Vidas truncadas

Una guardia civil, un vicario, un periodista, dos estudiantes de Medicina, un veterinario y vecinos de varias provincias figuran entre los fallecidos en el siniestro Entre los extranjeros muertos hay una funcionaria dominicana que quería darle una sorpresa a su hermana

26.07.2013 | 01:21

La lista oficial de fallecidos en la catástrofe ferroviaria no se difundió anoche como estaba previsto, pero a lo largo de la jornada fue conociéndose la identidad de muchas víctimas que viajaban camino de Santiago de Compostela, como la guardia civil Elena Ausina, destinada en el puesto del pequeño municipio de Yunquera de Henares (Guadalajara). Elena era de origen gallego y, como muchos de sus paisanos, había decidido pasar con la familia la fiesta del patrón de su tierra natal.
Nacida en La Coruña en 1980, Elena era guardia desde 2007, estuvo destinada en Almería y La Vall d'Uixó (Castellón). Desde febrero de 2009, trabajaba en Yunquera de Henares. Más suerte tuvo un compañero del cuerpo. Un guardia que en sus días de vacaciones había decidido hacer el Camino de Santiago en bicicleta. Por algún motivo, el agente decidió coger el tren en la última etapa del recorrido y la suerte quiso que resultara ileso, lo que le permitió auxiliar y atender a las víctimas desde el primer momento del accidente.
Otro de los fallecidos fue el periodista Enrique Beotas, que trabajaba en Gestiona Radio, emisora que informó de su muerte. «Enrique Beotas, compañero y amigo de Gestiona Radio, abulense con alma de gallego, tierra en la que ha perdido la vida y quería con pasión», según el comunicado de la emisora en la que dirigió y presentó los programas «Autores de la vida» y «La Rebotica». Nacido en 1955, en el currículum de Beotas aparece toda una vida profesional dedicada fundamentalmente a la radio. Su voz pudo escucharse en la Ser, Radio España, Radio Voz, Cadena Blanca, Onda Cero y Punto Radio. Ayer, un tren la ha callado para siempre.
El dolor marcó la jornada de ayer en toda España y muy especialmente a los familiares y amigos de las víctimas, como al ministro de Educación, José Ignacio Wert, quien desveló en Mérida que uno de los fallecidos en el tren era amigo suyo, en referencia a Enrique Beotas.
Juan Domínguez, centrocampista del Deportivo de la Coruña, perdió a dos familiares suyos, un primo y una tía política. El jugador abandonó la concentración de su equipo en la localidad lucense de Monforte de Lemos y se trasladó a la casa familiar en la parroquia de Limodre, en Pontedeume (A Coruña), para estar con sus allegados.
Cinco de los siete vecinos de San Fernando (Cádiz) que viajaban de vacaciones tres matrimonios y la hija de uno de ellos figuran entre las víctimas mortales, según fuentes de la Junta de Andalucía.
Una mujer residente en Toledo, que viajaba con su marido y resultó herido grave, es una de las cuatro personas fallecidas de Castilla-La Mancha en la tragedia de Galicia. Este matrimonio tenía vínculos con la alcaldesa de El Pedernoso (Cuenca), la socialista María Ángeles Baleriola, ya que son consuegros. El marido de la fallecida es Antonio Rodríguez, quien fuera secretario general técnico de la Consejería de Presidencia de la Junta de 1987 a 1992 y el primer síndico de Cuentas de Castilla-La Mancha.
La madre del político gallego Carlos Vázquez Padín, presidente de Converxencia XXI, también se encuentra entre los muertos, como un joven de 21 años nieto del alcalde popular de Bohonal de Ibor (Cáceres).
Un vicario de la Iglesia de Santa Teresa de Colmenar Viejo (Madrid), José María Romeral, de 67 años, no sobrevivió al descarrilamiento, como Rosalina Ynoa, una alta funcionaria de la República Dominicana que quería dar una sorpresa a su hermana visitándola en la capital gallega. Rosalina Ynoa era la menor de varios hermanos y tenía cuatro hijos.
Rosalina no fue la única víctima extranjera. Estados Unidos confirmó la muerte de un ciudadano estadounidense y la colombiana Sara Fuenmayor, de 36 años y madre de una niña de once años y un niño de tres, se encuentra entre las decenas de muertos, según el periódico El Colombiano.
Víctimas de Segovia y Valdepeñas
Un joven veterinario segoviano de 27 años figura también en la lista de víctimas mortales, igual que una joven de 30 años de Valdepeñas (Ciudad Real), que viajaba con su novio herido y el padre de éste, que estaba pendiente de encontrar a mediodía. También perecieron dos estudiantes de tercero de Medicina de la Universitat de Lleida (UdL), David Martín originario de Extremadura y Laura Naveiras, vecina de Galicia, que eran pareja y viajaban juntos en el tren accidentado. La muerte le sorprendió igualmente a una joven orensana de 22 años, Celtia Cabido, natural de Xunqueira de Ambía, que iba a Santiago para ver a unos amigos de Erasmus.
Un matrimonio de Cartagena, residentes en la pedanía de Roche Alto, también falleció en el accidente. Su hijo es comandante del Ejército y en el momento de la tragedia se encontraba destinado en Afganistán. Se trata de Leonor Buendía, una maestra jubilada de 67 años de edad, y su marido, José Luis Valeiras, militar de profesión, y de 70 años.
Francisco Vázquez, en su círculo íntimo Paco, es uno de los supervivientes de la catástrofe ferroviaria. Estaba en Madrid por trabajo y regresaba a Galicia cuando el convoy descarriló. «Tengo un nuevo cumpleaños que celebrar», escribe en la red social Facebook. «He vuelto a nacer y me di cuenta de que tengo a alguien ahí arriba que mira por mí», prosigue, en una clara alusión a su padre, fallecido. Desde el hospital, escribe que lo suyo, pese a las fracturas y contusiones, «no ha sido nada», y que en unos días estará «dando guerra», como siempre. Agradece las llamadas y los mensajes, y promete contestar a todos, pero no ahora, porque está consternado, su móvil «saturado» y el portátil que usualmente lo acompaña se quedó en ese tren que cubría la ruta Madrid-Ferrol.
Luis Ledesma esperaba que su novia, la mexicana Yolanda Delfín Ortega, de 22 años, corriera la misma suerte que Paco, pero el Gobierno del estado mexicano de Veracruz confirmó su fallecimiento. Desde hace seis meses estudiaba Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, dentro de un programa de intercambio, y regresaba de la capital española, donde había dejado en el aeropuerto a su madre y a su hermana, que habían estado visitándola.
«Pero, ¿por qué el Apóstol se ha llevado a mi niña», «madre mía, pero yo por qué habré dejado ir en ese tren a mi hijo», «mi crío tenía 21 años, ¡21 años!». Son algunas de las frases que se han escuchado desde el mismo inicio del protocolo por el que se comunican las malas noticias. Personas cubiertas con mantas, otras portando fotos de los suyos, la mayoría desviando la mirada para evitar el foco y el micrófono... Es la historia de un drama con demasiados nombres propios.

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