21 de enero de 2018
21.01.2018

Más de 44.000 alicantinos han abandonado la provincia para marcharse al extranjero

Jóvenes que se marcharon en plena crisis muestran sus reticencias para regresar, debido a que en España encontrar un empleo fijo y bien pagado sigue siendo privilegio de unos pocos

21.01.2018 | 04:15
Más de 44.000 alicantinos han abandonado la provincia para marcharse al extranjero

El Consell pone en marcha un plan para intentar que retornen los investigadores que emigraron.

Hace años que hicieron la maleta y decidieron probar suerte fuera de nuestras fronteras. El tiempo ha pasado y para muchos de los jóvenes que en su día tuvieron que emigrar por la crisis, el retorno es ahora impensable. No tanto porque la tierra no les tire y deseen estar cerca de sus amigos y familia, sino porque las condiciones salariales, de estabilidad laboral y de conciliación familiar están en otros países de Europa y en EE.UU a años luz de España. Nuestro tan alagado estado del bienestar, parece que sólo se limite al sol y a las buenas temperaturas.

«Prácticamente todos mis amigos viven en el extranjero y han conseguido un empleo. Sólo una amiga se ha quedado en España, estudió Educación Física y trabaja en un supermercado, con fines de semana incluidos». El caso de Verónica Antón es un ejemplo de una joven universitaria que se vio obligada a emigrar. Ella lo hizo a Francia, concretamente a Estrasburgo, porque en España no lograba encontrar empleo fijo como periodista. Han pasado cinco años y en este tiempo Verónica ha podido estudiar francés, trabajar y prepararse una oposición para ser profesora de español. Lo consiguió el año pasado, por lo que a punto de cumplir 30 años ya es funcionaria del Ministerio de Educación francés. Gana 1.700 euros mensuales y además disfruta de un sistema de enseñanza, el francés, que incluye vacaciones cada seis semanas. «No me planteo volver. España está muy bien, pero para ir de vacaciones porque si comparamos los niveles de vida, hay un abismo. Yo en España no tendría un salario tan alto, ni tanta estabilidad. Además, puedo ver a mi familia con regularidad porque disfruto de muchas vacaciones durante el año».

También como funcionaria en Francia trabaja Marta Azcárate. Fisioterapeuta de formación, trabaja en un hospital de Garches, un pueblo situado entre París y Versalles. Aunque reconoce que su sueldo no es muy alto, «me permite vivir bien, y comparado a lo que cobraría en España, salgo ganando. Además, me han dado una vivienda de protección oficial, por lo que pago un alquiler muy inferior a lo que debería por el piso que tengo». Así las cosas, esta joven solo se plantearía volver a España «si encontrara un trabajo tan bueno como el que tengo».

Más de 44.000 alicantinos han abandonado la provincia para marcharse al extranjero. La mayoría, son inmigrantes que han retornado a sus países de origen. Casi 14.500 son nacidos en la provincia de Alicante y buena parte de ellos, jóvenes que al terminar sus estudios se han encontrado sin empleo y sin la posibilidad de progresar en sus especialidades. Sólo en los últimos seis años cerca de 3.500 jóvenes alicantinos han emigrado en busca de mejores oportunidades laborales.

La Generalitat quiere ahora tratar de recuperar parte de este talento que se marchó, especialmente investigadores y jóvenes con formación universitaria, para lo que ha puesto en marcha el denominado «Pla Gent». Este programa contempla salarios de hasta 100.000 euros brutos anuales para fomentar el retorno de investigadores que estén contratados en instituciones de relevancia internacional. También se contemplan contratos de hasta 60.000 euros para jóvenes investigadores. Se calcula que 1.300 investigadores abandonaron la Comunidad Valenciana entre 2011 y 2015 a causa de la crisis, una cifra que representa más del 10 por ciento del capital científico valenciano. Pero es difícil competir con otros países que valoran muchísimo más la ciencia e invierten y se preocupan por atraer a los mejores investigadores, muchos de ellos formados en España.

Es el caso de Isabel Espinosa, que trabaja como investigadora en Virginia, USA, con un contrato de entre tres y seis años, dependiendo de los avances científicos que consiga, con opciones optar a un puesto fijo como investigadora titular «y con un salario que casi duplica al sueldo medio de un postdoctorado en España». Con el mejor expediente académico de su año en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Madrid, Espinosa cuenta que su intención inicial no era la de emigrar, pero en España no pudo optar a ninguna beca y se vio obligada a hacer la maleta. Confiesa que le encantaría volver a España, para estar más cerca de familia y amigos, «pero no puedo volver sin condiciones. He vivido una forma de hacer ciencia sin sufrimiento por las limitaciones y no quiero ir a peor».
En una situación similar se encuentra Diana Fernández. Se marchó de España en 2013 y actualmente vive en Estocolmo y trabaja como investigadora en el departamento de biología molecular y celular del instituto Karolinska. Disfruta de un contrato que se renueva anualmente «con un sueldo que es bueno». Esta joven vive además en un país que es modélico en cuanto a conciliación se refiere. «Aquí la baja maternal/paternal es de 16 meses, y normalmente se reparte al 50% entre la madre y el padre. Esto, entre otras cosas, eleva la igualdad en la contratación porque el tener hijos afecta por igual a los dos padres. A parte de la duración de la baja, son muy flexibles con los horarios, haciendo mucho más fácil la conciliación de la vida laboral y familiar».

El Consejo de la Juventud de España cifra en más de 8.000 millones de euros el coste de la emigración juvenil sobre la Comunidad en los próximos diez años. Dicha cantidad resulta de sumar la inversión que han realizado las administraciones públicas en la educación de las personas jóvenes que emigran al extranjero, de la cual se aprovecharían los países receptores.

Con 20 años se marchó Christian Trujillo de España. Desde 2013 vive en los Países Bajos, actualmente en Roterdam, donde trabaja como azafato para la compañía nacional australiana. Desde el primer día su contrato ha sido fijo, cobra entre 1.800 y 2.500 euros mensuales, «dependiendo de cuánto decida volar». Normalmente sólo trabaja 60 horas al mes, por lo que reconoce que no le da tiempo a echar mucho de menos a su familia, a la que ve a menudi. Cuando vuelve a España y habla con sus amigos «veo que muchos de ellos tienen que echar muchas horas extra para ganar lo suficiente para pagar el alquiler y poco más. La mayoría de ellos no se pueden pagar una escapada cada dos o tres meses». Por este motivo, ni se le pasa por la cabeza regresar, «sobre todo teniendo en cuenta la situación actual de las pensiones».

Testimonios

Christian Trujillo, reside en Roterdam y trabaja como azafato


«Mi contrato ha sido fijo desde el primer día». Tiene un contrato fijo por el que cobra entre 1.800 y 2.500 euros al mes. Sus amigos en España tienen que hacer muchas más horas que él «para ganar lo justo para pagar el alquiler y poco más».

Marta Azcárate, fisioterapeuta que vive en francia


«Volvería sólo si encontrara un buen empleo». Trabaja en un hospital en un pueblo cercano a París y disfruta de las ventajas de ser funcionaria. Como su sueldo no es muy alto, el Gobierno francés le ha concedido un alquiler social.


Isabel Espinosa, investigadora en Vriginia (USA)


«No puedo regresar sin condiciones, ya que no quiero  ir a peor».  Pese a que no quería abandonar España y tenía un brillante expediente académico, Isabel Espinosa tuvo que marcharse para poder trabajar como investigadora. Actualmente lo hace en EE UU, en un centro que es el «dorado» de los científicos y donde las inversión no es problema.

Verónica Antón, periodista que ha conseguido plaza de funcionaria en Estrasburgo


«España está bien, pero sólo para ir de vacaciones». Harta de no encontrar un empleo como periodista, Verónica Antón se marchó hace cinco años a Estrasburgo. Empezó como «au pair» y más tarde se preparó y aprobó una oposición para ser profesora de español.

Diana Fernández, investigadora en Estocolmo

«Aquí se favorece mucho más la conciliación». Volver a España no es una prioridad para Diana, que antepone tener un buen trabajo «en una ciudad que me guste». Actualmente trabaja en Estocolmo, donde las políticas de conciliación están a años luz de España.

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