ÁNGELES CÁCERES
Hoy quiero escribir para vosotras y vosotros, futuras y futuros colegas. Os lo debo por el rato impagable que pasamos juntos la semana pasada en el aula de la Universidad Miguel Hernández, vosotros oyendo las batallitas de una "abuela cebolleta" del gremio de la tinta impresa, yo empapándome de toda la fuerza y toda la ilusión que os afloraba en los ojos. Tan llenos de proyectos todavía, con tanta vida y tanto camino por delante, con vuestro equipaje claro y sin contaminar a las espaldas, madre mía, qué envidia me disteis. Porque el futuro es vuestro. Más aún: vosotras y vosotros sois el futuro. Y lo que vi en vuestras caras durante el rato que pasamos juntos, que se me hizo cortísimo, me reafirmó una vez más en mi convicción de que hay que pasaros el testigo a los jóvenes con generosidad y con alegría pero, sobre todo, con confianza. Porque los jóvenes, con vuestro bagaje de energías intacto, llegaréis a donde los viejos, ya un tanto quemados, no hayamos sido capaces de llegar.
Claro que os tengo envidia. Porque yo pertenezco a esa antigua especie de periodistas montunos, o "de cucharón", como coloquialmente se conoce a los militares que no han pasado por la Academia, que nos tuvimos que foguear directamente en la trinchera de la información, sin más escuela que la que acertaran a transmitirnos en el día a día los jefes y los compañeros en la redacción; que en honor a la verdad ni era poca ni, mucho menos, mala. Pero es innegable que nos vimos obligados a restañar muchas carencias de formación a fuerza de entrega y de horas, con grandes dosis de intuición a veces y, otras, a golpe de errores que hubimos de corregir sobre la marcha.
Sin embargo a trancas y barrancas lo logramos, y ahí queda en los anales del oficio la impecable trayectoria periodística de gente "de cucharón" como García Márquez, Hemingway, Truman Capote o, sin ir más lejos, Maruja Torres. Plumilla de raza que, cuando tuvo que apuntarse al paro para que la dieran de alta en El País, al rellenar la casilla de "estudios" escribió: primarios. Lo cual que en El País iba a entrar sin pasos intermedios de redactora jefe; a lo mejor porque el director supo captar al vuelo lo que ella misma pregona en el subtítulo de su "Mujer en guerra": más masters da la vida. Y desde luego porque su entrega, su coraje, su valor, su lucidez, su coherencia, su compromiso, su honradez y por supuesto su estilo ágil, irónico y agudo, la sitúan incuestionablemente entre los grandes periodistas de España.
Vosotras y vosotros cargaréis una cumplida preparación académica en las alforjas la primera vez que os sentéis en una mesa de redacción: eso que lleváis adelantado. Pero sólo de vosotras y vosotros dependerá después que la profesión no se os quede en eso, en un título de capacitación, sino que se os meta en la masa de la sangre y allí se instale para siempre, acompañándoos de por vida. Porque nadie os va a enseñar en un aula la pasión que hace olvidar los días de fiesta y los relojes; ni os va a dotar de la nariz de sabueso que tan útil resulta para olfatear una noticia antes de que salte; ni va a insuflar en vuestros ojos la capacidad de distinguir entre la verdad y la mentira en lo que veáis u os digan; ni os va a equipar con la valentía y la honradez necesarias para llamar a las cosas por su nombre aunque el nombre sea feo, y aunque llamar a las cosas por su nombre os cree enemigos. Todo eso no se adquiere, ni siquiera con lustros de práctica: se tiene o no se tiene. Digamos que es algo así como un don natural.
Disfruté muchísimo en el aula, porque pese a vuestra juventud pude percibir que tenéis las cosas claras, más claras incluso que muchos profesionales que llevan media vida en el tajo. Me gustó que tuvierais reticencias acerca de internet, porque eso demuestra que no queréis que os den las cosas hechas y preferís trabajároslas por cuenta propia siempre que sea posible. Y eso es bueno, ya que internet es una herramienta practiquísima y cómodaÉ siempre que no pase de ahí. Siempre que el periodista no recurra al ratón para que le dé las cosas masticadas, pensadas y enfocadas por otros. Siempre que no se limite a quedarse sentado, eligiendo y mezclando palabras ajenas para con ellas formar un "totum revolutum" y firmarlo, aunque allí no haya nada realmente suyo. Recordaréis que estuvimos charlando bastante del peligro de depender en exceso del material que otros nos proporcionan, ya sea internet o los datos de los gabinetes de prensa o las estadísticas oficiales; que, demasiadas veces, se parecen a la realidad más o menos como un huevo a una castaña. Por lo que, sin prescindir de los datos oficiales, la realidad vivita y coleando es conveniente salir a buscarla gastando suela, metiendo las narices, observando y contrastando las observaciones.
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