San Fulgencio pierde en 8 años 5.500 vecinos que llegaron con la burbuja inmobiliaria

El municipio con una de las mayores tasas de residentes extranjeros en España ha pasado de 12.800 empadronados a 7.217

04.04.2016 | 00:56
San Fulgencio pierde en 8 años 5.500 vecinos que llegaron con la burbuja inmobiliaria

Los datos del Instituto Nacional de Estadística en relación al padrón municipal de San Fulgencio han vuelto a evidenciar el progresivo declive poblacional de esta localidad de la Vega Baja. En el último año el listado de empadronados ha descendido en cerca de 2.000 vecinos, una cifra que se suma a los 3.600 que dejaron la localidad en el 2014. Según fuentes municipales, la práctica totalidad de los que han desaparecido del padrón son residentes de origen internacional, en su mayoría británicos que hace años decidieron hacer las maletas para mudarse a este municipio en busca de un retiro dorado. ¿Por qué están abandonando ahora el municipio?

Aunque no es posible ofrecer una respuesta exacta a esta cuestión, sí existen una serie de factores que podrían explicar este llamativo éxodo de residentes de origen internacional que ya no quieren vivir en San Fulgencio o que, según sospecha la Administración local, lo hacen pero sin estar empadronados. Se trata de una localidad que ha experimentado un crecimiento desenfrenado en los últimos 25 años, pasando de apenas 1.500 vecinos en 1990 a los 12.800 habitantes que se registraban en el año 2008. Buena parte de ellos aterrizaron en San Fulgencio al calor de la burbuja inmobiliaria. Los promotores urbanísticos emprendieron entonces campañas de búsqueda de potenciales compradores más allá de las fronteras nacionales al tiempo que levantaban grandes urbanizaciones. Según el alcalde, Carlos Ramírez, «eran las promotoras inmobiliarias las que hacían publicidad en diferentes países del extranjero» para vender las bondades de un municipio ubicado muy cerca del mar, en el que se disfrutaba de un clima envidiable y donde el coste de vida más barato garantizaba una jubilación cómoda y placentera.

Seducidos por el marketing de una calidad de vida envidiable, cientos de familias, en su mayoría jubilados, se establecieron en San Fulgencio, convirtiendo a la localidad durante unos años en la que mayor población extranjera concentraba de toda España, superando el 70% del total del padrón.

Viviendas vacías

Ahora que los años han ido pasando, muchos de esos extranjeros de avanzada edad han fallecido y otros han decidido retornar a sus países de origen. En algunos casos, sus herederos siguen residiendo fuera del país y las casas permanecen vacías casi todo el año, puesto que sólo se habitan durante los periodos vacacionales. Otros en cambio siguen viviendo en San Fulgencio aunque también pasan temporadas en Gran Bretaña, Alemania o Suecia. Y son estos los que en muchos casos no permanecen empadronados en esta localidad de la Vega Baja, por lo que oficialmente no figuran como vecinos del municipio.

La sangría demográfica no sólo está teniendo consecuencias negativas para el comercio o la hostelería del término que está viendo reducida su clientela, lo que ha motivado que algunos incluso hayan bajado la persiana. El descenso poblacional ha traído consigo el pinchazo del balón de oxígeno que suponía para las arcas municipales el ingreso de las ayudas del Estado que se reparten en función del número de residentes. Según detalla el regidor, el consistorio recibe una ayuda de unos 175 euros por vecino. Si hace un año el municipio sufrió un descenso de ingresos de casi 600.000 euros por el descenso de población, lo que obligó a subir impuestos como el IBI, este año se volverá a sufrir un recorte cifrado en torno a los 350.000 euros. En definitiva, casi un millón de euros menos de presupuesto en dos años.

El primer edil, Carlos Ramírez, manifiesta su preocupación ante el descenso progresivo de habitantes en el municipio puesto que el Ayuntamiento tiene que seguir prestando los mismos servicios con menos dinero y teniendo en cuenta que, según su percepción, en la localidad habitan más residentes de los que figuran en el padrón y muchos no se registran «por miedo a perder derechos en sus países».

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