27 de junio de 2013
27.06.2013

Diez años del nuevo Ayuntamiento de Benidorm: símbolo e identidad

El Consistorio se alza como un icono elemental y austero que une tradición y modernidad a través de un rascacielos tumbado al sol

27.06.2013 | 00:00
Diez años del nuevo Ayuntamiento de Benidorm: símbolo e identidad

La década y el último medio siglo
Cuando se avista por vez primera el Ayuntamiento de Benidorm nos asombra el misterio de la técnica que lo hace levitar por encima de los rascacielos, como si fuese uno de ellos recostado. Y resulta una contradicción, porque los edificios no flotan, se anclan al suelo. Nos fijamos en la pieza de arquitectura horizontal cuyo potente perfil destaca sobre el quebrado skyline de la ciudad vertical. Este año se celebra un doble aniversario: la década de existencia del nuevo Consistorio (inaugurado en primavera: la víspera de la fiesta estival) y el medio siglo del nacimiento de la ciudad de los rascacielos (cuya ordenanza que los inventó data de 1963). Carece de sentido la forma sin el fondo, la casa de la ciudad sin la ciudad que la ha hecho posible, el acontecimiento sin su contexto. Para valorar el Ayuntamiento -como arquitectura y como lugar- conviene saber de su breve e intensa historia, porque sólo se puede evaluar con rigor cuando se conoce en profundidad. Las cosas rara vez son lo que parecen. La supuesta simplicidad del alarde estructural, que suspende en el aire más de 6.500 toneladas de materia con una luz libre entre apoyos de 65 metros, es el resultado de diversos avatares cuyo inicio no anunciaba su actual conclusión.

Lugar: el barranco de l'Aigüera
Hace cincuenta años nadie podría haber imaginado una urbe como la presente. De hecho, el milagro del turismo que hizo surgir la metrópolis contemporánea resultó ser un espejismo al llegar la crisis del petróleo (1973): todo se vino abajo, menos los rascacielos. La primera corporación democrática heredó un Benidorm lastrado: los únicos espacios libres públicos eran sus playas. Conseguir un oasis dentro de la trama urbana pasaba por conseguir que el barranco de l'Aigüera pasase a titularidad municipal, tarea que resultaría lenta y cara. Además, para lograr que el lecho de este río ocasional fuese una zona verde se hacía necesario encauzar las aguas y tratar cuidadosamente las laderas a fin de garantizar la unión entre el casco histórico y el ensanche de Levante. El parque le fue encargado a R. Bofill (1984) cuyo éxito con el Jardín del Turia le avalaba. El diseño procuró orden en la orgánica topografía con un sistema de recintos y anfiteatros al aire libre (con lenguaje académico y formas clasicistas) para generar un pulmón que se repobló con especies autóctonas (olivos, palmeras, pinos, cipreses, laureles...). Al inicio del parque, en su parte más baja, se posicionó el nuevo Ayuntamiento sobre un aparcamiento subterráneo. El inmueble se ideó como un bloque exento rodeado por una columnata. Las obras se detuvieron con la urbanización de la plaza que cubría el garaje (1991), la cual servía de antesala al parque.

A mitad de los 90 era necesario contar con una sede municipal que reuniera y ampliara los servicios dispersos por diferentes locales. Se descartó continuar el proyecto de "marca" por pequeño y obsoleto (aunque ya estaba hecho el parking) y se optó por un equipo técnico local confiando en que este entendiese mejor las necesidades funcionales y las aspiraciones simbólicas. El arquitecto municipal, J. Luis Camarasa, aceptó el reto proponiendo el esquema básico (con R. Landete) siendo, finalmente, proyectado y dirigido con Juan Añón (AIC EQUIP). Documentos y financiación quedaron ultimados al borde del milenio (2000) y las obras durarían un par de años (2001-03), aunque la ejecución no estuvo exenta de dificultades. La idea primordial fue la de mantener el uso de la plaza como acceso al recién estrenado parque y que sirviera, también, al nuevo Ayuntamiento, asumiéndose las preexistencias del lugar (geometría, orientación y subsuelo) como valores añadidos.

Arquitectura y técnica: puerta, paso, puente y plaza
Así pues, el edificio no podía posarse sobre el pavimento porque impediría el tránsito de entrada y salida al jardín. La arquitectura tenía que ser puerta entre dos recintos. A su vez, la puerta debía ser amplia, espaciosa, sin obstáculos que interrumpiesen el paso: iría de lado a lado de la plaza. Ante estas demandas, más que la puerta, restaría su marco: las jambas y el dintel. Por la distancia a salvar, el marco se transmutaría en puente: la arquitectura se hibridaba de ingeniería. La puerta dio paso al puente que une las dos partes de la ciudad salvando el barranco. Con sutileza se recreó una estructura arcaica, aquella que los primeros hombres idearon para cruzar un torrente: tender un tronco entre dos piedras que sobresalían del cauce. Piedras que serían pilas robustas en contacto con el fondo y tronco que sería un tablero flexible apoyado en ellas para salvar el curso del agua. Pero el tablero del puente arroja sombra, resulta techo, y el techo es una de las primeras protecciones que procura la arquitectura. "Con la acción de instalar un techo en un territorio, este se convierte en un espacio humano, marcado y configurado por el hombre". Y este espacio bajo el puente es el lugar público de la comunidad, de los que habitan Benidorm: la plaza del municipio.

Levantar este puente habitado no era tarea fácil porque exigía de dos potentes pilares sobre los que sostener el tablero donde solventar el complejo programa funcional que se resolvió con dosis de lógica e ingenio. En el tablero se situaron la Alcaldía y las oficinas administrativas, mientras que junto a las pilas se ubicaron los servicios de atención al público y las salas de actos institucionales; esta rotunda separación de funciones deviene de influencias nórdicas. Se diseñó una gran viga-cajón que contenía tres plantas de despachos descansando en los soportes que requirieron de una cimentación más resistente. A fin de no disminuir la plaza, ésta se amplió hacia los lados con los dos volúmenes base. Se decidió que este zócalo fuera de hormigón blanco: un sólido petrificado. En el aire se izaron las dos grandes vigas con las únicas cuatro grúas automóviles disponibles en España capaces de levantar 500 toneladas. Las labores de levantamiento, arriostrado y cierre del cajón metálico fueron un éxito no exento de riesgos calculados. Cuando el prisma de tres pisos estuvo encajado sobre los cuatro apoyos, la disposición de placas, particiones y revestimientos fue un trabajo más sistemático propio de una cadena de montaje. Toda una proeza técnica.

Casa de la ciudad: símbolo de identidad
El resultado está en los números: el nuevo Ayuntamiento, que triplica la superficie útil de las viejas dependencias, consume la mitad de energía, es decir: resulta seis veces más eficiente gracias al factor de forma de la envolvente, a las carpinterías, a los vidrios y a la gestión centralizada de las instalaciones. Es resolutivo y sintético. Una arquitectura racional, útil, serena y, sin embargo, singular: una forma simbólica capaz de destacar "por encima" del continuum urbano, fácil de recordar al evocar actos y ritos ancestrales y que -más allá de la magia de su levitación- es capaz de crear un lugar de encuentro de los ciudadanos de hecho y de derecho que se aglutinan bajo su protección. Todo ello sin falsos guiños a la historia, sino recurriendo a los signos del presente: sosteniendo una estructura de acero recubierta con una piel inteligente de lamas vítreas donde quedan registrados los nombres de los 65.000 vecinos que aglutinaba la población en el momento de su construcción: como si de una refundación se tratara. El edificio deviene un símbolo sin acusar excesos formalistas que tanto han caracterizado mucha de la arquitectura de la última década y que tanto gasto económico suponen en presupuesto y mantenimiento.

Protagonismo reconocido para la identidad, compuesta desde figuras y conceptos simples. Los arquitectos han jugado con la materia base de la ciudad, los rascacielos, convertidos en piezas sueltas de unos renovados y educativos regalos Fröebel, apilándolos y combinándolos para apoyarse entre sí del modo más estable posible. El Ayuntamiento, pues, se alza como un icono -elemental y austero-, uniendo tradición y modernidad -símbolo y metáfora-, para articular la necesaria urbana entre las tramas. El puente sobre el torrente, la puerta de paso al parque, el lugar seguro de recibimiento y la plaza de reunión institucional se dan cita ante la Casa Consistorial, donde no faltan los elementos que caracterizan a todo palacio municipal: el balcón desde el que saluda la autoridad y el reloj que señala el tiempo comunal en la era digital. Aquí la Arquitectura simboliza la puerta que conduce la sociedad hacia el futuro a la vez que vincula -a través del torrente que se intuye- el circo de montañas que la arropan (donde se condensa la lluvia que moldeó l'Aigüera y genera el miroclima) con el mar que baña sus playas de arenas doradas, el tesoro mejor guardado bajo Sierra Helada. Tomo prestadas las palabras de Mendes da Rocha que pueden aplicarse a esta obra: "En rigor, se trata de tres piezas: vigas, pilares y losas. Elementos que producen una serie de resultados, como si se tratara de música". En resumen, y recurriendo de nuevo a este maestro, "para ser fuerte es mejor decirlo todo con pocas palabras", algo que acontece en el Ayuntamiento de Benidorm a la vista de todos: el homenaje a las casas de la metrópolis -los rascacielos- a través de la construcción de la casa de todos: el Ayuntamiento, un rascacielos tumbado al sol.

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