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La última oportunidad

19.10.2016 | 12:21
La última oportunidad

Elia está muy enfadada, nunca puede jugar en casa porque debajo vive un vecino gruñón. Es Don Facundo, que se queja siempre dando golpes en el techo con la muleta con la que camina. Piensa Elia: «Quizás está demasiado solo».
Intenta idear un plan para dar solución al problema. Después de varias tentativas intenta idear otra. Cree que está demasiado solo y se aburre.
Intentó montarle una fiesta, para que acudieran amigos a su casa para divertirse, ¡Y no los recibió! Intenta con otra hipótesis ablandar el corazón de don Facundo. Sería su último intento. No podía seguir así. Estaba cansada de que todo le saliera mal, Si la pillaban papá se enfadaría.
Se tumbó en la cama y comenzó a dibujar un corazón. No un corazón real sino uno de Cupido, indignadísimo de amor. La última hipótesis consistía, en buscarle una novia a Don Facundo.
El miércoles por la tarde, Elia cogió el teléfono inalámbrico y se metió con él en su habitación. Antes de marcar el número ensayó la voz a utilizar. Lo de impostar voces se le daba bien. Siempre que contaba una historia la adornaba con cambios de tono de los que tenía un buen repertorio.
Esta vez decidió imitar a la «teacher». Su voz le salía calcada y nadie pondría dudar de ser una persona adulta de verdad. Después del ensayo, abrió la libreta y tomó el número y lo marcó. En esta ocasión no podía arriesgarse a contar solo con la gente del barrio. Era su última oportunidad y no quería desaprovecharla. Ampliaría las fronteras, ¡iba a dirigirse a toda la ciudad!
–Holaaa, buenas tardes, me gustaría poner un anuncio. ¿Son gratis? Vale, pues uno de esos. Sí, un anuncio con palabras, ¿Y cuándo va a salir? ¿En el diario del viernes? Ah, pues muy bien, tome nota por favor:
«Don Facundo está triste, ¿qué tendrá don Facundo? Los suspiros se escapan de su piso segundo. Que ha perdido la risa y el humor, y en un banco del parque, mañana por la tarde, te espera con una flor».
¡Genial! Ya había puesto el cebo y había lanzado la caña tenía que esperar a que picaran. Elia estaba convencida que, gracias a su anuncio, le iban a salir novias a montones. El sábado, el parque estaría repleto de mujeres deseosas de conocer a ese señor tan triste y romántico que le esperaba para regalarle una flor. Bueno, al menos dos o tres sí que irían por curiosidad. Ahora faltaba la segunda parte: convencer a don Facundo para que el sábado saliera de la cueva. Era lo más difícil. Elia estuvo trabajando durante horas. Y aunque intentaba ponerse en la piel de una enamorada, no le salía, ella nunca había estado enamorada.
Después de mucho pensar, escribir y borrar tuvo que terminar la nota. No podía demorarse más. Había llegado el momento de echarla por debajo de la puerta. La nota decía: «Hola, te escribo porque necesito hablar contigo, Cada vez que pienso en ti, mi corazón late con frenesí. Te espero en el parque mañana por la tarde. No faltes, por favor. Y tráeme una flor».
El sábado por la mañana, Elia estuvo de lo más inquieta. No acertaba a hacer nada bien. No se centraba. Su padre tuvo que preguntarle si se encontraba bien. Terminó limpiando las lentes de sus prismáticos.
Después de comer, se asomó al balcón y echó un vistazo a los bancos del parque. Estaba nerviosa, sentía frustración y temía que perdería el partido.
Lo veía todo absurdo, se fue a ver la tele y se quedó dormida en el sofá, se despertó sobresaltada.
–¡Qué tarde! ¿Qué hora es?
–Las seis y pico –contestó su padre–. No te preocupes, la mamá de César me dijo que pasaría a recogernos a partir de las ocho.
Faltando a su promesa, Elia se levantó y salió al balcón. Tomó sus prismáticos y recorrió todos los bancos... ¡Allí estaba él, don Facundo Iracundo, su vecino del segundo! Estaba charlando con el señor del andador. Estaba trajeado, con pajarita y una rosa sobre las rodillas. ¿Y dónde estarían las novias? Hizo un barrido por todo el parque, pero no encontró ni una sola la mujer,
Se sintió culpable y empezaba a darle pena don Facundo. Se consolaba que al menos había estado entretenido con el señor del andador. Lo mismo hacía más amigos.
En ese momento, una mujer se introdujo en el campo de visión de los prismáticos, se acercó al banco y se detuvo frente a don Facundo. ¡Una novia! Era guapísima, era más joven que él y llevaba un vestido precioso.
Don Facundo se levantó tan rápido que la flor cayó al suelo, se dieron un abrazo y salieron del parque tomados del brazo, el hombre del andador miró la muleta que don Facundo se había olvidado. Se agachó, cogió la flor y una mujer se acercó a él y le preguntó algo.
Al día siguiente la noticia corrió. El padre entró en el dormitorio, descorrió las cortinas y le dijo: «¡No te lo vas a creer! Me lo acaba de contar Amalia».
–¿Qué te ha contado?
–Pues que don Facundo tiene...
–¡¡Una novia!! –gritó Elia, levantándose y levantando los puños en señal de victoria.
–¡Qué va! Una novia no... No creo que esté el hombre para esos trotes, a su edad. Mejor aún: ¡tiene una hija!
Elia se paró de golpe.
–¿Una hija?
–Sí, tiene una hija. Por lo visto estaban enfadados y no se veían desde hacía un montón de tiempo, pero ayer se encontraron en el parque e hicieron las paces. ¿No es maravilloso?
La niña, con la boca abierta, no supo contestar.

Extraído del libro
«Don Facundo Iracundo,
el vecino del segundo»
Autor: Roberto Aliaga
Ilustrador: Raúl Sagospe
Editorial Edebé

ACTIVIDADES
1.- ¿Por qué Elia estaba muy enfadada?
2.- ¿Cómo era don Facundo? ¿Qué hacía? Haz un dibujo de este personaje.
3.- ¿Qué plan idea Elia para que tenga compañía?
4.- Escribe un cuento de una persona ma­yor que vive sola y necesita compañía. Envía­lo, acom­pañado de un dibujo, al Concurso Literario del Grupo Leo. Apartado de Correos 3.008, 03080 Alicante. Indica tu nombre, apellidos, cur­so, colegio y teléfono.

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