02 de junio de 2017
02.06.2017

El Congreso reconoce a Azorín, uno de los suyos

01.06.2017 | 23:53
Una imagen de Azorín en su juventud.

Seguramente el joven José Martínez Ruiz, futuro Azorín, no imaginaba en 1902, cuando contaba 29 años y veía desde lo alto de la tribuna de periodistas del Congreso de los Diputados al presidente Sagasta tomarse a hurtadillas sellos de cafeína en el banco azul, que la Cámara iba a tener un significado notable en su biografía.

Puede decirse que comenzaba con ello un largo idilio del escritor con la institución legislativa: primero como cronista parlamentario y después como diputado en cinco ocasiones en las Cortes de la Restauración. De ahí que el reconocimiento de la declaración de 2017 como Año Azorín por parte de la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados, conmemorando el cincuenta aniversario de su muerte en su casa de la calle Zorrilla, justo en la parte trasera del edificio del propio Congreso, sea una distinción de gran significado por esa doble vinculación.

Como periodista, cubrió en sus inicios la información parlamentaria de manera anónima para el diario El Globo en los últimos meses de 1902, volviendo a la misma tribuna de periodistas en febrero de 1904, tras incorporarse al diario España, donde estrenó precisamente su pseudónimo Azorín en el arranque de su serie Impresiones parlamentarias.

La novedad periodística con la que trabajaba no pasó desapercibida. Se convirtió en un auténtico renovador del género. Prescindió de las citas de frases de los discursos de los oradores porque los periódicos tenían la costumbre de publicar extractos y sus crónicas, complementarias, destacaron por su visualidad. La lectura de los textos azorinianos introducía a los lectores en el hemiciclo, o en los pasillos, regalándoles su punto de vista interior para hacerles sentir dentro de las dependencias.

Con las crónicas de Azorín se ve más que se oye. En su estilo humorístico combinaba la ironía, la sátira y la caricatura, descarnando críticamente al régimen, poniendo en evidencia los comportamientos triviales de los diputados. «El describir la vida parlamentaria como se describe un espectáculo es cosa moderna», decía. Y no sólo fue cronista parlamentario de El Globo y España: trasladó sus series a Abc, Diario de Barcelona, La Vanguardia, El Pueblo Vasco, al diario argentino La Prensa, y hasta barajó escribir una comedia teatral titulada Vida parlamentaria.

Enemigo de la palabrería, recogía en sus crónicas lo que el Diario de Sesiones no registraba: el ambiente provocado con la actitud de unos hombres que monopolizaban el poder mientras España –así lo apuntaba– se hundía con campos yernos, multitudes hambrientas, sin escuelas. «Y mientras en España pasa todo esto ¿aquí estamos yendo y viniendo por los pasillos, placenteramente, haciendo discursos, admirándonos de la grandilocuencia de un señor, quedándonos pasmados ante la habilidad de tal otro?».

Sin embargo, de todo ello salvaba al conservador Antonio Maura, cuya oratoria y formación intelectual sí le sedujo. Comenzó a sentir admiración por él, antes de conocerse personalmente. De hecho, cuando coincidieron en el balneario de Ontaneda en el verano de 1904, donde Azorín se hospedaba porque estaba redactando una serie de artículos sobre los balnearios del norte, los guardaespaldas del político no le reconocieron y sospecharon que era un terrorista anarquista. Tras interrogarle, se esclareció el equívoco y Maura le envió disculpas a través de su secretario. Un suceso curioso porque Maura sería después quien facilitaría la candidatura de Azorín como diputado cunero en el distrito de Purchena (Almería) en 1907, sentándose por primera vez en las bancadas de escaños de sus señorías.

Tras finalizar su periodo legislativo en 1910, Azorín regresó como diputado en 1914, gracias a unas elecciones parciales del distrito de Puenteáreas (Pontevedra). En las siguientes elecciones de 1916, 1918 y 1919 obtuvo sus actas por Sorbas, de nuevo en Almería. Apenas intervino como orador: sólo participó activamente en un debate sobre el Teatro Nacional, mientras que el resto de sus intervenciones fueron para pronunciar precisiones o formular algún ruego. Pero no fue un escritor ajeno al hecho político, interesado sólo por su literatura, como se ha querido ver en él. La política fue una de sus pasiones y la ejerció fundamentalmente desde la prensa y desde la trastienda, como revelan sus epistolarios a los dirigentes conservadores Maura y Juan de La Cierva o las confidencias que le escribía a su hermano Amancio.

El Congreso ha declarado el Año Azorín por mucho más que toda esta vinculación parlamentaria. Lo ha declarado por lo que el autor representa en la literatura y en el mundo intelectual. Y con ello también ha reconocido a uno de los suyos.

José Ferrándiz Lozano es director del IAC Juan Gil-Albert y autor de "Azorín, testigo parlamentario".

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