Origen de la Semana Santa en Orihuela

19.03.2016 | 22:56

El origen de la Semana Santa de Orihuela tiene lugar en la segunda mitad del siglo XVI en la capilla extramuros de la Catedral, dedicada a Santa María del Loreto, en el contexto de la contrarreforma, y en un período histórico de gran esplendor para la ciudad, en aquel momento cabeza de gobernación, incipiente sede episcopal y principal centro universitario del mediodía valenciano. En sus raíces confluyen un fuerte sustrato teológico, devocional y cultural -cultos, creencias y prácticas devocionales relacionados con el culto a la Vera Cruz, la sangre de Cristo y el movimiento de los disciplinantes difundido por San Vicente Ferrer- que propició el nacimiento de las primitivas procesiones de Semana Santa, en nuestro caso la procesión de la Sangre de Cristo, un cortejo de flagelantes que en penitencia pública rendían culto a las imágenes de Jesús Nazareno o la Soledad entre otras. Una estética procesional que ha quedado fosilizada en la población riojana de San Vicente de la Sonsosierra y representa los orígenes de la Semana Santa española.

Las primitiva procesión de la Sangre de Cristo, caracterizada por la presencia de disciplinantes, siguiendo la costumbre extendida en las áreas limítrofes castellanas y en la Corona de Aragón, a la que pertenecía Orihuela desde 1304, como capital de gobernación en el antiguo Reino de Valencia, evolucionó en el barroco hacia una procesión estamental que se celebraba en el atardecer de Viernes Santo, y pervive en la actualidad el Sábado Santo en la tarde, como una manifestación pública de fe donde las clases sociales se encuentran representadas de acuerdo a un estricto protocolo y acompañan a Cristo muerto y a la Virgen María en su Soledad, vestida de luto. Una escenificación de la imagen de la ciudad y su huerta propia de otros tiempos, presentada de manera ordenada, jerárquica, estratificada en los estamentos y las instituciones que la componen.

La situación fronteriza de la ciudad de Orihuela, entre los reinos de Castilla y Aragón, posibilitó que a través del Valle del Segura llegaran influencias castellanas, significativamente de Murcia y Cartagena, de la mano de la orden franciscana establecida en la urbe oriolana y dependiente de la provincia seráfica cartaginense. En el siglo XVII surgirá una nueva procesión en la mañana de Viernes Santo organizada por la Venerable Orden Tercera de San Francisco, establecida en el convento de los Padres Franciscanos de Santa Ana con diferentes pasos procesionales de la Pasión del Señor, cuya figura principal era la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que con el transcurrir de los siglos, fue considerado como el patrón popular de Orihuela, protector de la ciudad y su huerta. En esta procesión se dejó notar la estética murciana, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, con la inclusión de elementos como bocinas y tambores, que anunciaban la llegada del nazareno, adoptados a «imitación de Cartagena y Murcia», o con el encargo de imágenes al escultor Francisco Salzillo Alcaraz, como fue el grupo escultórico de Cristo crucificado con la Magdalena a sus pies (1774).

La magnificencia del barroco caracterizó las procesiones, principalmente la del Viernes Santo en la mañana, y marcó la creación de otras nuevas como la del Jueves Santo en la tarde, organizada por la Real Congregación de Nuestra Señora del Pilar contra el Pecado Mortal, donde la presencia de obras procesionales de Salzillo como el Prendimiento (1736), el Lavatorio (1758 - 1761), o el Ecce Homo (1777), motivó un cambio sustancial: el carácter penitencial quedó en un segundo plano en favor de la fiesta barroca, la grandeza y el esplendor de las procesiones derivó en un ambiente más festivo y popular. Prueba de ello, es la ampliación de los cortejos procesionales con nuevos «pasos», elementos musicales, la inclusión de escoltas romanas, «armados con yerros» indumentarias nazarenas de vistosidad y suntuosidad o la entrega de obsequios a los asistentes a las procesiones, actitudes que fueron perseguidas por las autoridades eclesiásticas y los ilustrados, que conllevaron incluso la suspensión de la citada procesión de Jueves Santo que no se reanudó hasta varias décadas después.

Durante estos siglos la intervención de los artistas más relevantes del barroco en el área mediterránea, como el estrasburgués Nicolás de Bussy con la Insignia de la Cruz, popularmente conocida como «la Diablesa» (1695), las citadas obras del insigne murciano Francisco Salzillo Alcaraz o del academicista valenciano José Puchol Rubio, por señalar algunos ejemplos destacados, lograron ensalzar unas procesiones de Semana Santa con un sello peculiar que han recibido a lo largo del tiempo influencias de otras poblaciones, que asimiladas y adaptadas a las características propias vernáculas, propiciaron la creación de una estética distinta y diferenciadora.

Tras la Guerra de la Independencia se inicia una nueva etapa en la Semana Santa oriolana donde la organización de las procesiones quedará en manos de la Orden Tercera de San Francisco, a excepción de la procesión del Santo Entierro de Cristo, bajo la tutela del Ayuntamiento de Orihuela. La labor desarrollada durante el período de 1820 – 1840 por Fray Mariano de la Concepción Luzón conllevó el auge de la procesión del Viernes Santo en la madrugada en la que se exponía en orden pasional los últimos momentos vividos por Cristo a través de aquellas antiguas imágenes custodiadas por los franciscanos durante siglos, y otras de nuevo encargo, que venían a completar un rico cortejo procesional de clara influencia murciana, que buscaba similitudes con la procesión de la mañana de Viernes Santo de la cofradía de Jesús. En este sentido, se incorporaron pasos procesionales: la Samaritana, San Juan Evangelista y la Dolorosa, la Santa Cena o el Descendimiento y se mejoraron otros como los Azotes, con el concurso de escultores como el italiano Santiago Baglietto, el alcoyano José Pérez o el valenciano Felipe Farinós.

A partir de la segunda mitad de la centuria surgieron nuevas procesiones, son los casos de la procesión de Martes Santo, organizada por la Orden Tercera de Alcantarinos establecida en el convento de San Gregorio y que tenía como imagen principal a Nuestro Padre Jesús de la Caída (Salzillo, 1754), mientras la Mayordomía del Pilar, volverá a celebrar su procesión tras el castigo impuesto en el siglo XVIII por el obispo José Tormo Juliá, pero esta vez el Miércoles Santo. No obstante, el objetivo de estas cofradías era trasladar sus pasos procesionales desde su sede canónica hasta el Santuario de Nuestra Señora de Monserrate donde se iniciaba la procesión general de Viernes Santo, la principal de la Semana Santa, bajo la dirección de la Venerable Orden Tercera de San Francisco.

En 1891, nació una nueva organización con el objetivo de dar mayor esplendor a las procesiones de Semana Santa, la Sociedad Compañía de Armados, que con el tiempo serán conocidos popularmente como «los Armaos», en la actualidad una de las señas de identidad más significativas de la Semana Santa oriolana y de la propia ciudad. Junto a la Centuria Romana de la Macarena (Sevilla), es una de las agrupaciones pasionarias que representan a soldados romanos más espectaculares y de mayor antigüedad de España. Su vestimenta mantiene la visión romántica que se tenía de un soldado romano en las postrimerías del siglo XIX, vinculada en cuanto a su estética a los tercios españoles.

Estas procesiones decimonónicas, descritas detalladamente por el escritor Gabriel Miró en una de las obras más monumentales de la literatura española, el Obispo Leproso (1926), sufrieron importantes cambios tras el estallido de la Guerra Civil, que supuso la destrucción de numerosos pasos procesionales, principalmente aquellos pertenecientes a la Venerable Orden Tercera de San Francisco, a la sazón organizadora de las procesiones de Semana Santa. En la posguerra, las dificultades económicas por las que atravesaba no permitieron la recuperación de las imágenes desaparecidas, por el contrario motivó el nacimiento de nuevas cofradías y hermandades, la institución de la Junta Mayor, como máximo organismo director, el surgimiento de nuevas procesiones los días de Domingo de Ramos, Lunes Santo y Jueves Santo, completando una Semana Santa más intensa y participativa, el encargo de grupos escultóricos a artistas de la talla del madrileño Federico Coullaut Valera, del oriolano José Sánchez Lozano, que realizó en 1940 una nueva imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y su discípulo Manuel Ribera, del bilbaíno Quintín de Torre, los valencianos Enrique Galarza, y Antonio Gresses o el montañés Víctor de los Ríos.

La Semana Santa oriolana como patrimonio cultural inmaterial tiene asociado un amplio conjunto patrimonial de carácter material: la imaginería, la orfebrería, la arquitectura y la propia ciudad histórica como escenario único donde se desarrollan las expresiones pasionarias que rememoraran año tras año la Pasión de Cristo, tal como la concibió el pueblo a lo largo de su historia, fueron los instrumentos de expresión de las creencias individuales y colectivas sobre la vida, la muerte y la esperanza en la Resurrección. Esta es la verdadera riqueza de la Semana Santa, una manifestación socio – religiosa que a través de lo material, es capaz de englobar un conjunto de valores, creencias y una mentalidad que perdura ya varios siglos en nuestro territorio.

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