M. J. SANMARTÍN
El tiempo acompañó, y aunque un poco más de viento hubiera dado más recorrido a los parapentes, la jornada no defraudó. Más de cincuenta personas con algún tipo de discapacidad tocaron ayer el cielo volando en modelos biplaza de parapente o paramotor junto con un instructor. La actividad continúa hoy con otro grupo, con el que se alcanzarán los cien participantes. La iniciativa nace de un grupo de parapentistas expertos que ofrecieron de manera gratuita, a través de la empresa Adaptamos Group, la posibilidad de vivir, en la zona del faro de Santa Pola, esta experiencia a discapacitados de todo tipo de toda España.
Con nervios y muy ilusionados, afrontaban el vuelo los inscritos que se preparaban para dar el salto desde la sierra de Santa Pola. La considerable altura no echó para atrás a ninguno de los inscritos, aunque imponía y provocó alguna anécdota con quienes se paraban en seco en el último paso antes de dar el salto al vacío. No obstante, todo estaba previsto, el instructor del biplaza, que iba colocado tras él, empujaba con la ayuda de los asistentes de tierra, que guiaban al parapente hasta que era elevado por el aire. Otro grupo, quienes necesitaban una silla de ruedas, emprendían el vuelo en paramotor desde abajo, junto a la ermita, donde después se cocinaron dos grandes paellas para noventa personas.
Pese al miedo al salto y, en algunos casos, pequeños "daños colaterales", como arañazos en el aterrizaje, o la rotura de una hélice de un paramotor ya aterrizando, todos, sin excepción, querían repetir. Así, uno de los participantes destacó la sensación de libertad. Por su parte, varias asociaciones de discapacitados inscritas resaltaron la importancia de la actividad, ya que sus miembros no disponen de muchas alternativas de ocio. El organizador, Nick Pollet, explicó que, pese a lo cansado que resultaba para los parapentistas, era "muy satisfactorio y emocionante" ver cómo reaccionaba la gente que nunca había volado antes.