29 de septiembre de 2011
29.09.2011

Encuentro, tardío, con el gaviero

29.09.2011 | 02:00

Mario Martínez Gomis

Los caminos por los que transita el lector compulsivo, y algo desordenado, son tan inescrutables como aquellos por los que discurre la azarosa vida. Tarde o temprano, en el instante mas inesperado, un libro que apenas sí nos interesaba, o cuya existencia ignorábamos, se cruza en el sendero de luz que proyecta la lámpara y hace mella en los sentimientos, aportando una inédita visión de la existencia que considerábamos harto perfilada. Con la obra de Bolaño, por ejemplo, entendí, mejor que nunca, el mérito enorme y la belleza de una narrativa torrencial considerada como un fin en sí misma. Y, hace unas semanas, al concluir con la saga de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis, la filosofía particular que ha regido mis años tranquilos, dedicados a la docencia y al escapismo de unas ensoñaciones, sin cabida posible en el espacio de las aulas, ha experimentado el espaldarazo confortable que justifica el peso de la fantasía en una existencia harto discreta.
De Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) conocía alguno de sus cuentos, ciertos poemas, retazos de su vida itinerante, plagada de extrañas actividades profesionales que me parecían incompatibles con el ejercicio de la literatura, sus grandes méritos (Premio Príncipe de Asturias en 1997, Premio Cervantes en 2001) y la admiración de sus colegas de la tribu de plumíferos, siempre dispuesta a desenterrar el hacha de guerra de las envidias y los recelos. A Maqroll, sin embargo, solo le conocía a través de vagas referencias. La saga del Gaviero, consta de siete novelas breves que, recopiladas por DeBolsillo (2007) con el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, puede leerse siguiendo una secuencia cronológica solo alterada por una licencia del editor, que prefirió situar un libro escrito en 1988 (La última escala del Tramp Steamer) después de otro que vio la luz en 1989 Un bel morir). El hecho no reviste importancia alguna habida cuenta que las aventuras del marino constituyen una suerte de puzzle construido por relatos de índole diversa -diarios, cartas, narraciones, transcripción de diálogos, anotaciones halladas en el reverso de los más extraños impresos- que Mutis finge recopilar para trazar un hermoso monumento a la amistad sin fisuras, el riesgo continuo de la vida marginal y a un código moral ajeno a toda doctrina burguesa y convencional. La errática historia de Maqroll, es solo comprensible a través de las andanzas de sus más íntimos allegados - el armador libanés Abdul Bashur, la hermosa triestina Ilona, el bronco pintor Alejandro Obregón o capitanes de fortuna como Vinkas Blekaitis y Wito Gestern- y se construye a partir de esas piezas monográficas que narran sus hazañas y las de otros inolvidables personajes que vagabundean por los mares o se encuentran varados en las tabernas de los puertos, mientras el propio Mutis, introducido en la trama, actúa como notario de todas sus empresas.
García Márquez, en un epílogo que cierra esta edición, afirma que Maqroll, "somos todos". Enorme equivocación. Maqroll, es, efecto, la suma de sus transgresores amigos, inventados por Mutis, pero en absoluto un símbolo del género humano o, tan siquiera, de los más cómplices lectores. Ni tiene cabida en el despacho de una oficina, ni subido a una tarima, y, si me apuran, ni siquiera a bordo de un yate pirata fletado por banqueros desaprensivos. Anárquico, fatalista, apostador sin suerte que, siguiendo a Kipling, siempre se encuentra dispuesto a comenzar de nuevo, sin un lamento, es un héroe sin patria, "entregado a lo que digan los antiguos dados que ruedan para solaz de los hombres" y los dioses; y amigo de sus amigos, aunque sienta "el pudor en demostrar sus afectos y lealtades". Este cronista, que, como todo hijo de vecino, siempre quiso ser otro, ha reconocido esa otredad en Maqroll y en su estoica capacidad para olvidar las renuncias, más que los fracasos. Y, ahora, cuando deambule alguna tarde por Alicante, tendrá siempre presente que, el Gaviero, como testificó Mutis en varios de sus relatos, pasó una temporada en nuestra ciudad cuando se dedicaba al tráfico de alfombras persas.

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