Siempre he pensado que la reutilización de un edificio para un uso distinto para el que fue creado, manteniendo su continente, es una medida que, en la mayoría de los casos, vulnera una de las bases más importante de una obra arquitectónica como es la del uso y destino final de la misma.
Bien es cierto que cuando sobre un edificio construido concurren las circunstancias de ser protegido (EP);, generalmente con protección de fachadas, el tema se complica. En estas circunstancias te tienes que adaptar a las normativas existentes, teniendo que respetar el continente de la edificación, que parece que realmente es lo importante, como ya hemos visto en algunos casos recientes y que comenté en su día. Si no ya me contarán cómo se pueden digerir casos como el del edificio del cine Ideal, que con tal de querer mantener su aspecto exterior o continente, se presumiera por parte de Patrimonio la reutilización de su interior como aparcamiento de coches manteniendo la fachada decimonónica. La realidad es que buscar a estos edificios pasados de moda un fin muy lejano de la realidad para la que fueron creados me parece un asesinato, arquitectónicamente hablando, y todo para mantener una fachada que en absoluto correspondería al resultado final de la actuación y así quedar perennes sus señas de identidad.
Los edificios tienen que tener primordialmente una lectura a la vista fácil de interpretar. Un colegio, por ejemplo, siempre te debe sugerir que se trata un centro educacional, sin necesidad de tener que ver a niños por los alrededores. Es decir, el continente del edificio es lo primero que a simple vista nos sugerirá el destino del mismo y que realmente formará parte de su nivel arquitectónico y después, como es lógico, que su uso o contenido responda a las necesidades para las que fue creado. Cuando en la lejanía divisas un campanario o cúpula sabrás que allí existe una iglesia. Es cierto que algunas iglesias han pasado a lo largo de la historia de cristianas a musulmanas y viceversa pero siempre han mantenido el uso de servir a los fieles, respetando el fin para el que fueron creadas, por eso perduran como tal. En nuestra ciudad se ha producido recientemente la transformación del Banco de Alicante, edificio de oficinas, en hotel manteniendo prácticamente la composición inicial y es difícil abstraerse al cambio surgido del contenido. Siempre se pensará que aquel edificio es de oficinas. Lo mismo nos ocurrirá con el hotel Palas, pero en sentido contrario. Todavía no comprendo el cambio de uso de este edificio. Posiblemente habrán imperado los motivos económicos. Creo que el edificio del hotel Palas, totalmente renovado, hubiera dado a la zona mucho más ambiente, por tratarse de una instalación hotelera y de la categoría que tenía ese hotel, que cualquier otro uso distinto para el que fue creado. Seguro que nunca los alicantinos nos haremos a la idea del cambio surgido con el nuevo uso a que se ha destinado la nueva edificación. Siempre echaremos de menos a ese vetusto, pero con clase, hotel Palas; con sus salones llenos de cuadros, su restaurante donde degustabas los exquisitos canelones y la terraza acristalada con su barra dando a la Plaza del Mar. Haber mantenido ese edificio como tal sí que hubiese sido respetar nuestras auténticas señas de identidad. No así ha ocurrido con el magnífico inmueble que proyectó nuestro querido Paco Muñoz. Me refiero a la Torre Provincial, rehabilitada para oficinas de la Generalitat, cuyo uso inicial de oficinas se ha manteniendo tras las obras realizadas.
Otro edificio, motivo principal de mi reflexión, es la actual estación de autobuses. Instalación construida al final de 1940 en la zona del Ensanche y realmente situada, en aquel entonces, casi en el extrarradio de la ciudad. La poca edificabilidad reinante en la zona durante aquella época (edificios de dos plantas y sobre todo almacenes generalmente dedicados a salazones);, convirtió a la estación en un hito. Hoy en día la estación está fuera de contexto en el entorno, rodeada de edificatoria muy por encima del volumen del propio edificio. La lectura que ofrece esta construcción, situada frente a la fachada de la calle Portugal, es imprecisa, sugiriendo más que una estación un edificio público de la época o un colegio de la dictadura de Primo de Rivera. Tan solo cuando estás situado en la dos calles adyacente, en las que divisas los andenes correspondientes con la entrada y salida de los autobuses, es cuando logras definir el edificio. En el interior, solo cuando accedes a la nave central de bóveda de cañón de hormigón, con sus lucernarios en el techo, es cuando realmente te sitúas en una estación de autobuses. Esta impresión la he tenido desde hace muchos años, cuando de joven realizaba mis viajes a Barcelona para estudiar Arquitectura. Para mí es lo único salvable de dicho edificio, junto con los murales de Gastón Castellón en los muros laterales. Podría quedar, debido a la luminosidad cenital, en jardín botánico de plantas autóctonas, formando así parte del conjunto posterior de la futura plaza que allí se proyectase. Desaparecería así toda la edificación que envuelve la nave central, quedando como único vestigio de nuestra querida estación de autobuses.
Emilio Alberola Alemañ es arquitecto.