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La falsa muerte de Caín

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ENRIQUE GIMÉNEZ En la brumosa Edad Media, allá por el siglo XI, se difundió la leyenda de la falsa muerte de Caín. Un tal Walafrido Samaniego se dedicó a la ciclópea tarea de glosar en verso la historia del hijo de Adán y Eva que desnucó a su hermano Abel con un certero golpe de quijada. Según Walafrido, Caín, que poseía el don de un verbo arrebatado y belicoso, se ganó la vida por dehesas y veredas poniendo su elocuencia deslenguada al servicio de los custodios de aquello que había sido el Paraíso Terrenal y que había acabado convertido en un guirigay de reptiles, donde la serpiente pitón del laicismo se tragaba a los zagales más jóvenes, el áspid de la dictadura nacionalista ofrecía manzanas independentistas coloreadas con la purpurina del autonomismo, y la víbora del socialismo esparcía su veneno entre las incautas ovejitas del rebaño. No se cortaba Caín en el uso del insulto, amparándose en su lema de que "la verdad no ofende".
Todo fue bien mientras los golpes de quijada del cainita cayeron sobre culebras catalanas, anacondas vascas, serpientes de cascabel progres y lagartas feministas; los custodios del ganado derramaron sobre Caín parabienes y bendiciones.
Un buen día, según Walafrido, un pastorcillo que respondía al nombre de Nemoroso Gallardón, dedicado a cuidar de su grey encaramado a un risco cabe al riachuelo Manzanares, fue acusado por Caín de "traidor, bandido, caradura siniestro y lacayo del Gobierno" mientras Nemoroso se entretenía con una flauta de tres agujeros que le había regalado el pastor galaico Lousaledo Fraga. En su glosario biográfico, Walafrido Samaniego fue aclarando a pie de página que "Traidor", del latín "traditor", es el que entrega; que "Bandido" es "un delincuente llamado por bando", en este caso radiofónico y no municipal; que "Lacayo" era palabro de origen árabe, lo que empeoraba la cosa por proceder de tierra de infieles, donde quería decir "alcahuete", y si se elegía el latín tampoco mejoraba, pues significaba "lamer". Y todavía peor cuando Walafrido aclaraba que "caradura" no tenía arreglo ni como adjetivo ni como sustantivo, pues era equivalente a "sinvergüenza, descarado, fanfarrón, farsante", ni tan siquiera como "caraduro", según la nueva gramática inventada por la pastora Bibiana Aído.
Según el cronista, tras ese golpe de quijada, Caín ya no se detuvo. Al pastor Grisaldo Rajoy le llamó "maricomplejines"; a la pastorcilla Teolinda Sanz de Santamaría la calificó de "blandengue", del latín "blandus", tierna, (lo contrario del guardacabras Bruñido Zaplana o del rudo capataz Artidoro Acebes) y a Ramaderio Piqué, "criptonacionalista". Al diario "Abc", el más leído por las ovejas en las largas jornadas de la trashumancia, y al que fuera su pastor Silvestrino Zarzalejos, le cayó todo un chaparrón que el afectado calificó de "brutal campaña de denigración, innoble, sostenida en oscuras intenciones, nutrida de resentimientos, frustraciones e impotencias", precisamente los atributos bíblicos de Caín.
Pero la furia de Caín llegó hasta sus mismos protectores, los grandes pastores del rebaño, es decir, hasta los dueños de la Mesta. Florisel Monteiro de Castro era uno de los apacentadores más reconocidos, y por ello llamado por sus iguales "El Nuncio". Caín, confundido sin duda porque Poncio Pilatos fue también Nuncio de Tiberio César en Judea, tachó con su acostumbrada incontinencia verbal de "Masón" al tal Nuncio, y de que gustaba más del cartabón que de la cruz; de suerte que al veterano ganadero hubo que ingresarlo con un soponcio en una clínica agropecuaria. Y el gran pastor de Barcelona, Florindo Sistach pasó a ser llamado Nistach y "cardenal acardenalado". Al poco comenzaron a llegar al centro de internamiento otros ganaderos aquejados de variadas dolencias que consideraban producía el Caín desbocado. A unos les dolía la cabeza; otros llegaban agotados de correr por prados y cañadas intentando reunir el ganado disperso por la ferocidad lobuna de Caín. Hubo incluso quien advirtió que a muchas ovejas se les ponía la lana de punta y dejaban de dar leche cuando le escuchaban por las mañanas en el aprisco utilizar la libertad de expresión en forma de mandobles de quijada, por lo que la producción de sobrepellices había descendido alarmantemente, así como la elaboración de quesos en la declaración de la renta.
Según el cronista Walafrido, se tomó la decisión de acabar con aquella cascada de chocarrerías y ofensas. Nicodemo Rouco, como pastor máximo en aquellos contornos de la Mesta, tras entrevistarse con Tarsicio Bertone, un importante mayoral romano, fue enviado por los demás ganaderos para que pusiera fin al incordio. Se entrevistó con Caín, que se cubría con piel de lobo, y según Samaniego, le dijo: "Amigo, es cosa bien extraña, por mi vida, meterse un señor Lobo a cabricida", a lo que Caín respondió: "Camarada, tienes mucha razón; en adelante propongo no comer sino ensalada". "Por todos losantos, que me es grato. Queda renovado tu contrato". Falsa presunción, "pues en vez de ensalada, en aquel año se fue comiendo el lobo a su rebaño". Walafrido Samaniego finalizaba su crónica con esta pregunta, que era moraleja: "¿Con una reprensión, con un consejo se pretende quitar un vicio añejo?".

Enrique Giménez es catedrático de Historia Moderna de la UA.

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