20 de marzo de 2010
20.03.2010
CIERRE DEL CASINO DE LA VILA EL DÍA DESPUÉS

Un adiós digno, como los músicos del Titanic

20.03.2010 | 01:00
Un cliente entra a la sala de juegos la última noche.

La última noche . Pasadas las doce de la noche el encanto se había roto y todas las personas de la sala sabían del inminente desenlace. Los trabajadores sonreían a los clientes hasta que sus mesas de juego quedaban temporalmente vacías. Entonces sus miradas se perdían en 30, 20, 10 años de recuerdos. Todos rotos sin previo aviso.

El marido de Julia encendía el motor del coche familiar pasadas las ocho de la tarde del jueves para llevar a su mujer al Casino del Mediterráneo de La Vila Joiosa, donde trabajaba como croupier desde hacía más de dos décadas. La radio se encendió automáticamente. "Hoy es la última noche que abrirá el casino de Villajoyosa, la dirección ha enviado un comunicado diciendo que cierra sus puertas...", informaba un locutor. Callaron. Al llegar al casino su marido la tomó la mano con ternura: "¿Te espero?" "No, gracias, ya te llamo si lo cierran antes de la hora", respondió Julia, intentando asimilar que por fin llegaba el fin tras más de dos años de incertidumbre. Cruzó la puerta, se retocó el carmín de los labios, se puso el uniforme y subió puntual a su puesto de trabajo.
A Ginés la sorpresa le llegó a las cinco de la tarde, tres horas antes de que la Dirección comunicara la drástica decisión al Comité de Empresa. Quedó en blanco cuando un periodista le llamó para tomarle declaración sobre el cierre de esta institución empresarial de la Marina Baixa, que ha llegado a tener a más de 300 empleados a su cargo. "No hace tanto de eso". A penas cinco años, "cuando todavía la gerencia no había decidido hundirlo eliminando mesas de juego, apostando por el casino de Alicante y Torrevieja, ¿recuerdas?", comentaba otro empleado en susurros a una ex empleada que fue a verlos tras enterarse de la noticia. Porque el casino era mucho más que una gallina ponedora de oro... "Con estos horarios vas al contrario que el resto del mundo, tu vida la planificas en torno al casino", comentaba Francis poco antes de que diera la una de la mañana en ese salón donde conoció a su primer amor, y años después, a su actual pareja. Ella está apenas a unos metros, intentando disimular una tristeza inevitable. La mira de reojo. "No sé si terminar la carrera o aprender otra profesión, no sé, yo sólo he trabajado de esto", decía él, conteniendo una risa floja, nerviosa y desubicada. Cerca hay compañeros que pasan de los 50, como su padre, despedido con "el primer ERE". Uno de ellos se lanzó, justo antes de que terminara su jornada, y aseguró que "ahora sólo queda luchar para que nos paguen lo que nos merecemos, lo que nos corresponde". "Creen que nos vamos a conformar, pero ahora empieza la lucha. Cortaremos la carretera e iremos andando hasta el ayuntamiento sin avisar como protesta, igual que nos han echado", añadió mientras otro compañero asentía y tomaba palabra. "Después de la concentración de mañana (en alusión a la realizada ayer tarde en Alicante) habrá más". Callaban y volvían a mirar alrededor, al resto de la plantilla, con las retinas llenas de despedidas y de muchos "¿te acuerdas?...".
Cada uno en su puesto intentaba recuperar los buenos y malos momentos compartidos. "Aquí viví la ruptura, la duda de si estaba embarazada o no, uff, aquí he vivido de todo", dijo Ana riendo con los ojos repintados intentando disimular un llanto reciente.
Son las dos de la mañana. Hace rato que se están escuchando las campanillas que anuncian el cierre de algunas mesas. Un tintineo que ya no oirán Jaume ni Miguel Ángel, ni Laura, ni los otros trabajadores a los que no les coincidió el turno o estaban de baja esa última jornada.
"Siempre quise hacer el camino de Santiago, quizá ahora sea el momento", dice M. Y respira. Al fin le han dicho que puede irse. "Lo siento, pero es que parecemos los músicos del Titanic, aguantando hasta el final mientras el barco se va hundiendo". Pero allí no hubo capitán general que se hundiera con ellos, aunque sí apareció el director del casino, a quien se veía, curiosamente, más pequeño que nunca.

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