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El Señor Gordo
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  • 15
    Mayo
    2013

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    El cine La Esperanza

     ¿Y ese título? Tranquilos gordófilos, calma gordófobos. No me he convertido en (mal) poeta, ni en Pedro Ruiz. No es una metáfora ni una alegoría, ni una concesión al lirismo marca blanca. No es la última canción de Manu Chao. El cine "La Esperanza" es, eso, un cine. Está en San Vicente del Raspeig, una localidad muy próxima a Alicante.

     

    San Vicente (Sanvi para los allegados) tiene varias cosas singulares. Una universidad que tiene el nombre de otra población (Alicante) y muchos carriles bicis. Estaciones de tranvía y, por supuesto, raíles que atraviesan las calles, por los que, emulando al aeropuerto de Castellón, nunca ha circulado un tranvía (pero sí ha provocado la caída de más de un ciclista). Y por supuesto El Cine La Esperanza.

     

    La desaparición de tanto cine sería suficiente para celebrar la existencia de cualquier sala, especialmente si no anida en un desagradable Centro Comercial, pero el Cine la Esperanza tiene méritos propios: es un cine de pueblo con todas las de la ley.

     

    ♦♦Estos son sus créditos♦♦

     

    • Reparto: Tiene una pantalla enorme y, por cierto, muy bien iluminada, no como la de la mayoría de los multicines de Centros Comerciales.
    • Dirección artística: Como corresponde la sala es inmensa y está ocupada con butacas rigurosamente vintage. Sin embargo, una vez debidamente repantingados resultan hasta confortables.

    •  
    • Producción: La entrada cuesta el modélico precio de tres euros. ¡Tres euros! IVA del foragido Montoro incluído. Los bocadillos caseros de tortilla y otras delicatesen se venden a un euro. En el vestíbulo hay una barra gigantesca, atendida no por dos mustios, explotados y uniformados empleados sino por una legión de animosos camareros que pertenecen a la familia propietaria.

    • Sinopsis: La Esperanza ofrece películas de estreno que renuevan a los pocos días, a veces a diario. Su público es numeroso, animoso y bullanguero. Sin embargo, nada que ver con el parloteo del espectador de multisala que se cree en el salón de su casa y aprovechan la oportunidad para graznar comentario cualquiera, cuanto más obvio mejor. El público de La Esperanza va al unísono, grita, ríe y aplaude las calamidades del malo. Aquí se revive la gratificante experiencia de compartir una película.

    • Epílogo: Ni que decir tiene que se trata de un negocio familiar. Al parecer su dueño, José Manuel Alberola (que dispone de una Sala de Verano en el mismo local) recibió una oferta millonaria por vender el edificio. Si no fuera por su amor al cine, en aquel lugar, en vez de risas, se escucharía el chirriar de los coches subiendo la rampa del aparcamiento.

     

    Es verdad, que en el Cine La Esperanza no se proyectará nunca una película de Kiarostami ni de Wong Kar-Wai. No es su función. No nos consolará de la pérdida de salas ni de distribuidoras como Alta films. Pero el cine se crió en la barraca de feria. Es su medio natural, compartiendo carromato con el tragafuegos y los espejos cóncavos.

     

     

     

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