06 de agosto de 2011
06.08.2011
Antiguos oficios

Vidas de fareros en los acantilados de Serra Gelada

L'Alfàs del Pi rescata del olvido las vidas de los antiguos operarios del Faro del Albir para homenajear a los que durante 150 años hicieron brillar su luz

06.08.2011 | 02:00
Parte de los objetos ya están restaurados.

El Ayuntamiento está restaurando sus muebles e investigando en los documentos históricos de la Autoridad Portuaria para mostrar al público cómo vivían y mantenían la linterna que guiaba a los marineros.

Pasaron sus vidas en tierra pero trabajando para el mar, en lo alto del acantilado de Serra Gelada donde el Faro del Albir ha estado sirviendo de guía a marineros casi 150 años. El Ayuntamiento de l'Alfàs del Pi quiere homenajear a los fareros que han pasado por el municipio, los encargados de la linterna del emblemático inmueble, que ahora se ha restaurado para albergar un centro cultural y medioambiental, en el que serán expuestos los muebles y enseres de sus antiguos moradores, rescatados tras años de olvido.
Más de cuarenta objetos se recuperaron de las estancias abandonadas del faro, que quedó deshabitado en los años 60, ya que, aunque sigue funcionando como guía de navegación, la linterna ahora funciona con energía fotovoltaica y se controla a distancia. De aquellas habitaciones ocupadas por los fareros y sus familias, quedó parte del mobiliario y los utensilios que utilizaban para el mantenimiento de la lámpara y para su vida cotidiana. De esos objetos, unos treinta están siendo restaurados (el resto estaba demasiado deteriorado) para formar parte de una exposición permanente en la que el público podrá conocer de primera mano la forma de vida de estos marineros en tierra.
Los libros y registros de la Autoridad Portuaria, donde se recogían los inventarios de todos los objetos del faro y las cartas en las que los fareros pedían nuevos útiles, están sirviendo de guía a los servicios de Patrimonio Histórico de l'Alfàs para saber cómo vivían, según explicaron la edil de Cultura, Rocío Guijarro, y la arqueóloga municipal, Carolina Frías.
Uno de los proyectos es recuperar los nombres de todos los que prestaron servicio en el faro a modo de recuerdo y homenaje a los fareros. La mayoría figuran en los libros de la autoridad de puertos pues el primer libro de servicios conservado, de 1895, ya recoge los dos primeros nombres de los trabajadores del faro, que encendió su luz por primera vez el 30 de abril de 1863 y estuvo siempre habitado por dos operarios y sus familias. Prácticamente incomunicados, ya que antiguamente no estaban abiertas las sendas de hoy día, hacían su vida en ese entorno, incluso se construyeron su propio horno de pan porque el lugar más cercano para ir a comprarlo a pie era Altea.
Los históricos documentos reflejan también cuánto les costaba conseguir nuevos objetos. De hecho, se conservan cartas en las que los fareros justificaban y argumentaban sus peticiones y muestra de esta dificultad es que muchos de los objetos rescatados son reutilizados, como una caja de madera que había servido de embalaje de transporte.
El inventario más antiguo encontrado data de 1920. Los listados estaban exhaustivamente detallados pues era la autoridad portuaria la que les proporcionaba todo y exigía un riguroso control. Tanto que, en uno de estos inventarios, la mayoría manuscritos, aparece una anotación, posiblemente del funcionario que revisaba el papeleo, que reza: "Ojo", junto a uno de los objetos detallados: "Seis vasos de licor", una anécdota que descubre cómo la autoridad de puertos vigilaba de cerca el trabajo y la forma de vida de estos operarios que debían mantener algo tan importante como la luz que servía de guía a los navegantes. El último inventario es de los años 70 y ya decía que las estancias se encontraban en ruinas.
Un arcón metálico de grandes dimensiones donde guardaban el combustible de la linterna, medidores, viejas sillas, braseros para calentarse, jarras para el agua de consumo y para aseo personal, herramientas de metal y otros objetos de madera, son algunos de los enseres rescatados, que estuvieron durante más de cuatro décadas cogiendo polvo y telarañas en el mismo lugar en que antes fueron utensilios cotidianos para a los moradores del faro.
Una restauradora de Altea, Carmen Vercher, se encarga del proceso para devolverles su aspecto original. Limpieza, pintura, tratamientos de carcoma y óxido. Todo para que en dos meses, cuando se prevé poner en marcha el centro cultural, puedan estar listos para mostrar a alfasinos y visitantes cómo era la vida en un paraje como aquel para los fareros de oficio.

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