Ricardo Padilla López
Raval Roig siempre
Domingo 7 de septiembre de 2008: he pasado una mañana muy intensa en el barrio del Raval Roig. En plenas fiestas, el Raval se despertaba esta mañana con un almuerzo popular en la plaza de Topete después de una larga noche de verano de música y espuma. Descubir que Alicante sigue viva en sus tradiciones veteranas me produce una gran consuelo. Ya se sabe que en estos inicios del siglo veintiuno poco hay que pueda sorprendernos fácilmente, pero algo hay los primeros días de septiembre en el balcón que el Benacantil concede a los vecinos del Raval, que devuelve la ilusión a quien cree en la gente.
Pasacalles musical por esas calles de Alicante auténtico para descubir y saborear sus rincones más bellos y ocultos, sus misterios arrancados a la roca a lo largo de los siglos, los subterráneos abiertos por los ingleses para darle salida al mar a la fortaleza. Una acuarela de luz y mar sobre un fondo de antiguos pescadores, testigos de la vida que el Mediterráneo generosamente ha proporcionado a Alicante a lo largo de su historia, con los trazos hirientes del relato en boca de Óscar Llopis y Juan Beltrán (el cacahuero), último morador de las plantas bajas de Sangueta, del episodio de la riada de 1982 y su desesperado rescate en barca o el de Vicent Boronat, el dolçainer, recordando la escalofriante historia de su padre, condenado a muerte en guerra por una nimiedad y que salvó su vida por saber tocar la guitarra y entretener las melopeas de un capitán cerril.
Alicante, por encima de su modernidad, sus obras y sus fortuitos grandes eventos, sigue viva en su esencia más profunda gracias a su gente más humilde y olvidada que sobrevive en sus barrios históricos como San Roque, Santa Cruz y el Raval Roig.
Ricardo Padilla López
Colla Sant Antón