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A la porra la capucha roja

Caperucita Roja está cansada de llevar esa prenda porque los otros niños se burlan de ella - La abuelita y el lobo también quieren escaparse del cuento

21.09.2016 | 07:36
A la porra la capucha roja
A la porra la capucha roja

En casa de la Caperucita había una buena montada, el griterío se oía a la legua. Bueno, quizás «a la legua» es exagerar, pero desde el camino se escuchaba perfectamente. En un día normal, Caperucita Roja haría un rato que habría salido de casa enfilando el atajo del bosquepara dirigirse a la de su abuelita, y ya estaría a medio camino. Pero aquel era un día extraño, la noche anterior había habido luna llena, Caperucita prácticamente no durmió escuchando los aullidos del lobo y, por si fuera poco, nevaba copiosamente. Estaba claro, no se había levantado con buen pie y no estaba para romances.

–Mira, mamá, estoy harta, soy demasiado mayor para llevar esto. No me la pienso volver a poner, así es imposible pasar desapercibida por el bosque. ¡A la porra la capucha roja! –clamó la muchacha lanzándola con furia al suelo.

–¡Justamente! De esto se trata, de que no pases desapercibida, de que alguien, cazador, leñador o paseante, te vea por el bosque y así te pueda localizar en caso de que te pierdas o de que te pase algo.

–Claro, tú no vas por ahí dando risa, de ti no se burlan los niños diciéndote cosas como: «Roja, roja como una amapola. El lobo te asará en una cacerola».

–¿Esto te dicen?

–Y cosas peores: «Con su caperuza roja, cada día está más loca» o «Caperucita rojita, corre, corre, pasa, pasa. Déjanos la cestita y un pastel de calabaza».

–Vaya, no los hacía tan ingeniosos a esos ceporros del bosque.

–¿Qué?

–Nada. Tendré que ir a hablar con los padres de esos granujas.

–Y mientras tanto, ¿qué?

– Mientras tanto nada, te pones la capucha roja, que hace frío y nieva, y te vas a casa de la abuela que debe estar esperándote.

–Ni pensarlo, soy un blanco perfecto.

–¡Pero si vas de rojo!

–Madre, no te hagas la graciosa. Cuando es época, me lanzan bellotas, nueces y avellanas, pero ahora que se han acabado ¡me lanzan piñas!

–Serán...

–Sí, lo son.

–¿Y qué podemos hacer?

–No sé, ¿qué tal si cambiamos el color de la caperuza y me haces un abrigo más moderno?

–¿Tú crees? ¿Y si te llevas una raqueta y les devuelves las piñas cuando te las lancen?

–¡Mamááá!

–Vale , vale, déjame pensar...

Mientras tanto, el lobo feroz esperaba en su rincón del bosque, más helado que un piojo, pues había nevado y corría un airecillo de aquellos que cortan el aliento. Se frotaba las patas y de cuando en cuando el hocico, del que le colgaba el moquillo. Por más que oteaba el horizonte en busca de alguna capucha roja, esta no aparecía, ni roja ni de ningún otro color. Desesperado, se quejaba:

–No, si ya me lo decía mi padre que este no era un buen oficio. Ya verás, cualquier día me encontrarán aquí riéndome, tieso como un rábano. ¿Dónde demonios se habrá metido esta niña? Mira, ¿sabes qué? Me voy a casa de la abuela a ver si sabe algo.

Y así lo hizo, por el atajo más corto, corriendo como un gamo perseguido por una jauría para ver si entraba en calor, llegó el lobo a casa de la abuela y llamó con fuerza tres veces a la puerta: ¡pom!, ¡pom!, ¡pom! Pero allí no abría nadie. Tuvo que llamar todavía más fuerte: ¡pom!, ¡pom!, ¡pom!

–¡Ya va, ya! –se oyó al fondo– ¿Quién es?

–¿Quién ha de ser? ¡Yo, el lobo! ¡Abre!

La abuela abrió la puerta, se quedó mirando como el lobo se frotaba las patas y se echaba el aliento a las zarpas para entrar en calor y le dijo:

–Ostras, me había dormido esperándote. ¿Tú no tenías que decirme que eras mi nieta poniendo vocecita?

–Sí, pero tu nieta no ha aparecido y en el rinconcito aquel hace un frío que hiela los pensamientos. ¿Me vas a tener aquí en la puerta a ver si cojo una pulmonía o me vas a dejar pasar?

–Pasa, pasa. Ahora te preparo un caldo calentito o una sopita.

La abuela se fue a la cocina a trastear con las cacerolas mientras el lobo se arrimaba a la chimenea y se pegaba dos o tres quemazos de tan helado como estaba. Al momentito ya tenía a la abuela a su lado con un tazón humeante en las manos.

–¡Qué olor a chamusquina! ¡Saca la cola de ahí, que todavía le pegarás fuego a la casa!

–¡Auuuuuuu! –dijo el lobo, apagándose la cola, y mientras sorbía aquel caldo que hacía revivir a un muerto, le preguntó– ¿Tú sabes algo de tu nieta?

–¡Yo? Ni que fuera adivina. Vete a saber, a lo mejor está enferma o se ha peleado con su madre; siempre están a la greña, como el perro y el gato.

–Hum?¿y ahora qué hacemos?

–No lo sé, pero mientras viene o no viene, podíamos ahorrarnos la parte esa en que tú me tragas, es bastante asqueroso estar en tu barriga, ¿sabes?

–No creas que a mí me gusta mucho tenerte ahí dentro, no vayas a pensar, sobre todo cuando llevas horquillas en el pelo que se te caen por ahí y acabo con unos dolores de estómago?Por no hablar de aquella vez que se te perdió la dentadura postiza.

–Mira, mejor no me hables de eso.. Si pienso como la recuperé...

Extraído del libro «Siete caperucitas y un cuento con lobo»
Autor: Carles Cano
Ilustraciones: Emilio Urberuaga
Editorial Anaya

ACTIVIDADES
1.- La abuela y el lobo quieren escaparse del cuento. ¿Se te ocurren algún sitio al que les gustaría ir?
2.- Este texto se presta mucho a la dramatización. En colaboración con tu equipo de trabajo montad esta escena y representarla delante de vuestros compañeros.
3.- Dibuja una Caperucita y un lobo, intenta ser original y no los copies de ningún dibujo ya existente.
4.- Escribe una historia disparatada en la que los per­sonajes sean Caperucita y el lobo y mándala, acompañada de un dibujo, al Concurso Literario del Grupo Leo. Apartado de Correos 3.008, 03080 Alicante. Indica tu nombre, apellidos, curso, colegio y número de teléfono particular.

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