ANDRÉS CASTAÑO PÉREZ
Ha dicho Joseph Stiglitz, Premio Nobel, que estamos asistiendo al fracaso de la microeconomía, así como en los años 30 asistimos al fracaso de la macroeconomía. Podría haberlo dicho en chino mandarín con idéntico resultado. El veredicto tiene la fuerza de esos diagnósticos incomprensibles que, sin embargo, o quizá debido a ello, provocan un ataque de pánico. Nos hacen sentirnos como el paciente tumbado en el diván que pregunta a su psicoanalista si podrá curarle y éste responde que le ayudará a desembarazarse de sus obsesiones o algo así. El otro se incorpora entonces e insiste con mirada inquieta: "Pero, además me curará, ¿no?". De todas formas, Stiglitz es considerado como un heterodoxo travieso entre sus colegas y actualmente es lo más parecido a un asesor económico del candidato Obama. Esto no distorsiona necesariamente nuestra imagen de los economistas: aunque el resto sean ortodoxos y no asesoren a Obama, comparten con Stiglitz su inescrutable densidad. Vienen a ser los modernos chamanes de la tribu, rodeados de calderos que humean estadísticas y porcentajes que penden del techo de la choza a guisa de ingredientes para la poción mágica.
Esta vez tampoco han descubierto el elixir y poco importa que los motivos sean tan mundanos como unas elecciones. Las posibilidades de que una administración cesante dicte la terapia que debe ser aplicada por un sucesor aún desconocido siempre parecen remotas y por eso no deben extrañar la desinhibida receta de Bush, por la que nadie le exigirá cuentas, y la timorata acogida por parte de ambos candidatos. Bush puede permitirse otear el horizonte desde la posteridad; McCain y Obama deben hacerlo lanzando una mirada de reojo a los votantes. Al asesor Stiglitz (en esta ocasión no hablaba el Premio Nobel) le disgustaba el primer plan de choque porque desamparaba a los hipotecados y la solución horneada en el Capitolio ha sido una mezcla de "salvemos el balance" y caridad evangélica, una virtud bíblica de obligado ejercicio en años electorales.
Según los amantes de las paradojas crueles, todo recuerda vagamente una sobredosis de socialdemocracia en la arcadia capitalista. Esto es una ilusión potenciada por el deseo de que el amigo americano admita una especie de pecado original. Sería verdaderamente socialdemócrata si se aceptara como pauta más o menos intermitente y no como una medida excepcional ante una situación límite. Por el contrario, el plan de Bush representa la sublimación del capitalismo: el Estado debe acudir en su rescate, pero no interferir durante la bonanza. El asunto fatiga por su longevidad y la mentada crisis de los 30 también requirió la energía socialdemócrata de Roosevelt. Más modestamente, España escapó del cataclismo con los Pactos de La Moncloa y nadie en su sano juicio pensó entonces que el mercado pudiera regenerarse sin la ayuda de unos cuantos decretos.
Una pregunta interesante para quienes se lamentan del papel subsidiario pero imprescindible del Estado en estos galimatías es si existe otro sistema de organización económica que nos evite los soponcios recurrentes. Sin duda debe de haberlo, aunque nos está costando muchísimo encontrarlo. Por motivos incomprensibles para los antiguos ascéticos, el ser humano es tan voraz como insaciable y tiende a la acumulación superflua. Hasta ahora, estas bajezas se reservaban a una minoría opulenta que identificaba felicidad con ostentación y quedaban al margen de una multitud (los ascéticos contemporáneos) que sencillamente trabajaba para comer o viceversa. Pero alguien ideó la utopía universal hace algunos años y convenció a esa multitud de que el bienestar se saldaba. No es necesario insistir en la imagen de millones de economías domésticas que comprometieron los ingresos de una generación en la confianza de que éstos no menguarían. Como ha ocurrido otras veces, una rueda dentada del engranaje se ha partido y todo el mecanismo ha comenzado a chirriar amenazando con la explosión.
Lo llaman avaricia y por fin la diosa Némesis ejecuta su venganza contra una sociedad vanidosa e irresponsable. Sin embargo, todas las crisis nacen de la avaricia y tanto da que el agente provocador sea un jeque árabe como un tiburón de Wall Street. Ahora bien, el concepto de "culpa colectiva" aplicado a la economía es novedoso y probablemente ajustado en su vertiente pecaminosa, aunque también sea injusto culpar en la misma proporción a quien ofreció la piedra filosofal que a quien sucumbió a la fantasía de un porvenir comprado a crédito. Esto lo ha entendido insuperablemente nuestro Gobierno. Olvidando el truco de endosar la crisis al neoliberalismo, ya que ello implica forzosamente atribuirle también los méritos de la prosperidad reciente, se ha asumido que el ministro de Economía de España no es Pedro Solbes, sino el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos. Esto casa adecuadamente con un país de segunda fila que debe aprovechar el viento de popa cuando éste llega y resguardarse tras la nave capitana si se avizora tormenta. Desde luego, nunca apartarse del rumbo y rezar para que el día de las votaciones no coincida con el del temporal. Si ni tan siquiera Bush puede domeñar al implacable capitalismo, ¿qué podemos hacer nosotros salvo repetir la divisa "ya escampará"?
Andrés Castaño Pérez es abogado.