régimen de Franco y de otros republicanos, y también se resitúa la implicación de España en la II Guerra Mundial. «Mi aportación puede ser el abrirnos los ojos a los españoles con respecto al papel que tuvo España en esa contienda y espero haberlo explicado de una forma amena para que sea grato leerlo».

Y pone un ejemplo. «En un momento en las negociaciones entre el régimenz nazi y el franquismo, Hitler se presta a ir a por Gibraltar, pero a cambio Franco le tenía que dar una de las Islas Canarias». También, destaca, «me gustaría despertar el interés de los franceses por saber quién dio el chivatazo de la reunión de la Resistencia en la que participó Jean Moulin y otros más, que llevó a una operación que supuso que se descabezará este movimiento». Algo que ella atribuye casi con seguridad a Pedro Urraca.

Afirma que ahora se siente «mucho más tranquila», aunque reconoce que «la investigación ha sido muy complicada y el mero hecho de escribir la novela muy difícil porque no lo había hecho nunca». Espera que esa lección de sinceridad consigo misma sirva para que la memoria histórica no se pierda. «Yo creo que la historia la hacemos entre todos, pero de manera individual; lo que a mí me surge como una necesidad de manera espontánea espero que se vaya contagiando porque es necesario que hagamos las paces con nosotros mismos», puntualiza. «Tal vez sea la generación de los nietos la que está mejor preparada y antes de que sea excesivamente tarde, lo mejor que le podemos regalar a nuestros hijos es una página nueva, en blanco, para que escriban una España sin mirar tanto al pasado. Somos nosotros los que debemos cerrar esa etapa».

Si piensa en algún buen recuerdo de su abuelo, no aparece. «No eran unas personas cálidas, mis abuelos parecían inquebrantables». ¿Odio? «Ni eso. Dicen que solo puedes odiar a quien has querido».

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