28 de mayo de 2018
28.05.2018

Crónica de un bombardeo anunciado (III): final

28.05.2018 | 01:12

gerardo muñoz

El sábado 27 de septiembre de 1873 amaneció la ciudad de Alicante preparada para resistir el bombardeo anunciado por el brigadier Leandro Carreras, jefe de los tres barcos de guerra cantonalistas que había anclados en la bahía desde hacía cinco días.
Carreras había dado un ultimátum a las autoridades locales: o se adherían a la insurrección cantonalista (que subsistía únicamente en la asediada Cartagena) o Alicante sería bombardeada. El ultimátum concluía a las cinco de esa mañana.
A las cuatro, la banda de la Beneficencia recorrió las calles tocando diana. Además, tres grupos de hombres circulaban de un punto a otro de la ciudad. Uno lo formaban las autoridades civiles, encabezadas por el ministro de Gobernación, Eleuterio Maisonnave, y el alcalde, Juan Leach; otro era una sección de la Cruz Roja; y el tercero lo componían un inspector y dos celadores de Vigilancia, más algunos agentes de Seguridad, que custodiaban las casas vacías para impedir posibles saqueos.
Había cuatro baterías, situadas junto al derruido torreón de la Puerta Nueva, en la punta del muelle, en el principio del contramuelle y junto a la vía férrea, dominando el varadero del muelle de costa, donde se hallaba el cuartel general. La Explanada y las playas estaban ocupadas por soldados, guardias civiles y carabineros, preparados para repeler un posible desembarco enemigo. Grupos de Voluntarios de la República custodiaban los puntos estratégicos de la ciudad: Teatro Principal, fábrica de tabacos, plaza de Toros, hospital civil, Ayuntamiento, Gobierno Civil€
En el castillo de Santa Bárbara había dos baterías apuntando al mar, de tres y dos cañones respectivamente.
El comienzo de las hostilidades se demoró hasta las seis y media, hora en que sonó el primero de los cañonazos disparados por los tres barcos cantonalistas (las fragatas «Numancia» y «Méndez Núñez», y el vapor «Fernando el Católico»), inmediatamente respondido por las baterías de tierra.
Uno de los objetivos preferentes de los cañones cantonalistas fue el cuartel general y la batería situada en el paso nivel del ferrocarril. Allí perdió la vida el artillero Gaspar Pérez, natural del pueblo leonés de Otero de Naraguantes.
Una de las bombas que cayeron en la estación del ferrocarril hirió a una mujer.

En la cantina del castillo
La fortaleza de Santa Bárbara fue otro de los principales objetivos de los cañones cantonalistas. El comandante Eduardo Sobrevilla, gobernador del castillo, mandó que se evacuase la cantina por estar situada mirando al mar, pero, antes de que se cumpliera la orden, una granada de 300 libras penetró en ella, reventando el techo y causando siete muertos y varios heridos.
Entre los fallecidos había tres carabineros (Bartolomé García Catalá, Manuel Nieto Fernández y Domingo Cotaina Rubio), dos mujeres que servían en el establecimiento (Serafina Moreno y otra de nombre desconocido) y dos niñas de corta edad, hijas de la anterior.
Camilo Pérez Catalá, dueño de la cantina, sufrió heridas leves. Su esposa, Concepción Rodríguez Giménez, fue sacada gravemente herida de debajo de los escombros y trasladada al pueblo de San Juan. Otra criada, Estaferma Aznar Verdú, fue llevada herida al hospital de San Juan de Dios, quedándole el brazo izquierdo inútil.
El capellán Francisco Jover Penalva atendió espiritualmente a los heridos.
En la fonda de Bossio
Según un redactor de «El Constitucional», a pesar del intenso bombardeo, hubo gente que tuvo ánimo para almorzar en uno de los lugares más céntricos y conocidos de la ciudad. Así lo contaba en el ejemplar publicado el día 1 de octubre:
«(€) la célebre fonda de Bossio fue una verdadera providencia para los que desde la noche anterior no habíamos tenido medios de probar un solo bocado de pan. A las once en punto de la mañana, y cuando el diluvio de granadas de á trescientas libras arreciaba mas, innumerables personas hallaron en aquel establecimiento un abundante almuerzo, que fue para todos un verdadero maná».

Balance
El bombardeo cesó a las doce del mediodía. Durante las cinco horas y media que duró, los barcos de los insurrectos arrojaron 186 proyectiles sobre la ciudad. Luego zarparon rumbo a Cartagena. Las baterías defensivas contestaron con 179 disparos.
El resultado en víctimas fue el de ocho muertos y once heridos. Casi medio centenar de casas fueron parcial o totalmente derruidas.

Indemnizaciones
El día 28 de septiembre empezaron a regresar a la ciudad quienes habían huido.
Se abrió una inscripción popular para socorrer a las víctimas del bombardeo. Maisonnave contribuyó con mil reales. El día 29 ya se habían recogido 15.470 reales.
Los propietarios de las viviendas que habían sufrido daños y que eran pobres de solemnidad recibieron ayudas económicas. Los certificados correspondientes corrieron a cargo de los alcaldes de barrio, especialmente los de los distritos más próximos al mar: Juan Gosálbez (cuartel 12), Nicolás Ruso (13) y Bernardo Bru Barrachina (9 y 10).
El dueño de la cantina del castillo pidió socorro para «poder satisfacer las deudas que tengo contraídas con mis acreedores», puesto que el establecimiento había quedado completamente destruido, perdiendo todos los muebles y mercancías que guardaba.
También solicitaron indemnizaciones Estaferma Aznar (criada de la cantina), Antonio Pilar Moreno (hijo de la criada muerta en la cantina, Serafina Moreno, residente en Redován), Ignacia Román (viuda del carabinero Manuel Nieto, embarazada y con dos niñas, que recibió 8.000 reales), Rosa Cots (viuda del carabinero Domingo Cotaina, madre de una niña, que recibió 6.000 reales), Margarita García (hermana del carabinero Bartolomé García, residente en Benitachell, casada pero pobre de solemnidad) y Gregoria Pérez (madre del artillero Gaspar Pérez, que recibió 205 pesetas).

Fin del cantonalismo
El golpe de Estado del 3 de enero de 1874 dirigido por el general Pavía puso fin a la República. Nueve días más tarde se produjo la claudicación de los cantonalistas en Cartagena, su último reducto. La mayoría de los dirigentes rebeldes, como el general Contreras y el diputado Antonio Gálvez, «Antonete», lograron huir en tres barcos hasta Orán.
El tipógrafo y periodista José Marcili Oliver, líder de los intransigentes alicantinos y propietario del que fuera el primer diario republicano de Alicante («La Revolución»), salió de su encierro en las mazmorras del castillo de Santa Bárbara para sufrir destierro. Regresó a Alicante el 1 de marzo de 1880, donde murió de un ataque apoplético el 18 del mismo mes.

www.gerardomunoz.com

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