04 de octubre de 2015
04.10.2015

Sala con vistas a una familia

Rosario Porto y Alfonso Basterra declaran que su hija Asunta, por cuya muerte están siendo juzgados, era una niña «querida» y que no les «estorbaba», como apunta la acusación

04.10.2015 | 00:55
Rosario Porto.

La historia del crimen de la niña Asunta Basterra es un relato plagado de misterios como los que a ella le gustaban, solo que, a diferencia de lo que ocurre en esos libros, esta vez la muerte es de verdad. La vista oral que ha arrancado esta semana en Santiago busca despejar las incógnitas que sobrevuelan un caso que ha disparado la atención mediática y que, dos años después, sigue suscitando tanta atención que un centenar de periodistas se ha apostado en las cercanías para seguir el desarrollo del proceso.

La última respuesta la tendrá un jurado popular que costó formar. El letrado de Rosario Porto, la madre de la pequeña, acusada de ponerse «de acuerdo» con su exmarido, Alfonso Basterra, para matar a la niña, se temía que la repercusión mediática del suceso haría difícil conseguir reunir a nueve personas y dos suplentes que demostraran «imparcialidad» y que no hubieran sido contaminados por la intensa exposición mediática del caso. No obstante, este pasado martes ese gran paso, que ya provocó en junio la suspensión del proceso, pudo al fin darse y cinco hombres y cuatro mujeres, han logrado el visto bueno de todas las partes, defensas incluidas.

Conocidos de los acusados, amigos, profesionales con los que la vida los llevó a relacionarse, pero también miembros de la Policía y la Guardia Civil que investigaron el caso o ciudadanos que solo las circunstancias pusieron en el camino de Asunta o de su cadáver, como quienes descubrieron su cuerpo en una cuneta en Teo en la madrugada del 22 de septiembre de 2013, desfilarán ante los integrantes de un tribunal presidido por el magistrado Jorge Cid. También múltiples peritos, que servirán, entre otras cosas, para que acusaciones y defensas confronten sus tesis de cuándo falleció la niña, dirimir cuál es la relevancia de los hallazgos en la finca familiar de Montouto para la instrucción o aclarar las circunstancias que hicieron que el instructor excluyera de la ecuación a un tercer hombre y se quedaran los dos acusados.

Las víctimas
Aunque en el corazón del proceso está Asunta, sus padres, a través de sus letrados, han transmitido que son las «víctimas» de todo lo sucedido, siempre después de la niña, aunque nunca, critican sus letrados, se les ha considerado como a tales. José Luis Gutiérrez Aranguren, defensor de Rosario Porto, que optó por salir a la palestra desde que se hizo cargo de la defensa de la madre de la niña, lo contrario de lo que ocurrió con la abogada de Alfonso Basterra, proclamó ante el tribunal: «Rosario no me pidió "defiéndeme, que yo soy inocente", me dijo "encuéntrame a quién mató a mi hija"».

De ahí que el defensor vuelva otra vez a insistir en la vía del tercer hombre y asegure que «el verdadero culpable» está «ahí fuera». No obstante, las acusaciones –tampoco el presidente del tribunal, que rechazó su propuesta de incluir artículos sobre el pederasta de Ciudad Lineal– descartan esta alternativa y ponen solos bajo los focos a los progenitores.

Desde que se subieron al estrado, los dos acusados, que adoptaron a la pequeña en China cuando tenía menos de un año, frecuentaron los adjetivos positivos para describirla: «brillante», «especialmente guapa», «imaginativa», «querida», «bromista», «de altas capacidades», «obediente»... Para Rosario Porto, Asunta era su «única preocupación». Para Alfonso Basterra, periodista y «amo de casa al uso», según su letrada, era «lo que más quería del mundo».

La gran pregunta
Porto, entre sollozos –«Yo no maté a mi hija, no la maté»–, y Basterra, con indignación –«Por supuesto que no»–. Ambas declaraciones de inocencia, ofrecidas a sus abogados, los únicos que les plantearon a bocajarro la gran pregunta que en el fondo deben responder los integrantes del tribunal, fueron el colofón de dos jornadas de interrogatorio maratonianas y la línea de salida de una carrera que se prevé de fondo.

Pero el tono de esas declaraciones es también una muestra de los diametralmente opuestos talantes con el que las afrontaron ambos unos interrogatorios en los que contestaron a todas las partes, aunque solo bajaron un poco la guardia, como Basterra, ante sus abogados. Mientras Porto ha acudido con luto riguroso y encara las sesiones cabizbaja, con rostro compungido y afectado por un casi permanente rictus de dolor, cuando no directamente se seca las lágrimas (nunca falta el paquete de kleenex en su mesa), su exmarido, Alfonso Basterra, ha optado por una apariencia más informal que combina con un discurso más seguro, incluso desafiante por momentos, con la inclusión de críticas a la manera en cómo se llevó la instrucción e incluso a cómo desarrolló el fiscal su interrogatorio. A este último, el periodista llegó a demandarle «empatía» y le reprochó que aludiera al «cadáver» de Asunta en vez de referirse a ella por su nombre.

Veinte años de cárcel
La partida en la que los progenitores se juegan un máximo de 20 años de su vida (los que pide la acusación popular) acaba de empezar, y algunas de las cartas ya han sido puestas boca arriba, incluidas las de la acusación, que ya ha esbozado los principales indicios en su contra.

En la línea de salida, ambos acusados parecen haber firmado un pacto de no agresión. Al menos en la reivindicación de una paternidad implicada. Porto aseguró que su exmarido tenía «muy buena relación» con la pequeña y que no solo desarrollaba muchas tareas de intendencia doméstica que le hacían la vida «más cómoda», como ocuparse de las comida, sino que la escoltaba casi a todas partes. Hasta el punto, añadía, de que cuando iba a buscarla a casa para llevarla al instituto, la menor, a la que le gustaba ir sola hasta el centro porque «eso la hacía sentirse mayor», según Porto, decía con cariño al oír el timbre: «Ya está ahí el pesado de papá». El viernes, Basterra le devolvió los cumplidos: «Rosario Porto fue, a mi juicio, y así lo sostendré siempre, la madre que toda niña hubiese deseado tener».

También han coincidido en aspectos de su declaración, sobre todo cuando se les señala algún punto en el que sus discursos difieren de los que inicialmente realizaron en la fase de instrucción. Ambos achacan incoherencias o lagunas con respecto a esos primeros días con un mismo argumento: ¿cómo se puede esperar coherencia de alguien al que acaban de comunicarle que han hallado el cuerpo sin vida de su hija?

Incoherencias
Basterra, ante un comentario del fiscal que le recrimina que ofrezca numerosos detalles de la jornada del 21, pero que no sea tan concreto a partir del registro de la finca de Teo, alega: «Hay un cambio sustancial. Perder un hijo es algo absolutamente desgarrador que no le deseo ni a mi peor enemigo».

Rosario Porto, que confesó en la sala que sigue a tratamiento por depresión y que multiplicó la ingesta de fármacos tras la muerte, lo expresó de otro modo cuando le preguntaron sobre una papelera aparecida en esa casa y a la que, según la acusación, se dirigía para «alterar» las evidencias que contenía: «¿Cómo me voy a fijar en una papelera? Me acaban de decir que mi hija es el cadáver que han encontrado», espetó.

Una de las metas de la defensa de Porto fue desmontar la tesis de la acusación de que la niña «estorbaba». Para ello salieron a relucir futuros cursos en el extranjero e incluso una reforma para habilitar un espacio para que la pequeña tocase el piano. No obstante, Porto admitió que una niña como la suya, «de altas capacidades», «consume energía».

A partir de mañana, los grandes protagonistas de la historia, aparte de la niña, ceden el turno a unos secundarios que podrían ser determinantes en su futuro. Está por ver si con sus intervenciones serán capaces de clarificar incógnitas sobre las que aún hay dudas, como qué ocurrió el día en que no fue al instituto o el anterior, cuando se desconectó la alarma de Montouto; qué hay tras las diversas versiones de los episodios de intoxicación detectados en las clases de música; cómo llegó el Orfidal a su cuerpo, la trascendencia de las imágenes de su teléfono o lo ocurrido con el portátil de Basterra.

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