06 de enero de 2017
06.01.2017

Emilio Varela y Oscar Esplá, historia de una amistad

Desde que fueron presentados por Joaquín Sorolla en 1918, ambos alicantinos mantuvieron una intensa relación

05.01.2017 | 23:50
Emilio Varela y Oscar Esplá, historia de una amistad

El escritor y el compositor fallecieron, con 25 años de diferencia, un 6 de enero.

En 1918 se conocieron Emilio Varela y Óscar Esplá al ser presentados por Joaquín Sorolla. El encuentro se produjo en la finca El Paraiso que el compositor alicantino tenía en las afueras de la ciudad. Esplá y Varela habían nacido con un año de diferencia en hogares apenas distantes doscientos metros pero no se conocían. Desde aquella fecha Esplá, profundamente atraído por la pintura de Varela, fue un decidido protector de su paisano ejerciendo como tal durante largo tiempo. Su fortuna personal y su altruismo le inclinaron a favorecer a quien veía socialmente más relegado intuyendo a la vez que el joven pintor estaba llamado a proporcionar muchas páginas en la historia del arte. El alicantino había sido durante tres años alumno predilecto de Sorolla de quien guardaba una foto dedicada: «A Varelita, que ve el color mejor que yo».

La personalidad de Esplá era activa, vehemente, emprendedora y con actitud crítica ante todo cuanto le interesara, dispuesto siempre a analizar, puntualizar y polemizar cuanto fuese necesario, lo que le hacía parecer un ser singular, quijotesco, que irritaba a algunos y admiraba a muchos, pero quienes le tratamos sabemos de su agudo humor y cordialidad. Varela era el polo opuesto, su sencillez e introversión reflexiva y silenciosa le hacían parecer de ánimo vacilante, apocado y temeroso, lo que enmascaraba su elevada inteligencia y exquisita sensibilidad humana y artística. De hondo y silencioso lo calificaron en 1924 el gran musicólogo Adolfo Salazar y el compositor Ernesto Halfter.

Los dos alicantinos pertenecían a una generación que se sintió profundamente atraída por Guadalest y su entorno. La montaña les impresionó desde el primer momento. La sencillez de las gentes y la vida rural, el imponente monumento de Guadalest y su aldea, la esbeltez de Aitana, el Portet del Arch, el Barranch de Tagarina, Forata, Partagat... escenarios silenciosos que les sedujo y recorrieron incansablemente.

La Masía El Molí

La Masía El Molí, en Benimantell, frente a Guadalest, es una casona rural de planta baja y piso cubierta con tejas árabes y un parral en su fachada, que durante años fue lugar de encuentros y prolongadas estancias estivales dedicadas a la creatividad, a excursiones, a actividades festivas y al descanso.

Varela la pintó en varios lienzos viendo azules, rosas, violetas, verdes y blancos que jugaban dando movimiento y profundidad a un cielo limpio, infinito e inigualable. A la derecha, cerrando el espacio de una solana, había un árbol frondoso colmado de verdes centenarios. La balconada de la casona –hoy abandonada– evoca emociones allí vividas cuando a ella se asomaron a contemplar el paisaje Gabriel Miró, Óscar Esplá, Emilio Varela, Germán Bernácer... Esta generación de genios enriquecieron la cultura de una época alcanzando un cenit que no se ha repetido hasta hoy

Atraídos por el mágico lugar del Valle de Guadalest, desde 1918 también llegaron a la Masía El Molí entre otros Rogelio Campos, Carlos de Rojas –Conde de Torrellano y Marqués del Bosch–, Ramón Múgica, Juan Vidal, Rafael Beltrán, Agustín de Irizar, Pepe Chápuli, Rey Pastor, Manuel Tormo, Daniel Bañuls y Pepe Juan.

Por los lugareños se les consideraban les señorets fadrins. En El Molí armonizaban el trabajo con lo lúdico cultivando el difícil arte de la hermandad y del buen humor. A Varela, en las primeras exposiciones que realizó en las masías y establecimientos, queriendo ayudarle a vender sus cuadros le presentaban a los escasos veraneantes como un pintor ruso que vivía en Francia, lo que provocaba sonrisas burlonas a la vez que complicidad, en los inteligentes y observadores lugareños que no comprendían aquella pintura. En 1920 y año siguiente, Varela, pese a no haber logrado todavía cierto reconocimiento, había confiado, sin éxito, en realizar el pago de su estancia con el importe de la venta de cuadros que exponía en distintos lugares del entorno. Esplá, viéndole en apuros, abonó el importe.

La montaña, refugio de valores naturales y paisajísticos excepcionales, fue lugar de inspiración para la creación musical de Esplá (Aitana, La Sierra, Danza del Valle, Paso de baile serrano, Canto de Umbría...); para obras de Gabriel Miró (Hilván de escenas, Libro de Sigüenza, Años y Leguas, Glosas de Sigüenza...), y para Varela en su etapa más fecunda y luminosa, 1920 a 1936, asociada a su descubrimiento del Valle de Guadalest, del que plasmó su grandiosidad virgen y sugerente en lienzos y cartones de su mejor producción artística. Fue asimismo lugar de inspiración para los proyectos arquitectónicos de Vidal, y de profunda reflexión para el economista-humanista Bernácer quien en la quietud y silencio de las cumbres escribió, entre otras obras, su trascendental Teoría de las disponibilidades como interpretación de las crisis económicas y del problema social.

Un dia cualquiera en Aitana

Con los datos que aportan las cartas de los protagonistas y los testimonios que recogí hace más de veinte años de un testigo de excepción, José Balaguer Boronat –Pepet el del Molí– y de otros habitantes del entorno de la Masía del Molí, transmitidas a ellos por sus ascendientes, recreo uno de aquellos claros y fecundos días en Aitana incorporando al relato otro personaje que los compartió, el niño Vicentet.

Varela, desde una loma donde pinta la masía, ve llegar a Vicentet que como otras veces va a ver al señoret Esplá, el de la música. En 1928 Vicentet Pascual Pérez tiene doce años. Su vida discurre en El Trestellador muy próximo a Benimantell. Recorre muchas veces el corto trecho de la senda que le lleva a El Molí y a la Font del Molí. Su abuela Dolores repite Aquest xiquet, sempre jugant!, Vicentet, vine ací...! Julia, su madre, confía en él porque sabe que Vicentet ha recorrido aquellos caminos muchas veces al día y conoce cada palmo del terreno que pisa.

Varela le pide que sea su guía por lugares próximos y escucha complacido el cencerro del ganado remoto y cuanto el muchacho le explica. Vicentet conoce las flores y hierbas que todo lo ocupan: romeros, alhucemas, sabinas y tomillos, llenos de rocío, las plantas, los insectos, los pájaros y los pequeños reptiles que se esconden bajo las piedras y en las oquedades de las rocas. El pintor se sienta, coge plantas aromáticas, las aprieta con sus manos y las frota por su frente, saca de su caja de óleos y pinceles un pequeño cartón y lo inunda con pinceladas de color; al continuar el camino está pleno de alegría y fortaleza. Por los sonidos del viento Vicentet sabe si ese día habrá nubes y lloverá o triunfará el sol. No anda, siempre corre saltando. Cuando llega el tiempo de la vendimia su familia cuenta con Vicentet como uno más y él se siente feliz. Antes de que comiencen las tareas muestra su alegría entonando las canciones de labor aprendidas desde que su madre, en sus primeros meses de vida, le llevaba en un canastillo que dejaba a la sombra del árbol grande.

Desde hace años, durante el verano llega al Molí el señoret que es ahora propietario de tierra junto a la Font, delante de la balsa, donde se construye una casa; la madre de Vicentet, le llama don Óscar. Otros visitantes asiduos de cada estío le han dicho que es un compositor importante, que gusta reunirse con amigos y que recorre muchas veces aquellos parajes a pie o a lomos de los mulos o burros que le alquilan. A Esplá, cuando llega el muchacho, no le importa interrumpir los trabajos de orquestación que desde 1916 viene realizando en su empeño escénico los Cíclopes de Ifach para los Ballets Rusos de Diaghilew. Le gusta hablar con Vicentet y le pide que cante las canciones que ha aprendido oyéndolas a los hombres y mujeres en días festivos o cuando realizan los trabajos de trilla, de vendimia, de siembra, en las recolecciones de aceitunas y almendras... El compositor está radiante cuando Vicentet atiende su ruego: –Vicentet, toca les castanyoles–. Y Vicentet se apresura gozoso a realizar una demostración de la habilidad adquirida manejando pequeños trozos de cántaro o macetas que sujeta entre sus dedos y repiquetea con gracia acompañando las canciones. Varela se complace con la sencillez virgen de la escena. Cuando Doloretes del Molí anuncia que están preparados los gazpachos que han guisado Elvira y José, padres de Pepet, se interrumpen los cantos y acompañamiento con el original y primitivo instrumento que sólo saber manejar Vicentet. El niño no es consciente que está proporcionando al maestro un valioso material que enriquecerá la música española. En sus partituras Canto de trilla, Canto de vendimia, Aire pastoral, Danza levantina, Danza del Valle, Paso de baile Serrano, Canto de umbría... Óscar Esplá recogió muchas de las aportaciones plenas de tradición levantina que inocente y gozoso le hizo Vicentet. «Si mis obras tienen un sabor levantino –dijo Esplá en 1958– es porque el canto popular de mi país entra como uno de los componentes de mi alma de músico junto a todos los demás elementos de mi historia, pero no está tomado por mí como base de mi inspiración». «Mis montañas levantinas, mi sol mediterráneo [?] en medio del incendio rojo de las sierras de mi país y del azul tranquilo del mar».

Finalizada la comida Varela transforma la planta baja de la masía en improvisada sala de exposición colocando los cuadros que ha pintado en días anteriores porque Esplá le ha informado que esa tarde le visitará durante unas horas el ingeniero donostiarra Ramón Múgica con su esposa y otros amigos. Sitúa los medianos sobre la repisa de la gran campana del hogar de leña que se extiende de muro a muro, los más grandes apoyados sobre una mesa que adosa a la pared y en los huecos de las ventanas, y los cartones pequeños en los anaqueles de la alacena. El blanco mate del encalado interior de la rústica construcción es el fondo perfecto para la vibrante explosión de colores; el paisaje de Aitana inunda el interior de la masía?

París

Antonia Mercé, «La Argentina» elogiada por García Lorca, Adolfo Salazar y Rivas Cherif, triunfó con sus Ballets Espagnols en los grandes escenarios del mundo. La gran bailarina y coreógrafa tenía en su repertorio El Contrabandista con música de Óscar Esplá para un ballet con libreto de Rivas Cherif que estrenaba en París. Esplá invitó a Varela a que le acompañase. La capital francesa era el centro de las vanguardias europeas y el altruista compositor quiso que Varela satisficiera lo que era deseo de todo pintor: conocer las obras que atesoraban sus museos, visitar estudios de pintores y ampliar horizontes artísticos. Venciendo la resistencia propia de la timidez del amigo logró Esplá que le acompañase junto a Isolda Esplá Domingo, su hermana. Estuvieron en París del 10 al 26 de junio de 1928. Isolda, que tenía 17 años y era alegre, culta, comunicativa y conocía bien la lengua francesa, fue la guía perfecta para una persona tan apocada como Varela en un ambiente que le producía vértigo. Emilio cumplió muchos objetivos: visitó museos y galerías, compró materiales, libros y revistas de arte. En escrito a Carlos Carbonell mostraba su satisfacción por cuanto se le daba con aquel viaje «...¿cómo agradecer todo esto? Y el gran bien que supone para mi el adquirir, como me ha ocurrido, tanto entusiasmo para el trabajo por ser lo único por lo cual se hacen las cosas tan hermosas que he visto...»; y en otro posterior: «¡Cuantas cosas interesantes he visto!...» La abundante información que el pintor obtuvo, el bagaje de sensaciones que le proporcionó tener ante si obras admiradas a distancia, tan comentadas y difundidas en libros y revistas –Bonnard, Cezanne?–, le permitió realizar descubrimientos, pero también establecer criterios de reafirmación y de propuestas artísticas para los cambios que en adelante habría de ensayar en su pintura.

Con su composición Esplá obtuvo el premio inmediato del éxito, aunque por desavenencias con Antonia Mercé perdió los beneficios multiplicadores que hubiese supuesto la programación de El Contrabandista en la gira mundial. Varela, en cambio, atesoró experiencia y sensaciones enriquecedoras conociendo de primera mano los valores plásticos mas reconocidos de las vanguardias europeas.

El aprecio admirativo e impulsor de Esplá por Varela se manifestó innumerables veces: una de ellas cuando logró que Jean Cassou, director del Museo de Arte Moderno de París encargase a Varela dos cuadros; otra fue cuando en 1929 dedicó «Al pintor Emilio Varela» sus Canciones Playeras, para soprano y piano, con textos basados en El Alba del Alhelí de Alberti, que es, sin duda, la cima de la lírica vocal de cámara de Esplá y su obra mas interpretada.

Con 25 años de diferencia, 1951 y 1976, ambos fallecieron en día 6 de enero.

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